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Escritor Fracasado | Yo, autor caníbal

La adaptación de Marilú Marini y Diego Velázquez del cuento homónimo de Roberto Arlt, recrea la hoguera de vanidades del mundillo literario a través de un autor perdido entre la hoja en blanco y la arrogancia de querer pertenecer a un ambiente que en realidad detesta.


Por Marvel Aguilera.

Dicen que la propia batalla que un escritor debe dar es contra la idea de sí mismo. Contra los embozos de pretensión, las presiones sociales sobre lo que debería crear, y la visión que otros construyeron de su propia identidad como autor. ¿Cómo encontramos nuestra propia voz en medio de un océano de susurros ajenos y corrientes de consumo que compaginan nuestro lugar en el mercado? ¿Somos acaso dueños de nuestra propia escritura cuando las condiciones de la industria determinan el valor de la creatividad?

La figura de Roberto Arlt es, quizás, la metáfora más rotunda del escritor argentino que, siendo leído por las masas, nunca se acomodó al gusto del sentido común. Un autor que puso su acento particular aun cuando implicara discutir con sus encendidos lectores a través de las “aguafuertes” o con el propio mundo académico que desdeñó su estilo y lo asoció, como dijo Ricardo Piglia, al “defecto y el delirio”. Puede que Arlt, a pesar del reconocimiento tardío, nos permita pensar que no hay voz más resonante que aquella que decide incomodar al orden establecido, aun a costa de poner en riesgo el propio lugar como artista.

Escritor Fracasado, la obra que dirige Marilú Marini y protagoniza Diego Velázquez, nos enfrenta a un autor que, tras haber logrado un prematuro best seller, sufre la impericia de no poder corresponder con esa máxima del éxito que el circuito artístico le demanda, una y otra vez.

Una carga que lo sumerge en un abanico de máscaras variopintas, farsas, y vanidades al por mayor, que reflejan el paroxismo de un ambiente artístico donde la obra en sí resulta una mera palanca para generar redes de influencias y lograr un estatus social relevante de jactancia.

“Las relaciones de poder son el eje de un relato que pone en perspectiva la hegemonía de la “obra de arte”, más todavía en un presente donde las construcciones de éxito están legitimadas por la afluencia del algoritmo y los marcos normalizadores del progresismo biempensante”.


Esta obra, que decide comenzar a partir del magnetismo que Velázquez transmite en un personaje carismático, desenfadado, seductor y cínico, nos habla de algo más que un escritor que lucha contra una hoja en blanco; lo que transita en ella es una gran alegoría de la perversidad de las dinámicas sociales; de las flexibilidades ideológicas, de la lucha de egos en un mundo que empuja a una competencia permanente; del juego de las apariencias que colman espacios de poder y configuran jerarquías desde el más caníbal de los sentidos.

En ese raid de violencias pasivas y deslealtades que retratan el alto mundo intelectual, el protagonista construye un monólogo sardónico, en que detrás de la ilustración de hipocresías y la invención de falsedades para sostenerse como referencia artística -a pesar de su inmensa nadería- en un mundillo de relaciones fluctuantes, es un trasfondo de abismo personal. La angustia de saberse comprometido con un énfasis ajeno, presto al desborde de una identidad vaciada por la ansiedad colectiva de pertenencia a todo.

Marini y Velázquez adaptan este texto de Arlt con sutiles impregnancias de la actualidad. De un presente subordinado a la demanda del yo, y la lógica de la hiperconectividad. Las relaciones de poder son el eje de un relato que pone en perspectiva la hegemonía de la “obra de arte”, más todavía en un presente donde las construcciones de éxito están legitimadas por la afluencia del algoritmo y los marcos normalizadores del progresismo biempensante. Todo, a fin de cuentas, es una puesta ilusoria de rebeldía en medio de un mar mediatizado por el apoyo especializado -de referentes, críticos, empresas “mecenas”- y los consumos de época que moderan el arte.

Una casona a medio hacer, envuelta en nailons, libros sobre el suelo como abalorios de un ritual inexistente, y una caja donde se despliegan las ropas de un protagonista envuelto en una bata, marcan una escenografía que interactúa de forma permanente con ese escritor que deambula en cada espacio. Arrojado en un sillón, cantando arriba de los muebles, masturbándose contra una mesa, tragando la angustia a través de una bola de plásticos que cubre un rostro que fluctúa entre el dolor y la hilaridad.

Velázquez se hace cargo de un personaje complejo, multifacético, ecléctico. Y lo hace con prestancia. Más que un monólogo tradicional, lo que transluce es una performance de despliegue corporal y emocional. Un protagonista que no teme cagarse en todo, que escupe aquello que supo ponderar, pero asimismo que emana esa sensación de fragilidad que impone la soledad. El fragor de la exclusión y el desencanto por ese ambiente mediocre del que reniega, pero ansía formar parte.

El espectador es también asimilado por una obra que interactúa, que juega con las devoluciones, con las expresiones de quienes ríen por la arrogancia e irascibilidad del protagonista. La monstruosidad es recreada como el espejo de aquellas perversiones que guardamos en nuestro interior, en las pequeñas maldades, en el goce por el fracaso ajeno.

Escritor Fracasado es una obra que aborda la solemnidad artística a través del ingenio de las calles porteñas. Una pieza en que, a través de la imposibilidad de la escritura, elige mostrarnos las endebles estructuras sociales que marcan las normas del éxito, el consumo y la autenticidad, cimentadas bajo miserias y vanidades. Porque la escritura, cuando no transforma primero al propio autor, es un mero murmullo en medio de un ruido ensordecedor.

Ficha Técnica

ESCRITOR FRACASADO de Roberto Arlt.
Adaptación de Marilú Marini y Diego Velázquez.
Elenco: Diego Velázquez
Asistencia de vestuario: César Taibo
Asistencia de escenografía: Martina Nosetto
Diseño Gráfico: Xavier Martín
Asistencia General: Marcelino Bonilla.
Música original: Nicolás Sorín.
Iluminación: Oria Puppo y Omar Possemato
Escenografía y vestuario: Oria Puppo
Dirección: Marilú Marini

Teatro PicaderoPje. Enrique Santos Discépolo 1857, CABA.
Funciones: Miércoles 20:00 hs.

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