Piedra Libre

El delta | Un cuento de Aimee Phan


Por Aimee Phan. Foto Nicholas Lea Bruno

Traducción: Daniela Tornello y Marcio Peregrina 
Miembros del Programa de Traducción Literaria Victoria Ocampo de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Cuyo

EL CONVENTO NO LA HABÍA ABSORBIDO por completo. Unos mechones sedosos de cabello oscuro se asomaban por debajo de su hábito negro. Sus ojos, agobiados por la presencia de ojeras y bolsas pronunciadas; no obstante, lucían brillantes y fuertes. Una pequeña cruz dorada colgaba de manera sutil sobre su pecho cubierto completamente por el hábito. Una sonrisa inerte e imperturbable dominaba su rostro delicado. Lo más hermoso que él hubiera contemplado jamás. Truc no había visto a Phuong en doce años. 

¿No saludas a tus viejas amigas?, le preguntó, con su voz profunda e inalterada, aunque ahora parecía demasiado insinuante para una monja. 

Truc dio un paso adelante y besó a Phuong en la mejilla con diligencia, mientras se contenía deliberadamente de inhalar su aroma. No sabía si conservaba el mismo o no. 

¿Cómo estás de salud?, Truc preguntó. Era costumbre interesarse por el bienestar del otro, aunque Truc preguntó, no por amabilidad, sino para insinuarle algo. Hubo un tiempo en que estas formalidades no eran necesarias entre ellos. 

Bien. Su rostro perdió rigidez y adquirió una expresión más cordial. ¿Y la tuya? 

Truc se encogió de hombros. No me quejo. 

Su mirada firme y dubitativa se fijó en él. Luego retrocedió y sus ojos se posaron en el piso cubierto de polvo, de nuevo la humilde monja. Por favor, pasa. 

Truc entró, disfrutando la frescura del sudor que le recorría su espalda. La protección de los muros de cemento del convento era tan valiosa como un ventilador eléctrico durante los veranos en el delta. Si bien el atrio se encontraba al descubierto, unos árboles altos y umbrosos lo protegían desde arriba. Miró alrededor de la habitación vacía, salvo por una cruz gruesa de madera que pendía en las sombras de la tarde. 

¿Fue largo el viaje?, preguntó Phuong. 

No, tu hermano me dio buenas indicaciones. 

Entonces todavía somos prácticamente vecinos. Su semblante se tiñó de tristeza, como si reprobara el hecho de que, aun viviendo a una distancia razonable, él nunca hubiera pensado en visitarla. 

Ven conmigo, dijo Phuong, mientras atravesaba el atrio y se dirigía a otra puerta. 

¿Adónde vamos?, preguntó Truc, mirando por encima del hombro de Phuong mientras seguía sus pasos. 

Primero quiero que las conozcas. 

Él no se tomó la tarde para conversar con el resto de las hermanas. Esperaba que pudieran ponerse al día en privado y darle una oportunidad para que le explicara qué había ocurrido en los últimos doce años. 

Sin embargo, no estaban solos. Sus sendos pasos que resonaban a través del pasillo se encontraron pronto con susurros solemnes, otras pisadas y, finalmente, llantos. Lamentos individuales de desesperación, enojo y pánico absoluto. Bebés. 

No me había percatado de que también era un orfanato. Truc se quedó detrás de Phuong en una habitación enorme repleta de cunas de madera. 

Varias hermanas se inclinaban sobre las camas de donde provenían los lamentos más intensos. Había cuatro o cinco bebés abrazados en cada cuna. El hedor de orina y heces se combinaba con la atmósfera viciada. 

No lo era, dijo Phuong. Hace unos años, el orfanato de las Almas Inmaculadas se saturó, así que nos ofrecimos a abrir algunas habitaciones vacías aquí. Ahora albergamos a más bebés que ellos. 

Truc tendría que haberse dado cuenta. Posiblemente fue idea de Phuong. Cuando eran niños, ella podía oír a sus primos más pequeños llorar al otro lado del río. 

Se acercó a la cuna más próxima y alzó a uno de los bebés. La pequeña intentaba mantener la cabeza en alto y pestañeaba para alejar las moscas que volaban alrededor de sus ojos y nariz. Un pañal de tela holgado le colgaba del cuerpo. Importantes forúnculos rojos agobiaban sus piernas y brazos famélicos. Truc resistió el impulso de retroceder. 

La llamamos Hanh porque llegó a nosotros en un estado delicado. No es que los demás no lo estuvieran. La mayoría llegan aquí desnutridos. 

Truc pensó en sus sobrinos cuando recién nacieron, la piel rozagante y suave como pétalo, ruborizada con salud y energía. El rostro de estos bebés se enrojecía por otra razón. Aquellos que no tenían forúnculos parecían traslúcidos y desaparecían en las gastadas sábanas grises donde yacían. Había tantos. 

Hanh intentaba liberarse de los brazos de Phuong, sus ojos y el rostro arrugados, pero su boca abierta no emitía materia o sonido alguno. Phuong la colocó boca arriba y sacó un biberón con leche maternizada de la esquina de la cuna y la ubicó entre los labios temblorosos de Hanh. 

Está diluida. Mientras más bebés tenemos, más diluimos la leche y… 

¿De qué se trata esto?, dijo Truc, ¿por qué me trajiste aquí? 

Phuong respiró lentamente, como si esperase esta clase de reacción de su parte. Mi hermano me dijo que tu familia tenía automóvil. 

Truc asintió. 

Lo compraron hace muchos años para transportar productos. Truc y su hermano viajaban a Saigón una vez a la semana para vender patos y huevos en el mercado Cholon. 

Hay un orfanato en Saigón que cuenta con más instalaciones y recursos de los que tenemos aquí. Están dispuestos a recibir a diez de nuestros bebés. Truc ahuyentó una mosca con la mano. Él tendría que haber sospechado esto. Necesitas que te lleve. 

Perdemos niños todos los días a raíz de las infecciones. Hubo dos epidemias de sarampión en el último año y el mes pasado doce bebés murieron de varicela. Tenemos la oportunidad de salvar a algunos. 

El hedor penetrante lo estaba abrumando. Truc intentó respirar por la nariz. Sintió el piso un tanto resbaladizo, pero temía tocar cualquier cosa para recobrar el equilibrio. Pensó en las clases de ciencia de la secundaria y en los gérmenes. 

Necesitas pensarlo, dijo Phuong, su voz tan suave como sereno su semblante. Entiendo. Si decides ayudarnos, le puedes decir a mi hermano. 

Uno de los bebés comenzó a llorar por encima de los otros. Truc se estaba por marchar. Mientras se alejaba, observó cómo Phuong llevaba a su pecho al bebé que gritaba. Sin embargo, en lugar de mecerlo o acariciar su espalda, tan solo le quitó el pañal, se dio cuenta de que no tenía que cambiarlo y lo devolvió de inmediato a la cuna. Truc se sobresaltó, pero podía oír los gritos ahogados que resonaban por los muros y se alojaban en sus oídos, hasta que llegó al final del pasillo, abrió la puerta maciza del frente y la cerró al salir. 

La primera vez que se tomaron de las manos tenían tres años. Ella estaba llorando y él quería saber el por qué. 

Me mordió, dijo ella, señalando a un pato grande y sospechoso que picaba la maleza en el estanque. Su cabello brillaba en la brisa anaranjada del atardecer, sus mejillas bañadas por las lágrimas resplandecían de un color rosado. 

Truc fue a perseguir al ave grosera, esquivando la hierba alta que le abofeteaba el rostro, decidido a hacerle pagar. El pato graznó con histeria mientras batía sus alas para escapar, lo que alertó al padre de Truc, que corrió hacia el estanque y tomó a su hijo enojado, un tanto divertido por la furia justificada del niño. 

Lastimó a Phuong, dijo Truc, aún persiguiendo con la mirada desde los hombros de su padre a la criatura culpable. 

Sus familias rieron por lo que había ocurrido y relataron el suceso una y otra vez en las cenas y vacaciones. La protección heroica de Truc hacia Phuong siendo tan joven. 

La amó antes de saber que se suponía que lo hiciera, dijo la madre de Truc, asintiendo con firme convicción. 

Si bien su compromiso no fue oficial hasta después del cumpleaños de quince de Phuong —un gran festejo también en honor a Tet al que asistió la mitad del pueblo— ambas familias sabían que sus hijos menores estaban hechos el uno para el otro. Durante años, la familia de Truc había enviado sus patos para que se alimentaran en los arrozales de la familia de Phuong: una relación simbiótica que alimentaba sus aves al mismo tiempo que eliminaba los insectos que dañaban el arroz. Incluso sus familias bromeaban con que la madre de Phuong había quedado embarazada intencionalmente después de que la madre de Truc había anunciado su embarazo. Todos estaban de acuerdo: Phuong fue creada para Truc. 

Pagan por algo de primera calidad, madre, dijo Truc. El banquete para una boda. 

Pero ¿solo veinticinco aves? Su madre se preocupó al ver que Truc y varios empleados tenían problemas para atar las patas de las aves para el viaje. Apenas había amanecido y la tierra aún estaba calma excepto por el susurro ocasional de los insectos. Phuong había querido irse lo más temprano posible para proteger a los bebés del calor de la mayor parte del día. Su madre chasqueó la lengua ante la escasa cantidad de patos. ¿Vale la pena el viaje? 

Pagan bien y ya se lo prometí al padre de la novia. 

Pero ¿Sao y Anh estarán bien solos? Los días en que Truc no viajaba con regularidad a Saigón, vendían patos y huevos en el mercado flotante de Can Tho. 

Están cargando el sampán mientras hablamos. Sabes que podemos confiar en ellos. 

Asintió, sus labios todavía apretados por la duda. Lo sé, lo sé. Lo que te parezca mejor. Desde la muerte de su padre y la partida de sus hermanos para unirse al frente de liberación, la granja se había convertido en la responsabilidad de Truc. Su madre ayudaba de vez en cuando, pero pasaba la mayor parte del tiempo en el altar de los ancestros quemando incienso por la unificación de Vietnam y el regreso de sus hijos. Dependía únicamente de Truc y apoyaba casi todas sus decisiones, con la excepción de su obstinada determinación por permanecer soltero. Sobre eso, protestaba en silencio. 

Truc acomodó las jaulas una encima de la otra y las empujó contra las paredes tanto como pudo. Estarían apretados, pero no había opción. Tenía que llevar las aves para evitar sospechas. 

Lo esperaban frente al convento. No solo Phuong y los niños elegidos, sino también lo que parecía ser todo el orfanato. Arrastraban los pies en el polvo y curioseaban como si estuvieran por tomarles una foto. Fue una recepción incómoda. Algunos reconocieron a Truc y esquivaron su mirada, inseguros sobre su temperamento. Los que no conocían a Truc lo contemplaron con gratitud. Los niños eran de varios tamaños; los mayores llevaban en brazos a los más pequeños y lo miraban con una mezcla de desconfianza y esperanza. 

Truc se tomó su tiempo para salir de la furgoneta y dejó que sus pies se hundieran en el lodo hasta sentir estabilidad. Varios niños lo rodearon. No tomó ninguna de las manos que le extendían, sino que los saludó con la suya en alto e intentó sonreír y no verse asustado. 

Abrió las puertas de la furgoneta. Volaron algunas plumas y cayeron al suelo, lo que atrajo a algunos niños y niñas que las persiguieron. Los patos aletearon cuando se coló la luz del sol y comenzaron a graznar a los niños que gritaban encima de ellos. 

Phuong, que llevaba alzado a un bebé envuelto firmemente en una manta rosa manchada, miró las aves con incertidumbre. 

¿Vienen con nosotros? 

Estará todo bien. Cerraré las jaulas. 

Dos hermanas tendieron varias mantas en el suelo de la furgoneta. Otras subieron cajones de madera y cajas de cartón —cunas improvisadas—. Los patos miraban fijo a los pequeños huérfanos con interés y golpeteaban los picos amarillos contra las jaulas. 

Phuong presentó todos los bebés a Truc. Lo miró cada vez, tal vez con la esperanza de que alzara sus cuerpos pequeños y sucios para saludarlos con un beso. Los niños elegidos para viajar a Saigón habían sobrevivido la epidemia de varicela del mes pasado, pero su estado aún era delicado y su supervivencia dependía de una mejor alimentación y más cuidados individuales. Varios eran asiático-estadounidenses, bastardos de los soldados estadounidenses, tanto negros como blancos. Era probable que fueran resultado de violaciones. Truc intentó mirarlos con compasión. No era su culpa. Tan solo bebés inocentes. Phuong dijo que su única opción era la adopción internacional en Estados Unidos o Australia. Nunca podrían tener una vida aquí. 

Los haces de luz naranja brillaban en el cielo y ahuyentaban la neblina matutina. Truc ofreció a Phuong un viejo taburete para que pudiera sentarse atrás con los bebés, pero ella quería sentarse adelante. 

Estarán bien. Si surge un problema, me escurriré hacia atrás. 

Con la carga acomodada, Truc encendió el motor. Phuong se sentó a su lado a tan solo un brazo de distancia. Cuando era una niña, sus pies siempre estaban descalzos, pero ahora los cubrían unos zapatos negros desgastados, cruzados en los tobillos. El hábito estaba arreglado detrás de sus hombros. Sus manos se entrelazaban con prolijidad sobre la falda. Phuong se veía cansada, se le cerraban los ojos hasta que la furgoneta saltaba por un bache y volvían a abrirse agitados. 

En general, Truc hacía que uno de los empleados lo acompañara durante los viajes a Saigón, mientras hablaban sobre negocios o chismes del pueblo. Mas Phuong no parecía estar de humor para hablar y Truc no sabía qué decirle. Miró tan adelante como pudo, su mirada vagaba hacia las chozas de madera y paja al lado de la carretera, las tumbas que salpicaban los arrozales. Por el espejo retrovisor, echó un vistazo a los niños que jugaban en la banquina polvorienta que dejaban detrás. Notó el creciente calor que emanaba del techo metálico del automóvil y decidió bajar la ventanilla. 

Aliviado, tras darse cuenta de cuán sereno había sido el viaje hasta el momento, se sacudió cuando uno de los bebés comenzó a llorar desafiante e hizo que los patos reaccionaran. Truc silenció con dureza a las aves. Phuong se escurrió hacia atrás y, después de unos segundos, presuntamente tras darle el biberón al bebé, volvió a su asiento. Pero el niño seguía llorando. Truc observó a Phuong, que miraba por la ventanilla. 

Phuong. 

Estará bien. No se volteó. 

Los niños siguieron llorando. Truc intentó concentrarse en conducir, el pie medía los pedales, las manos apretaban el volante sudado y resbaloso. 

Phuong. 

Espera un minuto. 

Eso hicieron. Finalmente, el bebé ofreció un aullido final patético y quedó en silencio, esperando, luego, nada, probablemente hubiera vuelto a dormirse. 

Es lo que hay que hacer, dijo Phuong y lo miró con una sonrisa somnolienta. Tienes que esperar. 

Truc asintió. Estos no eran sus hijos. No dependía de él juzgar qué era cruel y qué no. 

Un ronroneo de satisfacción se propagó desde el lado de Phuong. 

Truc miró por la ventanilla de ella. ¿Qué? 

En el reflejo en el vidrio, los ojos de Phuong absorbían los plátanos junto a las aguas iluminadas y turbias del río. Giró hacia el lado de Truc para concentrarse en los arrozales fértiles y verdes. Casi nunca podemos abandonar los terrenos, dijo. Todavía vivo aquí, pero no del todo. Había olvidado lo hermoso que es el delta. 

Truc volvió a mirar la carretera. ¿No visitas tu casa? 

No he vuelto a casa desde que me fui. Se movió en su asiento. Lo sabes. 

Lo sabía. Solo quería escucharla decirlo. 

Truc pasó una semana en cama después de que Phuong cancelara el compromiso, con flema y tos constante provenientes de lo profundo de su pecho. Había sido un niño relativamente saludable, sin enfermedades serias ni huesos rotos, pero la partida de Phuong pareció despertar también el abandono de su sistema inmunológico. Durante las semanas siguientes, no podía vérselo sin su pijama, ya que se contagiaba de cada virus o dolencia que flotara sobre el pueblo. Las enfermedades pronto fueron reemplazadas por el insomnio crónico, que llevó a Truc a emprender largas caminatas por la granja con una lámpara de aceite como guía. Con sus pasos suaves despertaba a los patos, que salían balanceándose de sus jaulas de alambre abiertas y le hacían compañía. 

Le preocupa el gobierno, decía la madre a sus amigas, algo avergonzada de tener un hijo que seguía lamentándose tanto tiempo por una relación fallida. No confía en los brutos de los católicos. 

Al principio, la familia aceptó el corazón destrozado de Truc y sus extrañas manifestaciones. Pero recibían quejas de los vecinos que no podían dormir por la noche debido a los patos. Dormía en momentos inoportunos, durante los horarios de rezo o las comidas. En otoño, Truc decidió no volver a Saigón para finalizar su último año escolar. No sabía cuándo estaría listo para completar sus estudios. 

Necesitas hacer algo, dijo el padre de Truc. Vas a trabajar en la granja. Ya les caes bien a los patos. 

Así era. Truc se convirtió en el responsable de ayudar a los patitos a salir de sus cascarones y cuando los reunía para alimentarlos en los arrozales, le picaban las manos con sus picos dorados y se alisaban las plumas en sus pantalones. Esto preocupaba a Truc, en especial cuando su padre y sus hermanos mayores le exigieron que aprendiera a matar y destripar a las aves para poder ayudar a venderlas en el mercado al aire libre. 

Una tarde húmeda, el hermano mayor de Truc, Binh, finalmente lo obligó a sentarse fuera de una de las jaulas para hacerlo. Uno de los patos se ubicó con calma frente a ellos y se acomodó cerca de los pies de Truc. 

Es solo una estúpida ave. Nació para morir. Ahora pon las manos alrededor de su cuello. Junta los dedos y ciérralos. Así es. Ahora aprieta. ¿Ves cómo se le salen un poco los ojos de las cuencas? Así es como sabes que lo estás haciendo bien. Sigue así. Más fuerte, Truc. Hazlo rápido, solo tienes que romperlo, es más fácil así. ¿Ves cómo se le ponen los ojos vidriosos? ¿Ves cómo puedes darte cuenta mirándolos a los ojos? 

Truc presionó fuerte, su mirada clavada en la del ave. Como los ojos de Phuong, tan abiertos, oscuros y duros que te preguntabas qué pensamientos se escondían detrás de ellos. 

El camino estrecho de dos carriles empezó a congestionarse. Truc disminuyó la pisada sobre el freno y frunció el ceño. No solía encontrar tráfico a esta hora. Tosió aclarándose la garganta del humo de los automóviles parados delante de ellos. Ahora no podían avanzar. 

Al asomar la cabeza por la ventanilla, Truc descubrió el problema: tres tanques militares verde oscuro acampaban a la vera de la carretera con soldados camuflados de semblante adusto y que aferraban las armas contra el pecho de manera protectora. Se relajó en su asiento. Perfecto. Habían dado con un punto de control. Estas inspecciones de rutina podían durar horas. 

Cada tanto pasaba un automóvil por el carril opuesto y Truc se preguntó si no sería mejor dar la vuelta y encontrar una ruta alternativa. Pero no había espacio y ahora los soldados se encontraban dispersos uniformemente a lo largo de la carretera. Truc saludó a uno de ellos con la mano hasta que al final se acercó. 

¿Están por cerrar esta carretera? 

El soldado survietnamita era un niño, posiblemente no llegaba a los dieciocho años. Eh. Buscó a sus superiores por todos lados, pero estaban muy alejados para encontrarse con su mirada suplicante. Volvió a mirar a Truc. Sí. 

¿Cuándo iban a informarnos? 

Truc, suspiró Phuong. 

El niño se mostró perplejo por la repentina falta de respeto y entrecerró los ojos. Estamos siguiendo el protocolo. 

¿Tienes que explicarle a cada automóvil que pasa que la carretera está cerrada? 

Es el protocolo. 

Truc. La voz de Phuong esta vez era severa, la monja ejemplar. 

Es estúpido. ¿Puedo dar la vuelta? 

Eh. El soldado se mordió el labio. No. 

¿Por qué no? 

¿Qué llevan atrás? El soldado miró por encima de los hombros de Truc. 

Patos y bebés. 

El soldado elevó el arma más alto. Abra la parte trasera, señor. Tengo una monja sentada a mi lado. ¿Realmente crees que soy del Vietcong? 

¡Truc!, Phuong le lanzó una mirada fulminante. Es suficiente. Solo haz lo que te pide. 

Con una mirada de desdén, Truc salió de la furgoneta. Me cuesta creer que el presidente Diem haya aprobado esto. 

Una vez que los soldados inspeccionaron la furgoneta con algunos comentarios insidiosos acerca de la venta de patos y bebés, dejaron ir a Truc y Phuong, que dieron la vuelta y se alejaron. Truc presionó el acelerador con impaciencia, e hizo que los neumáticos chirriaran, en un intento por compensar el tiempo perdido. Dado que el camino que solía tomar estaba cerrado, tendrían que viajar en ferri. Odiaba el ferri. 

Phuong se cruzó de brazos. Una hilera de gotas de sudor le brotaban a lo largo de la cabellera, pero permaneció inmóvil sin bajar la ventanilla. Truc sospechó que este silencio se diferenciaba del anterior, ya que estaba intencionalmente dirigido hacia él. 

¿Qué pasa?, le preguntó finalmente Truc, molesto, porque nada había cambiado. Una vez más, había sucumbido a los caprichos irascibles de Phuong, como solía hacerlo cuando eran pequeños. 

¿Por qué tenías que mencionar a Diem? Sabías que iban a tener que inspeccionar la furgoneta. 

Lo siento. ¿Acaso ofendí a tu Dios al hablar mal del honorable difunto presidente? ¿Temes que vaya al, cómo le dices, infierno? ¿A la condena eterna? 

Su bufido duró considerablemente, como si lo hubiese estado conteniendo durante toda la mañana. Phuong lo miró con enfado más que con dolor. No es culpa del Señor. 

Truc viró bruscamente para no atropellar a un perro distraído que vagaba por la carretera, probablemente ciego. Tu Señor está desgarrando nuestro país. 

Phuong se miraba fijamente los pies sacudiendo la cabeza. Esta no era la niña que había sido alguna vez su prometida, la que nunca permitía que él la intimidara tan fácilmente. Por fin, lo miró. El Señor no aprobaría lo que le ha ocurrido a nuestro país, dijo ella, esforzándose para que su voz no vibrara. Ningún Dios lo haría. 

¿Sabes que mi padre falleció? 

Phuong titubeó. Sí. Su mentón apuntaba a su pecho, a su cruz dorada. Mi hermano me contó. 

¿Sabes el motivo? 

Esta vez se tomó más tiempo para contestar la pregunta. Truc apenas podía oírla, como si ella fuese capaz de calmar el pasado con dulzura. Mi padre se manifestó en contra del gobierno. 

Tal vez tendrías que haber pensado en eso antes de pedirme este favor. 

Eras el único que conocía que tenía automóvil. Estábamos desesperadas. Cerró los ojos. Si esto significaba que podrías ayudarnos con estos niños, estaba dispuesta a permitirte que me odiaras un poco más. 

Al ser los hijos menores de familias prósperas, habría sido sencillo para Truc y Phuong crecer como los hijos consentidos y protegidos de los otros terratenientes. Sin embargo, las familias, que comprendían que su riqueza era una bendición inusual en aquel país, se negaban a ocultarles la guerra. Habían acordado mucho tiempo antes que sus hijos necesitaban comprender la tierra en la que vivían, así como la pobreza que sufrían la mayoría de sus compatriotas. En cuanto Truc y Phuong lograron caminar sin tambalearse, comenzaron a acompañar a sus abuelas y a otros hermanos a entregar sobras de arroz y carne de pato a las personas sin recursos que vivían en los barrios pobres del pueblo. 

La primera tarde, la abuela de Truc lo instó a que tocara la puerta de las pequeñas chozas de bambú que se encontraban a lo largo del río, mientras ella y los demás permanecían detrás de él. Al comienzo, estaba aterrado y tan solo quería esconderse detrás de las piernas de su hermano más grande. Pero las familias tomaron los sacos que Truc llevaba en las manos con gracia y, tras depositarlos a un lado, las mujeres lo acariciaban y le cubrían de besos la cara y el cabello, demostrando su agradecimiento con efusividad. Toleraba estas demostraciones de afecto lo mejor que podía. 

Phuong había estado en silencio la mayor parte de la tarde, algo inusual para la niña que no podía dejar de hablar o moverse durante la ceremonia religiosa en la pagoda. Truc descubrió el problema cuando llegaron a la choza de una viuda. Varios bebés desnudos yacían en el suelo sucio, sus vientres engañosamente redondos llenos de vacío y sus extremidades delgadas como la maleza en el viento. Sus miradas se fijaron en los extraños, pero estaban muy débiles para expresar cualquier emoción. 

Ella permaneció de pie en la entrada, mirando fijamente a esos bebés, a medida que sus familias pasaban rozándola. Truc le tocó el brazo para ayudarla a entrar y ella retrocedió de miedo. 

No hagas eso, dijo ella. 

¿Qué cosa?, preguntó Truc confundido. 

Por favor, no lo hagas. Sus ojos se humedecieron y Truc retrocedió con temor. 

Los hermanos más grandes de Phuong intentaron convencerla para que ingresara, pero aulló en señal de protesta, gritando que quería volver a casa. Cuando finalmente decidieron emprender la marcha de regreso, ni siquiera podía caminar por su cuenta. Su hermano Ngo tuvo que llevarla en brazos. 

Sus padres se mantuvieron firmes para que continuara con sus visitas a los barrios pobres, con la esperanza de que a Phuong se le pasara este comportamiento. Phuong nunca se acostumbró. No era capaz de mirar a un niño famélico sin poder llorar. Truc estaba tan perturbado por sus reacciones de histeria que intentaba alejar de su vista a los bebés enfermos siempre que se acercaban, interponiéndose en el camino para desviar su atención. Al final, ella buscaba a los bebés, como si lentamente se acostumbrara a disfrutar el dolor que le causaban, una empatía que desconocía y que se dio cuenta de que necesitaba. 

Sus familias creían que el comportamiento de Phuong era una señal de que estaba destinada a ser una madre exitosa y, cuando sus hijos fueron creciendo, bromeaban con que Truc y Phuong tendrían que esperar a casarse para producir bebés. Una vez, la madre de Phuong había dicho —su sonrisa teñida de negro por el betel que se asomaba por sus labios delgados y astutos— que podían tener tantos como quisieran, ya que no se opondría. 

El camino hacia el ferri estaba más descuidado que la ruta directa a Saigón, estrecho y desnivelado, con giros bruscos y bajadas repentinas. Truc navegó por estos obstáculos con cautela, temiendo despertar a los bebés. Pero incluso cuando el camino se había apaciguado, debido a la tierra húmeda, los bebés estaban todavía inquietos. Al principio, se oyeron apenas unos llantos sordos de frustración y molestia, pero pronto casi todos los bebés estaban llorando acompasadamente con obstinación. 

Finalmente, Phuong se escurrió hacia la parte de atrás para acompañarlos. Aun así, su malestar no cedía. Varios bebés comenzaron a llorar, sus gritos desgarradores rebotaban por las paredes metálicas de la furgoneta, alentando a los patos a unirse, que batían las alas con histeria. 

Phuong regresó a su asiento. Están hambrientos. Es hora de la leche. 

¿Los alimentaste? 

Les di agua, pero quieren tomar leche. 

¿No trajiste nada de leche? Truc viró bruscamente el automóvil hacia la derecha y materializó también su deseo de que Phuong se golpeara contra la puerta lateral, que, afortunadamente, estaba trabada. Retrocedió temblorosamente en su asiento, sus manos intentando acomodarse el hábito y su compostura. Miró hacia atrás para asegurarse de que los bebés aún se encontraran en sus cunas. 

¿Por qué? 

No podíamos permitirnos el lujo de traer leche maternizada en caso de que se estropeara, así que trajimos agua. Les dimos de comer justo antes de salir. Él sacudió la cabeza, incapaz de mirarla. Tal vez haya sido una buena idea que no nos casáramos y tuviéramos hijos, dijo Truc mientras hacía marcha atrás. Puedes ser una sierva de tu dios católico, pero no conoces la compasión. Hacer pasar hambre a bebés de esta manera, nunca podrías ser una buena madre. 

Ella no respondió hasta que se dio cuenta de que se habían desviado del camino principal. ¿A dónde vamos? 

Vamos a conseguir leche. 

Nadie le había dado mucha importancia al trabajo voluntario de Phuong en la nueva clínica. En todo caso, consideraban que era un acto de nobleza, tan habitual de su niña dulce e involucrada. No parecía importarles que la clínica había sido fundada por una orden de monjas que había escapado del norte luego de la línea de demarcación. A pesar de ser conscientes de las numerosas pagodas y viviendas comunales en el delta, las hermanas deseaban establecer la clínica, que hallaban necesaria en un pueblo que poseía solo dos parteras. Al menos están haciendo algo bueno, habían comentado muchos habitantes del pueblo. Nadie más quería hacerlo. 

Las monjas parecían amables y bienintencionadas, vestidas con el clásico hábito blanco y negro, y con rosarios de madera que ellos habían visto en el cine y asociaban con los católicos. El entusiasmo de las hermanas había atraído a un grupo de adeptos que profesaban admiración por ellas, incluida Phuong. Hacía tiempo que los monjes budistas de su pueblo la habían desilusionado, pues Phuong creía que poco hacían salvo permanecer recluidos en sus pagodas entregados a la meditación. 

Solo salen para recoger donaciones de alimentos para ellos mismos y quitar la comida a los pobres, decía Phuong. ¿Cómo contribuyen a ayudar a la comunidad? 

Están orando por nosotros mientras trabajamos, decía Truc. Esa es su misión. 

Phuong negó con la cabeza. Es un desperdicio. 

A Truc le agradaba que las monjas mantuvieran ocupada a Phuong. Ella no había tomado muy bien su partida a la escuela secundaria en Saigón. Quería ir a la escuela con él, pero sus padres creían que la formación superior era una pérdida de tiempo para una niña que ya contaba con habilidades para labrar la tierra. La necesitaban en los arrozales. La mañana en que Truc partía a su primer año de escuela, no pudieron encontrar a Phuong. Luego ella confesó que se había escondido a propósito. 

Creí que podía lograr que te quedaras si no podías encontrarme, dijo Phuong. Yacieron juntos en la habitación libre en el cuarto de los sirvientes, donde nadie podía molestarlos. Porque ¿cómo pudiste irte sin despedirte de mí? 

Nunca habían dudado de un futuro juntos, pero con Truc viviendo en Saigón durante la semana, Phuong expresó con intensidad sus inquietudes. Había demasiadas chicas lindas y educadas en la ciudad. Truc intentó asegurarle que solo ella y la guerra ocupaban sus pensamientos. Sus compatriotas estaban muriendo sin cesar y ellos solo se preocupaban el uno del otro. 

La clínica significó una alternativa ideal para Phuong. A menudo hablaba de las innovaciones —las hermanas conocían acerca de vacunas, higiene apropiada y cuidado prenatal—. Ella le presentó a Truc a las hermanas, quienes le dedicaron una reverencia inocente y hablaron del tiempo agradable. Para Truc, parecía un pasatiempo inofensivo, uno que la mantenía ocupada y la hacía sentir necesaria. Por esa razón, Truc apreciaba a las monjas. 

En la ciudad más cercana, Truc se detuvo en el mercado al aire libre y negoció un intercambio por varias botellas de leche de arroz. Tomando a uno de los patos de la jaula, Truc le rompió el cuello con rapidez y desplumó y destripó al ave enfrente de Phuong y el vendedor ambulante. Limpiándose la sangre en sus pantalones, colocó las botellas, cubiertas con sudor y entrañas, en las manos de Phuong. Era la primera vez en el día que la tocaba. 

Ve a llenar los biberones.

Truc pensó que debía haber sorprendido a Phuong cuando reveló sus intenciones de ayudar a alimentar a los bebés. Sabía que no había otra opción, ya que habían perdido demasiado tiempo. Se sentaron enfrentados en la parte trasera de la furgoneta, cada uno con un bebé en la falda. 

Una tela lo separaba del bebé. Truc recordó esto constantemente cuando tomó al primero. El bebé chilló al primer contacto, como si pudiese sentir la repulsión de Truc. Él intentó empujar su boca para que la abriera y así pudiera succionar la tetina, incluso recordándole con impaciencia al pequeño que estaba hambriento. Sin embargo, el bebé se negó a que lo alimentaran y lloraba cada vez que la tetina tocaba sus labios. 

Sabe que no quieres hacerlo, dijo finalmente Phuong, acercándose a toda prisa junto a Truc. Así. Le mostró cómo acunar al bebé y, con los dedos pulgar e índice presionando sus mejillas, logró abrirle la boca y meter el biberón. 

Luego de los primeros intentos, Truc se relajó y adoptó el ritmo natural, y permitió que lo tranquilizara. Notó cómo cada bebé se alegraba de recibir alimento, y con entusiasmo succionaban la leche y eructaban de satisfacción. De pronto, se dio cuenta de la magnitud del malestar de los bebés este día, hacinados en cajas o cunas, soportando los baches de la carretera y la compañía bulliciosa de los patos. Felicitó a aquellos que terminaban el biberón sin quejarse mucho. Hasta logró acariciar sus mejillas y apaciguar sus antojos con una voz baja y confortante. 

Meció al último bebé hasta dormirlo, hasta que bostezó suavemente a través de su nariz y boca cual capullo cerrado. Luego de depositarlo cuidadosamente en la caja de cartón, regresó y vio a Phuong acurrucada en la esquina de la furgoneta, observándolo. Cuando supo que tenía su atención, apartó la mirada. 

El bebé que estabas sosteniendo, lo encontré en nuestra entrada. Phuong apoyó la cabeza contra la pared de la furgoneta. Yo fui a abrir la puerta esa mañana. La madre había desaparecido. 

Pero pensé que podía sentirla cerca, mirándonos desde su escondite. Así que esperé a que saliera porque quería darle una oportunidad de ver a las personas a las que les estaba entregando su bebé. 

Él supo que se suponía que debía mantenerse en silencio, así que lo hizo. Comenzó a lamentar algunas palabras que había dicho. Acomodando mejor las piernas, Truc esperó a que ella hablara nuevamente. 

Los dejan todos los días, dijo ella. A veces hasta dos en el mismo día. En ocasiones, nos entregan el bebé, alteradas, incluso enfadadas y nos explican su situación. Pero a la mayoría no las vemos. Tan solo los abandonan en la puerta mientras los bebés lloran. 

Truc intentó que se encontraran sus miradas, pero ella estaba empecinada en que no sucediera, y se concentraba en otra cosa, más allá de él, de los bebés y de la furgoneta. Lo asustaba la facilidad con que ella podía ausentarse de su presencia cuando estaban juntos. Siempre había sido así. 

No dejan de venir. Llegan enfermos y la mayoría muere con nosotros. Después de un tiempo, ya no puedes resistir tenerlos en tus brazos, a sabiendas de que no hay nada que puedas hacer. Es posible sufrir demasiado. Nunca antes lo hubiese pensado. 

Sus hombros temblaban. Truc se sentó junto a ella y, dubitativo, le dio unas palmadas torpes en el hombro, intentando recordar cómo se sentía consolar a alguien. 

No, no lo hagas. Quitó sus manos cuidadosamente y dirigió su cabeza a la pared. No puedes sentir pena por mí. Sé lo que te hice. No lo olvidaré. 

El río Mekong nacía en el Tíbet y recorría miles de kilómetros a lo largo de China, Birmania, Laos y Camboya antes de ingresar al sur de Vietnam. El río alimentaba los pantanos y bosques aledaños y así formaba el delta, el depósito del río de los ricos suelos de tantas regiones, tierras y personas. 

Sus charlas mientras caminaban, a veces kilómetros, junto al delta giraban en torno a ideas fantasiosas de algún día comprar una hectárea para ellos y crear un legado aparte del que sus padres habían planeado. Se enorgullecían de tener sueños tan inaceptables para su tradición. Pero, en secreto, sabían que era imposible. Sus familias ya habían pagado la construcción de una casa pequeña entre sus propiedades, un hogar pequeño diseñado para permitir la incorporación de cuartos una vez que nacieran los niños. Esto, sabían, era un regalo de bodas generoso, ya que se esperaba que la mayoría de los recién casados vivieran en una de las casas de sus padres y aprendieran a adaptarse a mantener un hogar grande y cuidar de los mayores. Pero como sus hermanos más grandes ya cumplían con éxito esas obligaciones, se decidió recompensar a Truc y Phuong con una casa propia por unir oficialmente a las familias. 

Había algunas preocupaciones respecto a gastar dinero en una casa nueva cuando la guerra amenazaba con imponerse en el delta. El padre de Truc había comenzado a simpatizar con los intelectuales del pueblo que hablaban con elocuencia sobre el modo en que el gobierno del sur se doblegaba ante las exigencias de naciones extranjeras y la necesidad de librar al país de las influencias internacionales. 

No podemos sobrevivir como dos mitades, solía decir su padre cuando hablaban de política en la mesa, algo que era cada vez más frecuente. Si el gobierno actúa como una marioneta, el sur caerá. Necesitamos al norte con nosotros. 

Si bien Truc ofreció renunciar a la casa nueva, su padre aún quería construirla. No infectarán nuestras vidas, decía. Vamos a continuar con nuestro futuro. Truc dejó de lado su educación para supervisar la construcción de la casa. Esperaba que Phuong estuviera contenta de verlo todos los días por primera vez en años; pero para ese entonces, estaba más ocupada en la clínica, ayudando a las monjas con los partos y no podía pasar mucho tiempo con Truc. Al principio, le pareció que era una suerte. La casa la sorprendería aún más. Dedicó cada minuto a la preparación de los cimientos de su nuevo hogar, pues pensaba, se dio cuenta luego, tontamente poco en el distanciamiento creciente de su prometida. 

La zona de embarque estaba congestionada con automóviles, bicicletas, personas a pie, todos luchando por pasar a la fuerza, sin querer esperar el próximo ferri, cuya partida estaba prevista para el atardecer. Truc tenía dinero suficiente para sobornar a un oficial por uno de los pases para vehículos, que supuestamente ya estaban agotados. Subieron con cautela por la rampa de carga tambaleante, siguiendo al resto de los automóviles hacia el ferri de madera. En la cubierta principal, la furgoneta estaba tan apretada entre un camión de gallinas y un autobús escolar que no podían abrir las puertas laterales. Luego abordaron los pasajeros que iban a pie, un grupo ruidoso de sombreros cónicos que zigzagueaban entre los automóviles y congestionaban aún más la cubierta. Por ese motivo, Truc evitaba los ferris. 

En las aguas turbias y amarronadas del río, los pescadores lanzaban sus redes frenéticamente, con la esperanza de atrapar a tiempo a los peces atraídos por el motor del ferri antes de la partida del bote. Circulaba una brisa ligera, que despertaba sonidos de aprobación y sonrisas de alivio en los pasajeros del ferri. Pronto se absorbió y desapareció en el aire pesado y húmedo. 

La chimenea del ferri exhaló un bucle espeso de esmog seguido por un silbido largo que indicaba la partida. Truc y Phuong bajaron sus ventanillas y abrieron las puertas traseras de la furgoneta para que circulara tanto aire como fuera posible para los bebés. Truc usó las mantas que las monjas habían tendido para abanicar a los niños. Pero a los bebés no parecía molestarles tanto el calor como a los adultos —la mayoría permanecían somnolientos o en un sueño satisfecho producto de la alimentación—. 

Phuong se quitó el hábito para que sus brazos y pantorrillas quedaran al descubierto. Su cabello, que alguna vez le había llegado a la cintura, según recordaba Truc, ahora estaba cortado por encima de los hombros. 

No le digas a nadie, dijo ella cuando lo atrapó mirándola fijo. 

¿Saben?, preguntó Truc. 

¿Qué? 

Que no siempre fuiste casta. 

Obtuvo el efecto deseado. Con las manos temblorosas, se dio vuelta y volvió a ponerse el hábito. Él volvió al asiento del conductor mientras ella permanecía en la parte trasera. 

Varios vendedores ambulantes golpetearon la furgoneta para vender sándwiches en baguete, frutas y cañas de azúcar. Truc compró dos baguetes de paté y una bolsa de rebanadas de mango. Al principio, Phuong mordisqueó su pan despacio. Luego, al notar su hambre, lo cortó en trozos grandes. 

Desde el interior de la furgoneta, observaron el cambio del delta y sus habitantes. Más pescadores, enredados en sus redes, ordenaban canastos de lenguado, cangrejo y camarón en sus sampanes. Los granjeros se encorvaban sobre los campos de arroz y sus hijos chapoteaban cerca en los nenúfares. Dos muchachas adolescentes se balanceaban en una palmera y, con picardía, amenazaban con aplastar un coco contra el ferri. 

Un par de monjes con capas color azafrán caminaban con el agua hasta las rodillas en el delta y se salpicaban los brazos y rostros para refrescarse. Saludaron al ferri mientras este pasaba, con sonrisas tan brillantes como sus cabezas. Tan diferentes a las fotografías de ellos que Truc había visto en los periódicos de Saigón, en las que se inmolaban como protesta ante los maltratos del gobierno. 

Truc giró hacia Phuong, todavía absorta en su baguete. ¿Alguna vez piensas en su sufrimiento? 

Tras seguir su mirada hasta los monjes, bajó su comida. Para. 

¿Qué? 

Debes dejar de culpar a la Iglesia por todo lo malo. Reapareció la dureza en su voz de más temprano, cuando el niño soldado los había interrogado. El Señor puede ser perfecto, dijo Phuong, pero sus seguidores, no. Y tampoco deberían asegurar serlo. 

Pero algunos lo hacen. 

No puedo hablar en nombre de todos los católicos. Solo en el mío. Le echó un vistazo, finalmente. ¿Y qué piensas tú de su sufrimiento? ¿O solo puedes compadecerte por los budistas? Te lo mostré, Truc. Te llevé a nuestro orfanato y te mostré lo que hacemos día a día. 

Pensé que no querías que sintiera lástima por ti. 

Te estoy pidiendo que consideres el otro lado. 

¿Al que te uniste? 

No trabajo para los survietnamitas. Trabajo para el Señor. No estoy del lado de ningún gobierno. 

Truc le negó con la cabeza. Nuestro país está dividido. Debes elegir un lado. 

No. 

¿Crees que el norte y el sur pueden sobrevivir el uno sin el otro? ¿No quieres que este país vuelva a unirse? 

Si pensara que eso terminaría con el sufrimiento, lo haría. Si creyera que alguno de los lados no es corrupto ni se preocupa por sus propias ambiciones, tomaría las armas. Pero solo quieren lastimarse. Nada bueno saldrá de esta guerra, excepto para estos bebés. Si puedo ayudarlos, eso será suficiente para mí. 

El soplido del silbato del ferri señaló el final del viaje. El capitán habló por el altavoz y anunció la inminente llegada. Varios de los bebés se despertaron y comenzaron a llorar y los patos se inquietaron. El coro de la furgoneta había regresado y, por primera vez en el día, Truc se sintió agradecido. 

Podía sentirlo a través de su cuerpo, el escalofrío que se deslizaba bajo su piel, cuando ella le dijo que necesitaban hablar en privado por la mañana, antes de que se despertaran sus familias. No podía recordar la última vez que había querido hablar en privado con él. 

Habían discutido por meses. Truc intentaba involucrarla en el proceso de construcción, pero ella no parecía interesada. Luego, cuando descubría un detalle que no aprobaba, se molestaba y lo acusaba de crear su hogar, dictar su futuro, sin ella. Sabía que ella discutía a menudo con su familia sobre la organización de la boda porque la madre de Phuong se lo había dicho a la suya. Palabras como “el Señor” y “Su Misión” se escapaban de su boca con creciente frecuencia. Son esas monjas, había dicho su madre. Sabía que terminarían envenenándola. Miembros de ambos lados continuaban presionado a Truc para que descubriera lo que le sucedía. Truc siempre había sido quien podía llegar a ella, su confidente, su consuelo. 

Ahora pensaba distinto. Todos siempre asumen que sabes lo que quiero y lo que me gusta, había dicho Phuong tras una discusión particularmente fuerte sobre la distancia que crecía entre ella y sus familias. No es así. No siempre nos gustan las mismas cosas. Nunca ha sido así. 

En los arrozales de su familia esa mañana, lo suficientemente temprano como para que ningún criado lo atestiguara, se lo dijo con tanta franqueza y rapidez que se convenció de que no era posible que fuera ella quien hablaba. Las palabras, tan crueles y casuales, parecían extrañas al salir de su boca. 

Si bien era vergonzoso reconocerlo años después, cada súplica y ruego que usó para intentar hacerla cambiar de idea permanecía tan fresco en la memoria de Truc como el recuerdo de la textura de su mano cuando solía sostenerla o la risa simultánea que estallaba tras una broma tonta. Pero si bien la unión conllevaba sensaciones agridulces, su rechazo solo podía ser doloroso y la negación a aceptarlo, aún más desgarradora. 

Solías pensar que éramos una sola entidad, Truc le recordó. Dos personas creadas para una misma vida. 

No, Truc, le dijo, aparentemente insultada. Es mi vida. Decido dársela al Señor. 

Su decisión recorrió un camino devastador. Furiosa y humillada, la familia de Truc cortó de inmediato los lazos con la familia de Phuong, incluso los negocios, lo que pronto perjudicó los ingresos de ambos hogares. Los suministros para la boda se usaron para construir una división entre las granjas. Truc recordaba la confusión de los patos cuando los perseguían fuera de los arrozales que hacía rato creían propios. El padre de Truc acordó que los patos se alimentaran en otra granja arrocera vecina. 

La gente del pueblo era reacia a elegir un lado, por miedo a tener en contra a una de las influyentes familias. Pero, con el tiempo, la opinión del pueblo se inclinó a favor de la familia de Truc. En especial, después de que cerrara la clínica. Las hermanas decidieron mudarse al norte del delta y se llevaron consigo a Phuong, sus medicamentos y suministros. Algunas personas del pueblo murmuraban que se trataba de brujería. Algunos de los que habían aceptado sus vacunas huyeron hacia las pagodas y rogaron para que las meditaciones de los monjes budistas les devolvieran el alma. 

Truc sabía todo esto. Las caminatas nocturnas por el pueblo, con los patos detrás de él en fila, le permitían oír la mayoría de los rumores y especulaciones, aunque él no tenía nada para decir. El insomnio le permitía descansar en su habitación durante el día, ya que su familia suponía que estaba exhausto. Truc lo prefería así. No sabía qué decir a su familia más que lo sentía. 

El orfanato en Saigón era una casa de campo francesa rodeada por paredes color salmón y una reja negra de hierro que se abría hacia un amplio patio con una fuente rota. Lo dirigía una organización estadounidense que podía permitirse aceptar a los que parecían ser cientos de huérfanos. Truc sentía curiosidad por saber cómo planeaban llevar a todos los niños a los Estados Unidos. Se preguntaba cómo sobrevivirían allí. Varios trabajadores estadounidenses ayudaron a Truc y Phuong a cargar las cunas improvisadas hacia la casa, donde otros se precipitaban para arrullar a los niños antes de llevárselos para bañarlos y alimentarlos. En la sala, una trabajadora vietnamita llamada Hoa hablaba con Phuong sobre el historial médico de los bebés. Truc se sentó con torpeza en una de las sillas metálicas, consciente de las miradas sobre él. 

Phuong se quedaría. Ayudaría a los bebés a acostumbrarse y supervisaría su salud durante una semana antes de volver al delta. 

¿Cómo volverás a casa?, le preguntó Truc. 

Puedo tomar el autobús. Ya has hecho demasiado. 

Una de las trabajadoras entró con un niño recién bañado en brazos, con el cabello húmedo y aplastado contra la frente. Truc demoró un momento antes de darse cuenta de que era uno de sus huérfanos. Sonrió cuando el niño le sujetó el dedo índice, cuyo agarre impulsivo era suave y acolchado. 

Truc rechazó la invitación para quedarse a cenar. Sus zapatos taconeaban contra el patio de concreto vacío. Phuong rodeó las manos de Truc con las suyas, sin que la disuadiera el instinto inicial de resistirse, y las apretó. 

Nunca olvidaré lo que has hecho. 

Y yo no olvidaré lo que tú has hecho. No era su intención que sonara rencoroso. No dijo nada más para arreglarlo, pero tampoco le soltó las manos. 

¿Cómo pudiste pensar que no sabía que tu padre había muerto? 

No lo sé, dijo Truc. 

Sabía. Tenía que saberlo. Todavía necesito saber lo que sucede en tu vida. 

Truc le soltó las manos y dejó que las de él cayeran a sus lados. 

Quería verte después de escuchar sobre tu padre. Casi lo hago. Phuong sonrió con tristeza. Luego recé para que vinieras a mí. 

Permanecieron en silencio un rato largo. Puedo buscarte, dijo Truc. Llevarte a casa. 

Está bien. No sé con exactitud cuándo podré volver. No hay problema con el autobús. 

Adiós, Truc. 

Adiós. 

Era casi el atardecer, el calor del día se levantaba del suelo y calentaba la ciudad en lugar del sol que ya había partido. El tráfico hacia el delta estaría congestionado sin importar el camino que escogiera. Los patos graznaban ruidosamente en la parte trasera de la furgoneta y le recordaron a Truc que debía detenerse en el mercado al aire libre para deshacerse de ellos. Sin embargo, en el camino decidió dar la vuelta. Al darse cuenta de que no le molestaba el graznido de las aves, sino que en realidad apreciaba su compañía, decidió que todas volverían a casa. 


Acerca de la autora

Aimee Phan (1977, Estados Unidos) es una escritora estadounidense de origen vietnamita. Su primer libro, We Should Never Meet, del que forma parte este cuento, fue nominado como Libro Notable por el Premio Kiriyama de ficción y finalista de los Premios Literarios Asiáticos Americanos 2005. Actualmente da clases de escritura y literatura en el California College of the Arts.

Acerca del Programa

El Programa de Traducción Literaria Victoria Ocampo de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Cuyo está coordinado por las traductoras Gloria Martinez y Guadalupe Herce y la profesora Marcela Raggio, quienes se contactaron con la autora para publicar algunos cuentos en revistas literarias de nuestro país. La idea del programa traducir obras literarias de autores regionales, nacionales e internacionales, que no hayan sido traducidas anteriormente, así como también la formación e investigación en traducción y producción literaria. Este año, el foco estuvo sobre la colección de cuentos We Should Never Meet de Aimee Phan. Daniela Tornello y Marcio Peregrina estuvieron a cargo de la traducción de El delta, que aquí publicamos.

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