Literaturas

María del Mar Ramón: “Hay una idea de que la violencia de género es patrimonio de las clases bajas, pero no se habla del grado de impunidad de las clases altas”

María del Mar Ramón - Julieta Bugacoff

La autora de Coger y comer sin culpa: El placer es feminista, aborda los temas principales de su libro, en el que narra sin prejuicios cómo la culpa ha moldeado el deseo y el placer femeninos, al cual define como un derecho fundamental.


Texto y fotos: Julieta Bugacoff

Cuando María del Mar Ramón habla, su acento colombiano se entremezcla con el lunfardo argentino. Nació en Bogotá, pero desde el momento en que llegó a Buenos Aires los bares porteños se convirtieron en su segundo hogar. En sus notas -para medios como Vice, LatFem o Página 12- suele apelar a la primera persona. Su tono es reflexivo y a veces cargado de ironía. No le tiembla la voz al declararse enemiga mortal de la solemnidad. Lo hace con la alegría propia de la irreverencia. Es quizás esta premisa la que le permite abordar temáticas como el consentimiento, los trastornos alimenticios o el abuso sexual. Transcurrieron pocos meses desde que su primer libro, titulado Coger y Comer sin Culpa” fuera publicado en el país. Todas las semanas, miles de pibas le escriben para contarle sus impresiones. En los mails que recibe es probable que haya una frase que se repita siempre: “A mí también me pasó”.

Poco tiempo después de que salió su libro en Colombia, María fue invitada a un programa de radio. Apenas llegó, descubrió que todos los integrantes eran hombres. Lejos de realizar un análisis, la mayoría de las preguntas giraron en torno al término “hombre cis”; los conductores no entendían el por qué, y a pesar de las reiteradas explicaciones, afirmaban que “igual, ellos se negaban a hablar así”. Terminó el programa, y la chica que trabajaba como productora -la única mujer en todo el estudio- se le acercó.

– “Yo sé que es difícil”, le dijo.

Ambas se abrazaron casi sin conocerse.


En el último capítulo de Coger y comer sin culpa, utilizás la perspectiva de género para hacer una crítica a la clase media de Bogotá. ¿Cuál es la problemática de las clases trabajadoras colombianas en relación al machismo?

En Colombia las clases sociales son un sistema de castas. No hay un buen sistema de educación pública y, por lo tanto, la posibilidad de ascenso social o de adquirir un capital cultural es mínima. Es un régimen que se sostiene con mucha eficiencia. Hay una idea de que la violencia es un patrimonio exclusivo de las clases más bajas, pero no se habla del grado de impunidad de las clases altas. Además de tener el capital económico, son dueños del poder político. El resultado es un orden centralizado e invulnerable. Se dice mucho de que el feminismo no tiene influencia en las clases populares, pero lo que se menciona es que no entra ni un poco en las clases más altas. El grado de atrincheramiento es tal que ni siquiera puede haber Educación Sexual Integral, porque los únicos que pueden garpar para no recibirla son los más chetos, como también señaló Tamara Tenenbaum en su artículo acerca del caso de los rugbiers. En ese contexto, existen un montón de convivencias que habilitan toda la violencia machista y patriarcal. Un sistema de clase tan fuerte sólo puede sostenerse estando muy aliado con el patriarcado. Nosotras, desde el feminismo atravesado por los privilegios socioeconómicos, no podemos perder de vista -y menos en Colombia- que la lucha feminista tiene que ir de la mano con la lucha de clases. En el libro, fue fundamental partir desde esta cuestión. Primero, por la honestidad hacia el mundo en el que crecí; y segundo, como una realidad que hay que criticar y que habilitó todas las violencias. El sistema de Colombia es tan desigual, que son capaces de otorgar algunos triunfos de representación con tal de no entregar el orden de clase. Algo así ocurre con la alcaldesa de Bogotá, Claudia López Hernández. Ante los ojos de un país muy conservador, ella es la primera mujer lesbiana en ocupar el cargo. Al mismo tiempo, es partidaria de la derecha en varios aspectos. Por su parte, no pudo garantizar el derecho a la protesta y, por consiguiente, ya reprimió movilizaciones. La representatividad es importante, pero no necesariamente implica la ampliación de derechos. Los desafíos del feminismo dentro de las clases populares en Colombia están divididos y signados por el conflicto armado. Además de los trabajadores, están los grupos indígenas, los campesinos rurales y los afrodescendientes. Entender el feminismo es tratar de explicar la guerra y la forma en que atravesó el cuerpo de las mujeres. Hoy en día, las más amenazadas son las lideresas territoriales, porque son ellas las que se organizan ante los conflictos. Lo más difícil es resolver una problemática en un país que está empeñado en ignorar su realidad. 

“El poder judicial no tiene los mecanismos ni las herramientas cognitivas para comprender el consentimiento de la forma en que lo estamos planteando nosotras. Ahí es donde aparece la revictimización”


¿Cuál es el origen del miedo a la contradicción que muchas veces aparece en el discurso feminista?

Lo mejor que tenemos es nuestra propia falibilidad, la capacidad de reinventarnos, rediscutir y rediseñar estrategias. Por otro lado, a las mujeres se nos exige un nivel de coherencia inapelable en el discurso que justifique la voz pública. A veces caemos en la trampa de jugar ese juego. La perfección, o esa idea de “sos todo lo que está bien”, es un sentimiento muy patriarcal. Bajo esa lógica, apenas alguien dice algo que no nos parece copado, queda “cancelado”. Me pasa mucho con Rita Segato. “La escritura en el cuerpo de las mujeres asesinadas en Ciudad Juárez” es un libro fantástico, pero no estoy de acuerdo con nada de lo que ella dijo en el último tiempo. Eso no invalida su trabajo anterior. Es una persona brillante y podemos diferir. Uno de los discursos más complejos y peligrosos es el de la coherencia, no me interesa incorporarla en ningún aspecto de la vida, y menos en el político. La contradicción es un aspecto desde el que hay que crear, profundizar y pensar, mucho más si estamos hablando en primera persona acerca de nuestras subjetividades. El error es creernos perfectas, o considerarnos puntos de referencia. Otro problema es que desde el feminismo horizontal y con diferentes mecanismos de participación, se está buscando hacer política bajo una lógica más partidaria. Nos va a tomar un tiempo pensar el ejercicio político en clave feminista porque aún hay un vacío.

María del Mar Ramón - Julieta Bugacoff

Vos afirmás que, si bien las experiencias personales no tienen un carácter universal, es importante narrarlas a partir de lo que nos une con las demás ¿Qué aspectos de tu libro quedan unificados con las vivencias de otras?

La culpa sobre el cuerpo y la negación del placer es transversal a las experiencias de las corporalidades feminizadas. Es un mecanismo de sometimiento muy eficiente y del que se habla poco. El hecho de que nosotras seamos nuestro propio régimen de control habla de una forma tremenda de aprehender e incorporar la censura propia de la estructura patriarcal. Éste último es un sistema que necesita que las mujeres estemos relegadas al ámbito privado, la idea reproductiva o el hogar, y se sostiene bajo el supuesto de que no podemos vivir mejor. Disfrutar debe ser un derecho. Me sorprenden mucho los mensajes que recibo de otras mujeres sobre el cuerpo. Todas se sienten mal con él. Muchas de ellas tienen cuerpos hegemónicos y aún así está siempre esa idea de sentirse poco o insuficiente en su propia realidad. Es algo que compartimos y se agrava dependiendo de las circunstancias particulares y de la configuración de esa identidad.

¿Qué actores están detrás de la censura del placer?

Una mujer que no se conoce o no sabe qué tan bueno puede ser el mundo es mucho más fácil de someter a la violencia de los privados. El trasfondo es la necesidad de generar mano de obra y trabajo no remunerado. Hay algo dentro del discurso feminista con lo que soy bastante crítica, y es la necesidad de solemnidad constante, como diciendo: “Si vamos a la calle, tenemos que ir serias, porque las cosas serias se hablan de forma seria”. Es una trampa chota y peligrosa, porque habitar el espacio público desde otra lógica también es un acto de resistencia.

Otro tema muy presente en el libro es el de los trastornos alimenticios ¿Cuáles son los aspectos que no se suelen mencionar sobre enfermedades como la bulimia o la anorexia?

Nos parece que está bien y felicitamos a la gente que está flaca, pero nunca nadie quiere saber cómo ocurrió, ni escuchar acerca de lo horrible y asqueroso que es vomitar o tomar laxantes para bajar de peso. Me pareció importante contar ese lado B porque hay una cultura que privilegia y necesita de los cuerpos flacos, pero que a la vez se espanta cuando la corporalidad hegemónica no se logra a través de los juegos legítimos de la dieta. Me interesaba mucho ahondar en lo vulgar y espantoso que era sostener la delgadez. Nadie ponía en duda que yo no comiera torta en los cumpleaños, e incluso se pensaba como una característica moralmente superior. Existe la creencia de que los cuerpos gordos son así por falta de voluntad o pereza, y es una construcción muy grave. Se puede tener toda la teoría feminista del mundo, pero mirarse al espejo es complicado. En ese sentido, el feminismo no es una receta mágica para sentirnos mejores, sino un debate y una praxis constante.

En el último capítulo del libro, narrás en primera persona un abuso sexual ocurrido durante tu adolescencia ¿Cuál fue la repercusión?

Es el capítulo que me parece más interesante para pensar los grises y el componente de clase. Me acuerdo de las historias de mis amigas adolescentes, y eran todas situaciones que hoy nos harían llorar. En ese momento lo vivíamos con una naturalidad tremenda. Pensé que era el capítulo sobre el que más me iban a preguntar en las entrevistas. Sin embargo, en Colombia la gente lo evade. Creo que les resulta más fácil hablar de la paja que acerca de violaciones. También tiene que ver con que hay una incomodidad, que fue la que yo sentí durante muchos años y que procuré que quedara muy clara: la de no darme ninguna concesión de inocencia o “buena víctima”. No quería que fuese otra imagen de cómo nos dicen que sucede un abuso sexual. Me imagino que en mi fantasía de lo que pasa, la mayoría de los hombres deben verse retratados, como también nos ocurre a nosotras. Sí ocurre que me llegan un montón de mensajes en los que varias personas me cuentan que atravesaron por situaciones similares. La identificación de las mujeres es silenciosa porque subyace una lógica de no hablar sobre abuso sexual. Y si se menciona, es a través de la solemnidad, la hiper-victimización y el trauma. Se sigue sosteniendo que las experiencias son muy disímiles, y todas válidas, pero cuando escribí el capítulo quería elegir mis propios términos. Es la primera vez que me preguntan sobre el tema desde que salió el libro. Una de las preguntas más interesantes que tiene el feminismo hoy, es el tema de la justicia. Quienes nos consideramos antipunitivistas creemos que la cárcel es un problema, y por lo tanto no es una opción. Sin embargo, las que pasamos por abusos sexuales nos encontramos en una contradicción tremenda. No sé bien qué quiero y ahora me lo pregunto un montón. En el fondo, se trata de no juzgarnos, entender que los escraches surgen a partir de la respuesta revictimizante del poder judicial. El escrache es un mecanismo muy punitivista, pero al mismo tiempo, tampoco hemos tenido otras posibilidades.

“Creo en un feminismo que no tenga respuestas dadas y que a la vez esté en contra de todas las formas de opresión. Esto se logra a través de la interseccionalidad y el debate constante.”


Muchos de los artículos que escribiste para Vice se tratan sobre el consentimiento ¿Cómo se relaciona este término con el punitivismo?

Hay varios conflictos. Uno de ellos es la dificultad del derecho y del poder judicial para entender el consentimiento. Lo más claro y sensato que leí lo dijo Diana Maffía. Para ella, se trata de un problema epistemológico porque el poder judicial no tiene los mecanismos ni las herramientas cognitivas para comprender el consentimiento de la forma en que lo estamos planteando nosotras. Tiene muchos problemas con las pruebas y, en particular, para considerar que el testimonio de una mujer es una evidencia válida. La particularidad del consentimiento es que es un acuerdo que funciona durante un momento y que se deshace, también, en el momento. Por lo tanto, no hay un antecedente capaz de probar que en ese instante hubo consentimiento. Ahí es donde aparece la revictimización de las mujeres. Como ocurrió en el caso de Lucía Pérez, en el que se trató de probar el consentimiento mediante el pasado o las experiencias previas. Por otra parte, más complejas que las situaciones en las que nosotras consideramos que no hubo consentimiento, son aquellas en las que nosotras tampoco podíamos plantear una negativa. La comprensión histórica del consentimiento implica que depende de una decir que no. La contraparte es que hay chabones que no escuchan un no, y eso tiene efectos. Muchísimas veces no podemos decir que no. Ahí aparece otra frontera legal que es interesante y que no todas la situaciones en las que se vio afectado nuestro consentimiento son situaciones de abuso. Sin embargo, sí califican como malas prácticas sexuales. La solución no la tiene el derecho penal argentino, sino la cultura. Todavía no tengo una posición tomada porque es un tema complejo.

¿Existe la posibilidad de que el feminismo sea cooptado por la derecha o las grandes marcas?

En el último tiempo logramos conquistar el término. Se volvió masivo y eso es bueno. Ser feminista ya no es una mala palabra. Al mismo tiempo, H&M saca una remera con algún slogan por la igualdad de género, y es probable que ese producto lo hagan niñas explotadas en Bangladesh. Nuestro feminismo no puede ser un arma para sostener los sistemas neoliberales. El patriarcado es creativo y cada estrategia que pensemos la agarran para después clavarla por la espalda. Todas las cosas que se vuelven masivas, también pueden servir para sustentar y justificar el sistema neoliberal. Creo en un feminismo que no tenga respuestas dadas y que a la vez esté en contra de todas las formas de opresión. Esto se logra a través de la interseccionalidad y el debate constante. Se trata de abrir el juego, no de cerrarlo.



María del Mar Ramón
Coger y comer sin culpa. El placer es feminista
Paidós

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