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Oppenheimer | Un Prometeo con pies de barro

El nuevo drama de Cristopher Nolan aborda la figura del “padre de la bomba atómica”, pero que, lejos de un biopic, se entrevera en los subterfugios del poder político y el orgullo imperial de una nación cimentada en la destrucción foránea.


Por Marvel Aguilera.

“Me someto a la ética, pero no comprendo en modo alguno por qué es más glorioso bombardear una ciudad sitiada que asesinar a alguien a hachazos”, se preguntaba Raskolnikov, el protagonista de Crimen y Castigo, tratando de entender la causa originaria de su maldad.

“Rodia” creía que los hombres se dividían en ordinarios y extraordinarios, entre los que vivían en la más supina obediencia y aquellos que se permitían transgredirla para conseguir sus objetivos. Estos últimos eran los que a fin de cuentas determinarían nuestro rumbo futuro, los que construirían un nuevo mundo sin importar los medios que utilizaran para conseguirlo.

Oppenheimer, la nueva película de Christopher Nolan, pone en discusión esa disyuntiva a través de la figura del físico teórico estadounidense que comandó la construcción de “Trinity”, la primera bomba atómica detonada en el corazón de Nueva México, la cual impulsó los ataques sobre Hiroshima y Nagasaki (el 6 y 9 de agosto de 1945) durante el final de la Segunda Guerra Mundial.

El terror se victimiza y el poder se viste de juez en una cinta que decide abordar algo más amplio que una biopic, para recorrer las consecuencias del macartismo norteamericano y los movimientos geopolíticos que configuraron el tablero del nuevo orden mundial durante el siglo XX. ¿Puede una sociedad legitimar su moral sin la intervención de la violencia? ¿No está acaso la violencia en la génesis de nuestra actividad humana, en tanto creativa y destructiva?

“El terror se victimiza y el poder se viste de juez en una cinta que decide abordar algo más amplio que una biopic, para recorrer las consecuencias del macartismo norteamericano y los movimientos geopolíticos que configuraron el tablero del nuevo orden mundial durante el siglo XX”.


En este largometraje, basado en la biografía American Prometheuss escrita por Kai Bird y Martin J. Sherwin, muchos de esos interrogantes parecen reflotar y avanzar a partir de las inmensas aspiraciones de su protagonista: un estudiante de física capaz de deslumbrar a un reconocido teórico y matar por un enojo infantil a un profesor con una manzana envenenada. Oppenheimer es un claroscuro. Un defensor del comunismo y un patrón de estancia en Los Álamos. El sinónimo de una sociedad enfrentada con sus contradicciones.

Nolan decide contar décadas de historia política, social y académica en cuestión de horas. Una vorágine temporal que marca la cadencia del protagonista, sus aciertos y derrotas, su apogeo e irremediable caída. Durante el Proyecto Manhattan, que dio lugar a la primera detonación, uno puede evidenciar la ampulosidad en sus diversas ramificaciones: en la ambición personal del físico, en la necesidad del gobierno estadounidense de posicionarse frente a los soviéticos más que en ganar la guerra, y en el propio Nolan queriendo condensar los finos hilos de la condición humana en solo tres horas de largometraje.

El punto de vista norteamericano que narra el film representa paradójicamente el síntoma imperial de una nación que solo mide el poder, y las consecuencias de su ejercicio omnipotente, en cuestión de estadísticas. Números que son repetidos a lo largo de la película, tanto al momento en que las autoridades eligen las ciudades japonesas menos “relevantes” para bombardear, como cuando el teórico es sometido a escarnio con esa misma cifra de víctimas por el falso tribunal.

El sentir japonés, el impacto social, cultural y psicológico que significó el ataque, queda así reducido a un imaginario reflejado en las muecas de remordimiento de altos funcionarios que se pelean, en una mesa redonda de negocios, por el rédito del salvataje civilizatorio con algunas secuelas inevitables.

De la misma forma en que el tormento mental del protagonista radica en la certeza de que las bombas de Hiroshima y Nagasaki fueron para intimidar a los rusos más que para frenar a un Japón prácticamente reducido, Nolan proyecta en Oppenheimer una cinta que gana más desde el drama humano que en la puesta presupuestaria de sus efectos: imágenes rimbombantes sobre el colapso de la materia y música de estruendos significativos ante cada desenlace argumental. Pulsiones de un director que ha querido hacer sentir el impacto de lo que no muestra a los propios espectadores en sus butacas.

Los diálogos, su fuerte fílmico ya desde Memento, representan las verdaderas luchas de poder en los laberintos de la política imperialista. Sin embargo, los silencios en los momentos más críticos tienen un peso emotivo pocas veces visto en el cine de autor.

Murphy retrata a un hombre que lidia con su maniqueísmo. La monstruosidad y la humanidad simbolizan esa lucha por la hegemonía del concepto de “orden”. Su resquebrajamiento es también el espejo de una nación que decide construir su identidad desde los cimientos de la muerte y la explotación ajena.

“La monstruosidad y la humanidad simbolizan esa lucha por la hegemonía del concepto de ‘orden’. Su resquebrajamiento es también el espejo de una nación que decide construir su identidad desde los cimientos de la muerte y la explotación ajena”.

Los fantasmas que persiguen al físico encuentran en Cillian Murphy una interpretación eficaz, sobria, rayando ese vacío existencial que parece a veces albergar el protagonista en su alma, y que brilla en sus ojos melancólicos mirando la fatalidad de su obra.

Como marca la tendencia actual de la cinematografía más comercial, el antihéroe, representado en este caso por un atormentado científico del apocalipsis, vuelve a oficiar de chivo expiatorio del verdadero interés económico que las bombas tuvieron frente al bloque soviético y el posicionamiento atómico de cara a occidente.

Nolan construye en Robert Oppenheimer un villano celebrado que necesita martirizarse, recibir el castigo de una sociedad capitalista que festeja su voracidad destructiva. El consumo de muerte como un deseo de goce que no puede cesar. De la misma forma que hizo con Batman en El caballero de la noche, en Oppenheimer el físico se presenta como un Sísifo que sufre las consecuencias desencadenadas por sus actos, pero que en realidad son resoplidos en un mundo guiado por el aliento de quienes deciden del otro lado de un teléfono.

Una consideración que el propio director decide hacer patente, casi relativizando la importancia de su protagonista, cuando en una de las escenas finales, el presidente Truman lo minimiza y echa de su despacho en la Casa Blanca, después de que este se lamentara por tener “las manos llenas de sangre”.

Oppenheimer no es una película sobre la bomba atómica, sino un film sobre los subterfugios del juego político, de cómo “saber jugarlo”, en palabras del jefe de la Comisión de Energía Atómica (AEC), Lewiss Strauss, interpretado por un Robert Downey Jr. que se luce como el archienemigo capaz de tergiversar la historia con tal de saciar su orgullo patriarcal.

Oppenheimer es un film que demuestra que Prometeo más que un héroe rebelde capaz de robarle el fuego a los dioses, fue el instrumento útil para el sometimiento voluntario a una hoguera masiva.

Porque lo realmente trágico para los que tiran los dados no es la sangre entre sus manos, sino que pongas en peligro el propio juego al que alguna vez decidieron invitarte.

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