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Jorge Aguirre: conjugar lo real y lo imaginado

Jorge Aguirre. Gentileza FOLA

Jorge Aguirre. Gentileza FOLA.

La exposición Jorge Aguirre – Antología 1957-1993 se encuentra abierta en el FoLa hasta el 23 de junio, en una retrospectiva por el trabajo personal del mítico fotoperiodista argentino. Con este motivo, publicamos la siguiente nota, originalmente impresa en la revista Dulce Equis Negra.


Por Camilo Sánchez.

A las diez de la mañana, sobre el ventanal del bar en el que Jorge Aguirre iniciaba el día, sucede una ciudad contra el vértigo: Córdoba y Paraná no marchan hacia Plaza de Mayo o los bancos de la city, más bien son trayectos de retorno. Calles que rumbean hacia Libertador, Villa Crespo o Colegiales y que recién estarán en llamas a media tarde: caminos, podría decirse, que alejan del poder. Aguirre decía que, por la mañana, se miraba el mundo un poco al revés desde ese ventanal. Ese sentido de las cosas, sutil, inadvertido para quienes no saben perder el tiempo, encandilaba al viejo Aguirre.

Si parece ser cierto que cada momento surge de la nada y desaparece en la nada para no reaparecer jamás, ¿cómo construir en algo tan fugaz? Ese tipo atento que fue Jorge Aguirre tenía de todas formas algunas certezas: sabía que un trazo de luz nunca es visible hasta que, en su médula, fulguran unas mínimas partículas de polvo.

En las fotos de Aguirre hay una actitud de espera y de paciencia, es decir: de espera lúcida. Una manera eficaz de mirar, una lectura posible del instante: ahí está para siempre la mujer de ruleros, cabizbaja hacia la pared, en la terraza despojada, su espalda intensa al sol, al ojo silencioso que la enaltece.

“Sabía, Aguirre, que la realización fotográfica es repentina: el fruto madura lentamente pero cae, en un instante, sin retorno.”


Encontraba Aguirre el detalle -el rostro chamuscado de una estatua, por ejemplo- pero, muy astuto, lo dejaba en su contexto. Nunca amplificaba su hallazgo, por lo que convocaba en el ojo ajeno la ansiedad por el descubrimiento, por la complicidad y por la sonrisa inevitable cuando ese guiño se volvía evidente: un hombre con cara de kiosco, una cabeza en forma de melón, el perro que dicta la actitud de su dueño.

A veces, en la serie de los Papeles Quemados, en las chapitas dejando una huella metafísica en el pavimento, en una raya que flamea y duda y se va de cuadro o en una luz que golpea con fiereza una pared, el ojo de Aguirre se achica, perspicaz, para describir la historia de una forma, el andarivel de un brillo que resiste.

Jorge Aguirre 02 - Hombre Reloj 1962
“Hombre Reloj”, 1962. Jorge Aguirre. Gentileza FOLA

En estos casos, la imagen se complejiza y requiere compromisos o emociones más altas en el que mira. Es que entonces, como querían los surrealistas, lo mínimo y lo infinito, lo real y lo imaginado, se conjugan en una cita única. Aguirre conocía muy intensamente su territorio de límites precisos: El Bajo, la Avenida del Libertador, Callao/Entre Ríos, Belgrano. “A veces – bromeaba – hago alguna incursión hasta San Telmo o viajo, incluso, hasta La Rural”. Sabía, Aguirre, que no puede haber progreso en la preparación, que la realización fotográfica es repentina: el fruto madura lentamente pero cae, en un instante, sin retorno. Otra vez he regresado al bar de Córdoba y Paraná. Ahora mismo, avanzan cruzando la avenida hacia el ventanal donde paraba el fotógrafo dos tipos bien trajeados, con caras de tránsfugas, que vienen seguro de Tribunales, cada uno aferrado a su celular y haciéndose ademanes groseros: con señas se indican que los llamados son agobiantes y que están dispuestos a seguir, enseguida, la charla entre ellos.

Los tipos se detienen, justo, uno cada lado de un tacho de basura de Cliba donde puede leerse una leyenda: “Juntos, por una Ciudad limpia”. La luz de la mañana de agosto hace lo suyo. Ante la imagen, Aguirre bien podía haber pedido respetuosamente un minuto, sacar con sutileza la Leica del bolso que tenía para momentos como éste, ponerse un instante serio, tomar su fotografía y como si nada, seguir citando lo que Borges decía, por ejemplo, del destino en “Luna de enfrente”. Y se reiría apenas. La carcajada le parecería un poco excéntrica al viejo Aguirre. Y me quedo pensando, después, si su serie de demoliciones urbanas, otra de las obsesiones de Aguirre, puede interpretarse como una manía precisa por entender, tal vez, los despojos de un país.

Jorge Aguirre 03
Jorge Aguirre. Gentileza FOLA

JORGE AGUIRRE, ANTOLOGÍA 1957-1993
14 de marzo al 23 de Junio 2019
FOLA – Fototeca Latinoamericana. Godoy Cruz 2626, 1° Piso. Distrito Arcos, Palermo, CABA.
Lunes a Domingo de 12 a 20hs (Miércoles cerrado)

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