Literaturas

Nos quedamos sin inviernos | Las ruinas de un desborde ideológico

La novela del sociólogo y escritor Gerardo Adrogué nos sumerge en una distopía criolla donde las consecuencias de la guerra civil han socavado los destinos de la patria. Un texto en que los gestos sensibles serán la guía del encuentro con la identidad colectiva fragmentada y la historia familiar del protagonista.


Por Marvel Aguilera. Foto: Mauricio V. Genta.

¿Cuáles son las condiciones para que haya política? ¿Es posible que la falta de ella sea al fin y al cabo la causa del imperio de la polarización ideológica? Rancière dice que hay política cuando existe un lugar y unas formas para el encuentro entre dos procesos heterogéneos, cuando entra en un juego una disrupción que genera sujetos que le dan voz a los anónimos.

Pero qué ocurre cuando las posturas polarizadas se configuran en axiomas incapaces de advertir a un otro, cuando la dinámica de las instituciones que nos representan está marcada por una divergencia tal que nos conduce a una parálisis abismal; a un pueblo arrojado a la deriva donde lo que importa, paradójicamente, es más lo que se dice que lo que una política hace.

Nos quedamos sin inviernos (Paradiso Ediciones) de Gerardo Adrogué, nos sumerge en una trama donde la Argentina ha sido arrasado por su propia imposibilidad de conciliar las diferencias internas. Una novela en donde las ruinas del país son el resultado de una crisis de identidad colectiva producto de una violencia que retorna, una y otra vez, para destruir los tejidos sociales en donde atinamos a reconocernos.

“La atmósfera del relato se edifica a partir de lo que acontece: naturalezas artificiales de la urgencia, peligros latentes ante cada palabra deslizada, inocencias interrumpidas”.


Facundo es un periodista radicado en Nueva York que vuelve a la Argentina en el marco de una misión de paz. Perturbado por los recuerdos de una familia que ha sido absorbida por la tragedia de la guerra civil entre conservadores y progresistas, deberá rastrear a tientas, entre la vigilia de operadores, víctimas civiles y viejos conocidos, las pistas que le permitirán reconstruir su propia historia de vida, a la luz del relato de una patria mancillada por el terror que ha originado su egoísmo político.

Relatada desde una primera persona que describe casi como un diario de viaje los acontecimientos que van marcando su derrotero, Nos quedamos sin inviernos brilla desde la polifonía que componen los diálogos permanentes, los idiomas que transpolan las secuencias a planos más vividos, los recursos lingüísticos que auxilian al lunfardo en medio de la tempestad, y el detalle pormenorizado que refuerza las imágenes narradas.

Un campo de refugiados en Villa Elvira, el eco de una guerra contra los niños, una delegación de paz cuyo trasfondo permea intereses, una niña llamada “L” que será el parangón humano de un territorio que ha extirpado las sensibilidades. La atmósfera del relato se edifica a partir de lo que acontece: naturalezas artificiales de la urgencia, peligros latentes ante cada palabra deslizada, inocencias interrumpidas.

La vida y la muerte se entremezclan, donde las fronteras se achican y los territorios son huellas marcadas por la sangre derramada. Una novela en que las preguntas son el punto de ruptura de la cadencia de los sucesos, y la información, el combustible de personajes que rastrean oportunidades como cazadores sedientos de la más mínima ventaja.

Adrogué desglosa la historia argentina de la violencia política a través de las emociones colapsadas de sus personajes; en los resabios de unitarios y federales, en la disyuntiva entre peronistas y antiperonistas, en el terror racionalizado por la última dictadura cívico militar; porque en el fondo, lo que subyace es una paulatina descomposición de la identidad nacional, de la solidaridad como valor fundamental, de la revisión crítica de la representación democrática, de la participación activa en el debate público.

“La esperanza es la vida misma defendiéndose”, relata la hermana del protagonista, en una carta de despedida que a la vez es un encuentro. Una idea que quizás simbolice cómo esa capacidad de aniquilación que ensancha la brecha social, puede, si permitimos reconocernos como iguales, un horizonte en que la existencia sea algo más que un mero estado de excepción.

Nos quedamos sin inviernos es un texto que nos invita a pensar en nuestras normalizaciones de la violencia. Una obra que, en tiempos donde los discursos de odio se transforman en banderas de rebeldía, expone desde la literatura un imaginario posible para recuperar a la política como un valor social insoslayable.



Gerardo Adrogué
Nos quedamos sin inviernos
Paradiso Ediciones
2023

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