El Pregonero

Una Comunidad Organizada frente a la tiranía


Por Marvel Aguilera.

La oligarquía presentó su utopía social. Un pueblo sometido a las decisiones de diez familias que controlan los tentáculos de un mercado cada vez más concentrado en la Argentina. El poder real, que ha trabajado mediante sus escribas en cada línea de los proyectos del DNU y la Ley Ómnibus, ha desatado sus ansias de construir un gobierno al servicio de los grandes capitales. Ni anarcocapitalismo ni liberalismo ortodoxo, la tiranía de las familias del poder real está expuesta y a la vista de todos, aun de un presidente que ha optado por subyugarse a ellos con tal de saborear fugazmente el derrame de su omnipotencia.

Milei en cuestión de días ha provocado una mega crisis, potenciando la heredada, para forjar las condiciones de un shock que, en tiempo récord, pueda sembrar el terreno para el saqueo indiscriminado sobre las empresas públicas, los recursos naturales, las tierras soberanas y las cajas de la política. El hambre, la pobreza y el desempleo crecerán exponencialmente a costa de un plan delictivo que, aun siendo frenado por los poderes Legislativo y Judicial, hará un daño de magnitudes irreparables en el poco tiempo que consiga en vigencia. El tiempo está a su favor. La paciencia del pueblo es el termómetro.

Las “fuerzas del cielo” no son otra cosa que los oligarcas que han venido sosteniendo la campaña del libertario y sus primeras semanas de gestión, entre ellos Eduardo Elztain de IRSA, Paolo Roca de Techint, y su padrino, Eduardo Eurnekián, de Aeropuertos Argentina 2000. El estallido del país no les provoca escozor, de hecho les conviene. En el caos se mueven; en los subterfugios de la democracia supieron obtener sus riquezas. Su chivo expiatorio es sabido: un panelista adorador de la escuela austríaca que jugó a ser presidente y se pasó de rosca.

No hay que perder la cordura. El plan de Milei es jugar a la confusión, construir un clima de desamparo, frustración y estancamiento que propicie un Estado de excepción permanente. Uno en donde las familias del poder saben moverse como peces en el agua.

“La organización del pueblo tiene que erigirse a partir de valores que reconstruyan el sentido de comunidad. Al desorden se lo confronta con fraternidad, con la solidaridad como base social, con esquemas de lucha, pero cimentados en un llamado al ‘nosotros’ frente a un individualismo atroz que busca cercenar los caminos de encuentro genuino entre los trabajadores”.


El modelo de una Argentina precarizada está en marcha, con laburantes hastiados y reducidos a su mínima expresión, con resistencias vapuleadas por otros laburantes que ocupan las fuerzas de seguridad, con un desgano acrecentado del común social hacia la expresión de posiciones políticas. El “que se vayan todos” es el ideal del mercado, entrar en eso sería un error gravísimo. La política es el salvoconducto en esta futura tierra arrasada. Lo necesario es ponerla en manos del movimiento, del pueblo trabajador, de las organizaciones sociales, de los gremios combativos, de las pymes, de los militantes de base.

La movilización de la CGT a Tribunales es el punto de partida para la recuperación de una de las patas más importantes del movimiento peronista. Un peronismo que necesita rearmarse de abajo hacia arriba, con los trabajadores a la cabeza, y no con figuras impuestas a dedo que desconocen la militancia y el trabajo territorial. “El hombre puede desafiar cualquier contingencia, cualquier mudanza, favorable o adversa, si se halla armado de una verdad sólida para toda la vida”, citaba el segundo capítulo de La Comunidad Organizada. Esa verdad, hoy, está del lado de la realidad del pueblo trabajador; en la necesidad de recuperar el bien común como parangón de una sociedad más justa que anhela un futuro, un ideal de vida con techo y trabajo para todos.

Es importante no dejarse confundir, el experimento liberal es una puesta en escena de una Argentina en standby para el aprovechamiento de la oligarquía. La organización del pueblo tiene que erigirse a partir de valores que reconstruyan el sentido de comunidad. Al desorden se lo confronta con fraternidad, con la solidaridad como base social, con esquemas de lucha, pero cimentados en un llamado al “nosotros” frente a un individualismo atroz que busca cercenar los caminos de encuentro genuino entre los trabajadores.

El tiempo de un movimiento nacional y popular anestesiado debe terminar para dar paso a una estrategia activa que reconstruya las fuerzas sociales e interprete la realidad del pueblo. Pero que debe implicar una interpretación de la realidad actual, y no las revisiones nostálgicas de décadas ganadas que dejan afuera a diversas generaciones que han crecido en un mundo más vertiginoso. Un tiempo donde el sistema capitalista amenaza con transformar de fondo las bases democráticas que supimos conocer. Y en donde es necesario saber articular con ese gran entramado de actores sociales, tejidos y organizaciones territoriales, para involucrarlos en un destino común humanista.

Porque si el pueblo trabajador no dice presente a través de un representante real que ponga sobre la mesa las condiciones de una patria soberana, seguiremos sometidos a la voluntad de unos pocos que hoy pueden jugar a ser libertarios, pero mañana pueden llegar a decirse también peronistas.

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