Literaturas

Todo era fácil | Una novela del fin de siglo argentino

La novela de Tomás Richards retrata el tránsito de un grupo de adolescentes entre dos épocas y las transformaciones culturales, comunicacionales y políticas que aquello implica, mientras la crisis del 2001 acecha expectante por su estallido.


Por Nico Pose.

A raíz del suicidio de Gavilán, alumno de la escuela donde asisten Estrada, García, Delga, Barcos, Piñeyro, Vitali, el lector comienza a desentramar la historia de estos adolescentes que cursan el quinto año de la escuela secundaria en el marco del último año del gobierno de Fernando De la Rúa.

Sin embargo, Todo era fácil, la novela de Tomás Richards (1983) no es una novela policial que pretende indagar en las causas del suicidio de Gavilán, sino que su suicidio es una excusa para adentrarse en las vidas de los adolescentes del 2001: sus preocupaciones, su forma de comunicarse, su manera de ser, sus costumbres, sus gustos, sus afinidades, sus ideas sobre el mundo y su entorno familiar.

Se trata de una generación en un lugar y tiempo específicos. Ese tiempo está centrado en los albores del siglo XXI, y a la vuelta de la esquina acecha la crisis que arrasará las pocas seguridades que hasta ese momento tenían los ciudadanos, sobre todo, la clase media a la cual pertenecen los protagonistas del microuniverso social que representa la novela.

El lugar es la ciudad de Buenos Aires, como era llamada antes, y no CABA, como la llaman ahora, por esa predilección del partido gobernante que, desde hace años, nombra instancias, eventos, o lugares, siempre con siglas. Y ya que hablamos de estudiantes, las siglas están a la orden del día en el ámbito educativo, desde evaluaciones PIA, reuniones EMI, centros CATE, departamento DOE, y la lista sigue, haciendo que la mayoría de estudiantes, profesores y profesoras no sepan muy bien qué significan. Desde los nazis en adelante, cobrando fama con la novela 1984 de Orwell, las siglas han sido un truco efectivo para que la gente hable, comente y se pregunte sobre el misterio que representan.

“Se trata de una generación en un lugar y tiempo específicos. Ese tiempo está centrado en los albores del siglo XXI, y a la vuelta de la esquina acecha la crisis que arrasará las pocas seguridades que hasta ese momento tenían los ciudadanos”.


Pero en la novela de Richards el mundo todavía es otro, no hay tantas palabras reducidas, algoritmos, ni redes sociales, y el ámbito educativo también es muy distinto.

Todo sucede antes de la aparición de los smartphones, y mucho antes de que se pensara en una pandemia. En la novela nos encontramos con una generación de jóvenes que va a la escuela y, tal vez, siempre tal vez, comparten más cosas que las generaciones actuales, incluso con valores y gustos diferentes. Sin tanta información, los gustos están relacionados con la música, con ciertos fenómenos culturales identificables por todos, y por las ganas de experimentar con el cuerpo y la mente, ya sea el sexo, las drogas o todo lo que estimule los sentidos. Canales importantes imponen ciertas modas, estructuras, como MTV, Much Music o las películas más intelectuales o locas de I-Sat.

Sin duda, para los jóvenes de esa generación del 2000, la música es el estandarte que nunca más será para las generaciones venideras. Así queda patente en uno de los capítulos de la novela donde los protagonistas asisten a un concierto de A.N.I.M.A.L. También es el momento de los casettes y de los Cds que van ganando terreno de a poco. El kiosko, la esquina y las plazas son los lugares emblemáticos para que se junten los pibes y pibas a dialogar, fumar unos cigarros, un porro, escabiar: charlas atravesadas por la filosofía de vida, el amor, los problemas familiares, los sentimientos, las drogas, el sexo y, tal vez, el futuro.

En chismes que circulan por los pasillos de la escuela y el curso irán apareciendo tópicos de esos años como el desempleo, la separación o divorcio entre padre y madre de un alumno (algo no tan común en ese momento), las drogas, el alcohol, viajes hacia el sur y la fantasía escapista del campo y las montañas: evasiones de la ciudad; y, sobre todo, el uso de lenguaje barrial, la jerga característica como el “che, puto”, “boló”, “loco”, el insistente “boludo” y expresiones y modismos lingüísticos característicos de los adolescentes de fin de siglo.

Es destacable que la novela de Richards no esté atravesada por la nostalgia o el recuerdo de alguien que la escribe desde el hoy, sino que los mismos personajes parecieran moverse y vivir dentro de su tiempo, como si la novela se hubiera escrito en el 2002 o en dos o tres años posteriores a la crisis. Por eso, hay que reconocer que, por suerte, Todo era fácil no cae en el facilismo de la literatura del yo —tan en boga —, ni en el narcisismo yoísta —tan en boga en estas tierras —.

El título de la novela, más allá de que sea una ironía, apunta a los valores y actitudes compartidas entre los jóvenes, y tal vez a que había una noción de la existencia de un patrón común para definir a una de familia de clase media, cosa que hoy no existe: cada familia es un mundo aparte. Es verdad que también había una problemática social importante, aunque muchos no quisieran verlo o miraran hacia otro lado, porque se estaba terminando el momento cultural y político que había comenzado en la década de los noventa, y lo que dejaba el menemismo comenzaba a mirarse de otra forma; en la mirada retrospectiva, empezaba a flotar todo lo que había estado oculto hasta ese momento por los medios de comunicación y la eterna fiesta del uno a uno. Por eso, el “Todo era fácil” apunta con cierta nostalgia hacia el costado de la comunicación más directa entre pares, a cierto optimismo y empatía a la hora del diálogo en la esquina, sentados en la entrada de un edificio, o en el kiosko, que estaba abierto hasta tarde, sin que el acto comunicativo estuviera mediado por una aplicación o por las redes sociales. Había más conexión sin tantos dispositivos.

“Se estaba terminando el momento cultural y político que había comenzado en la década de los noventa, y lo que dejaba el menemismo comenzaba a mirarse de otra forma; en la mirada retrospectiva, empezaba a flotar todo lo que había estado oculto hasta ese momento por los medios de comunicación y la eterna fiesta del uno a uno”.

Fragmentariamente, a través de las distintas voces que van contando “Todo era fácil”, se construye el camino de iniciación de estos jóvenes estudiantes que, serán, sin que lo sepan, hijos de la crisis. Barcos, Estrada, Delga, Piñeyro, Vitali, estarán allí, estarán el día del estallido y del vuelo del famoso helicóptero sobre la Casa Rosada: “Los chicos corrieron hasta la 9 de Julio. Cuando llegaron notaron que ya el panorama había cambiado. El enrarecido clima oficinista del microcentro de unas horas antes había sido barrido por el caos y la energía destructiva de la revolución. Era la movilización total para voltear a un gobierno, un objetivo que nadie pronunciaba en voz alta pero que ya estaba muy claro entre todos, que era el fin y el sentido de todo aquello”.

Los tonos, los ambientes, el lenguaje, la estructura de sentimiento que formó a esa generación del 2001 son palpables en Todo era fácil, haciendo que la novela logre un registro de época más que acertado dentro del mundo juvenil.



Tomás Richards
Todo era fácil
Azul Francia Editora
2022

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