Vértices

Guillermo Folguera: “Lo colectivo de la comunidad está herido de muerte y hay que reconstruirlo”

Guillermo Folguera-Dante Fernández

El biólogo, filósofo e investigador del CONICET publicó en pleno apogeo de la pandemia La ciencia sin freno. De cómo el poder subordina el conocimiento y transforma nuestras vidas (CFP24 Ediciones, 2020), donde cuestiona el statu quo de la ciencia y su relación con el poder y la economía.


Por Matías Carnevale. Fotos Dante Fernández

Guillermo Folguera, docente e investigador—integrante del grupo de estudios de Filosofía de la Biología—, se propone en su reciente libro desmontar una serie de presupuestos sobre la ciencia actual, que se vale de la burocracia, la publicidad (“buenas prácticas” de por medio) y negociados varios para mantener su statu quo.

Hablamos con Folguera sobre algunos de los temas que trata en su trabajo, que tiene como objetivo “discutir qué ciencias y tecnologías tenemos y cuáles necesitamos”, lo cual es “fundamental para comprender un poco mejor cómo vivimos aquí y ahora,” según señala el autor.

Revista ruda

En el libro mechás reflexiones sobre la ciencia y la técnica con alusiones a textos literarios, en varios casos de ciencia ficción. ¿Qué ha aportado la literatura al estado de las cosas cuando hablamos de ciencia?

El libro se apoya mucho tanto en textos literarios, de ficción, como en películas basadas ya en obras literarias. Para la obra en particular fue muy importante eso para imaginar y aportar estructuras interpretativas de la situación y de la lógica en la cual el poder incide sobre la dinámica científica y tecnológica, y su vínculo con el poder concentrado. Si la pregunta apunta de manera más general a la dinámica científica y tecnológica, yo creo que ha sido muy importante. Y ha sido muy importante en diferentes momentos históricos, con diferentes alusiones. Se observa ahí una cuestión muy sinérgica en donde algunos géneros directamente se ponen en diálogo estrecho, como el caso de la ciencia ficción; pero en todo caso fuentes que han ido de un lado y del otro. Además, la literatura -vuelvo a ponerla en diálogo con el libro- logra establecer en ese despegue de la realidad y, a su vez en ese referirse a una realidad imaginada como en el caso de la literatura de ficción, arrojar formas de entender y de observar lo que a corto plazo no puede observarse. Por ejemplo, esta alusión al libro de ciencia ficción y a este valor óptimo en el cual esta ciudad se desplaza, me dio el esquema general de interpretación, el cual yo después pude entender. Me quedan algunos ejemplos donde este vínculo es estrecho. Por ejemplo, la hipótesis de la “reina roja” de Stephen Jay Gould, es un excelente ejemplo de eso, que lo saca directamente de Alicia a través del espejo. Y da margen, contexto e idea a una de las teorías evolutivas que fueron fundamentales en la década del ’70 y ’80 del siglo pasado. Todo el tiempo hay un diálogo de ida y vuelta, no siempre reconocido por la comunidad científica, por esta cuestión de que la literatura que estamos hablando tiene algo de no responder al canon real y hay una pretensión descriptiva del universo, pero independientemente de ser reconocida, como en el caso de Stephen Jay Gould, es un vínculo notablemente estrecho.

En uno de los capítulos señalás la imagen de superhéroe que se emplea, en algunos casos, para divulgar la tarea de los científicos. En el otro polo, pareciera también que son víctimas, en cuanto su labor se ve desfinanciada por los gobiernos, o directamente no hay programas a los que puedan acceder para desarrollarse. ¿Qué podrías comentar sobre esta suerte de disyuntiva?

Efectivamente, la comunidad científica va con vaivenes en diferentes construcciones. Hacés alusión al superhéroe, que se hace explícita en la propaganda del Instituto Leloir o en la propaganda de la revista Nature. No es una lectura, es explícitamente a través de imágenes. Y efectivamente aparece como víctima, menos en el siglo XX, más en otros momentos históricos (Giordano Bruno, Galileo Galilei). Y en algunos momentos diría que aparece un tercer científico, que es un científico espejo, capaz de reflejar la realidad sin generar valoraciones ni salvaciones ni transformarse en víctima. Creo que es interesante pensar esos vaivenes. ¿Qué opino de esa tensión? Opino que existe, que existe en el imaginario y todo el tiempo se establece en los discursos cruzados. Y creo que en el esquema social efectivamente están presentes de una u otra manera. Lo que a mí en particular me interesa en este momento y en este análisis tiene que ver sobre todo con el carácter publicitario y con la articulación con un poder económico que utiliza la ciencia y la tecnología. Y ahí prevalece una de las formas, sobre todo la del científico superhéroe, justamente como capaz de resolver todos los problemas y no generar daños o riesgos. Y esa simetría de un hombre araña que en todo caso tendrá que ver si salva al ómnibus y a su amada pero no que va a generar daño, de alguna manera prevalece en los discursos asociados al poder económico.

Por un lado tenemos las así llamadas “conspiranoias”, por otro la antinomia ciencia/anticiencia, que ha cobrado un enorme impulso el año pasado. También presenciamos un desprecio muy marcado por los conocimientos de los antiguos, o de las comunidades locales, por parte de la tecnociencia. Además vemos que Musk y Gates, por ejemplo, operan en la arena política mundial con impunidad, y reciben la adulación de un amplio sector de la sociedad. ¿Qué cambalache nos espera en el siglo XXI?

Tenemos algunos síntomas y algunos signos para reconocer. Mezclas que además es importante marcar. Me parece que estas aristas que vos reconocés no son aristas que no estén vinculadas entre sí. Por ejemplo, uno escucha discursos vinculados a cómo se levantó la ivermectina, en contra de la big pharma, el gran negocio farmacéutico, pero que a su vez la ivermectina está producida por otra farmacia, en este caso vinculada con la parte veterinaria. Es muy raro cómo se plantean cuestiones antagónicas cuando no lo son. Va a haber un desafío muy marcado y hemos tenido una aceleración en el proceso de cooptación de la ciencia y la tecnología que trae detrás de sí la promesa de mundos fantásticos, el no reconocimiento de daños, la conjugación de lenguajes mixtos, la aparición de comunidades que vertebran discursos diferentes, la aparición de una comunidad científica en diferentes instancias: en los órganos de control estatal, en los órganos empresariales, en las comunidades en los territorios. Me parece que tenemos enfrente una complejidad muy marcada, y la simplificación de ese escenario lo único que va a conseguir es empobrecimiento. Por eso, en general, evito antinomias como ciencia o anticiencia cuando creo que hay una conjugación. Vuelvo al caso de la ivermectina y me pregunto ¿cuál sería el discurso científico? El discurso de las farmacéuticas o el discurso de la ivermectina. Uno encuentra profesionales de los dos lados. En todo caso aparecerá a qué instituciones pertenecen, pero profesionales están y cómo se enhebra el discurso y cómo se estructura el discurso, está en los dos lados. Acá lo que, por lo menos a mí, me está sirviendo es evitar rápidas categorías, fáciles de ser establecidas, y animarse a pensar en diagonal. Y pensar cómo estructuramos esto, y sobre todo cómo habilitamos esa pregunta que en su momento Herbert Marcuse marcó como “la pregunta” en torno a la comunidad científica, por más que esté encubierta, que es “para qué”. Y agregaríamos “para quién”, y “para quiénes”.

“La ciencia sin freno es la que produce papers alocadamente sin poner en juego su interpretación con la realidad. (…) necesitamos filósofos y filósofas atentas, capaces de reflexionar, pero más que en su pertenencia al campo filosófico; necesitamos profesionales y académicos capaces de escapar de esta lógica desenfrenada”.


¿Qué rol debería ocupar la filosofía frente al avance impúdico de la ciencia sin frenos?

La tarea de la gente de la filosofía y otras ramas meta-filosóficas sería muy importante. Lo que pasa es que la filosofía no está exenta del tema, y muchos de los filósofos en la actualidad son parte de una comunidad académica también desenfrenada, por decirlo de alguna manera. Más allá de la filosofía como campo disciplinar, yo creo que necesitamos una parte de la comunidad académica, al menos, que no esté dentro de esta lógica. No digo dentro de la academia sino dentro de esta lógica desenfrenada. Mucha de la comunidad filósofa reproduce esto. De hecho la ciencia sin freno -en el libro en particular me focalizo en la ciencia que interviene- es la ciencia que produce papers alocadamente sin poner en juego su interpretación con la realidad. Y esta ciencia que produce papers es tan adjudicable a la biología molecular como a la física cuántica como a la filosofía kantiana. Entonces, necesitamos filósofos y filósofas atentas, capaces de reflexionar, pero más que a su pertenencia al campo filosófico; necesitamos profesionales y académicos capaces de escapar de esta lógica desenfrenada.

En los ámbitos publicitarios (y educativos) se insiste con “las tres R” -reducir, reciclar, reutilizar- pero eso puede dar la sensación de que el hilo se corta por lo más fino, el consumidor. ¿Qué pensás sobre esto?

Hay dos acentos que ponés que son fundamentales. Una tiene que ver con la lógica del consumidor, una lógica de salvataje pero sin escapar nunca de una lógica de consumo y de mercado. Justamente hay que desarmar eso o al menos me parece que no va a haber, más allá de algunas cuestiones circunstanciales, una solución de fondo mediante ese camino. Pero junto con eso, la cuestión del consumidor; creo que también hay que escapar a la lógica individual. El neoliberalismo ha hecho mucho estrago. El capitalismo en general, pero el neoliberalismo en particular, han hecho estrago en la exacerbación del individuo. Como decía Margaret Thatcher, “solo hay individuos”, y ella le agrega “y familia”, aceptando en todo caso una variable en función de su conservadurismo británico por aquel entonces. Pero efectivamente tanto la cuestión del consumidor como la de la salvación individual, son lógicas que va a haber que desarmar. Y esto lo vemos en todos los esquemas. Se habla de políticas epidemiológicas respecto al dengue, y la cuestión es individual: dar vuelta los tachitos. Se habla de la pandemia, del salvar a otros, y la cuestión es que uno use barbijo, cuidarse con el barbijo, por más que sea para cuidar a otro. Lo que creo es que hay una cuestión en donde lo colectivo de la comunidad está herido de muerte, y hay que reconstruirlo, en nuestras sociedades. No digo que todas las comunidades sean así, cuando uno habla con personas de la comunidad qom son otros los esquemas. Pero en este esquema tan permeado por el neoliberalismo y tan propagado como en Argentina, ha sido muy exitosa desgraciadamente la exacerbación de este individuo consumidor, eficientista, muy vinculado con la cuestión económica, muy vinculado con el corto plazo (no hay una temporalidad a mediano y largo plazo) y con una lógica del sálvese quien pueda. Todo eso va a haber que quebrarlo y me parece que tenemos un desafío enorme en ese sentido por delante.

Guillermo Folguera - Dante Fernández

En la segunda mitad del siglo pasado la bomba atómica marcó una era. La conciencia de las sociedades se vio modificada por la existencia (y la posibilidad del uso) de un arma terrible, definitiva. Los años pasaron y pareciera que hemos aprendido a dejar de preocuparnos y empezar a olvidarla, pero hoy leía que Inglaterra piensa aumentar su arsenal nuclear en un 40%. ¿Cómo hacemos frente a esto?

Es curioso el tema del vínculo con lo bélico y con la bomba atómica, porque efectivamente marcó un montón de reflexiones y un dolor, pero no sé si fue suficientemente elaborada. Lo pienso en voz alta, sí se convirtió en una especie de dolor histórico y un miedo latente, pero no sé si hemos aprendido a trabajar eso. Lo pienso con la bomba atómica pero también con grandes accidentes: con Chernobyl, con accidentes menos reconocidos como la contaminación que estamos teniendo en nuestros cuerpos de agua. En todo caso, aparece más como trauma o dolor impreso, manejable, que como aprendizaje. Tenemos un enorme desafío, por eso en mis clases presento el tema de la bomba atómica y quiero hablar de ella porque realmente creo que inclusive las interpretaciones de aquel momento y de las décadas siguientes del ’50 y ’60, que aportaron un montón de elementos a eso, como por ejemplo para comprender la maldad con Hannah Arendt, los estudios de psicología social para aprender el tema de la obediencia, la discusión en torno a la neutralidad de la ciencia, la cuestión publicitaria también; no sé si han sido suficientemente trabajados. Y lo que he visto en todo caso es que si fueron trabajados en la década del ’40, ’50 y ’60, el neoliberalismo se encargó de poner por encima la cuestión eficientista, lo individual y empresarial. No digo que haya que empezar de nuevo, por suerte hay un montón de trabajo, pero creo que no estaría mal volver a esos marcos interpretativos también para entender algunos del hoy, a esta especie de catástrofe ya no solo como trauma y como dolor sino como aprendizaje. Para obrar, y para obrar en términos de restauración de una comunidad.

En tu libro citás: “La vida es infinitamente más amplia que la ciencia”. ¿Podrías elaborar?

Cito eso, primero, por un tema interno de teoría del conocimiento. El conocimiento es una forma o de alguna manera presupone un tipo de abordaje, alguien que conoce o “alguienes”. Esa aproximación al mundo presupone un emplazamiento, un actor individual o una comunidad que están ubicados en coordinadas precisas y que involucran además un conjunto de presupuestos. No digo explícitos o asumidos por los actores, sino una forma de acercarse a eso. Creo que efectivamente las ciencias parten de un conjunto de presupuestos, que además es necesario que los tengan. A veces, cuando presento esto, se lo ve como un defecto particular de las ciencias. No, es condición de posibilidad de que esas coordenadas no sean vagas y que estén precisas. Esta construcción imaginaria de un científico espejo no deja de ser negador de su propio presupuesto y su forma de acercamiento. Esto involucra a cualquier forma de conocimiento. Cuando uno va a la noción de “experiencia”, tan importante en autores como Walter Benjamin, también hay una referencia directa a una experiencia particular del sujeto, que tiene esa experiencia. Te puedo contar lo que significó haber visto el vuelo de esa mariposa, pero en algún lugar por más que te lo cuente de una manera precisa, vos no vas a haber visto la mariposa. Lo mismo con la bomba atómica, nos pueden contar lo que significó la liberación de la bomba atómica, pero haberla vivido, creo que no. Lo mismo un partido de fútbol, por más que sean cosas que tiene un diferente valor. Si alguien me cuenta un partido de fútbol, no es lo mismo. Y tienen relación, por supuesto. La comprensión de que la vida en general y la vida de las personas tiene múltiples aristas, y que cualquier conocimiento de la vida en general o las vidas individuales o la vida de las personas involucra alguna determinación en el sentido de esa múltiple potencialidad que tiene, es una de las cosas más importantes en términos de teoría del conocimiento. Y en términos también de reconocimiento de lo que significa conocer. No es un juego de palabras. Reconocer que nuestra forma de conocer involucra un acortamiento del mundo, una instanciación del mundo. Y en esa instanciación, una clarificación y visualización de algunos aspectos pero un ocultamiento de otros. Creo que la vida justamente tiene eso, y nuestras vidas tienen eso. Me parece importante que no sea confundido con que cualquier persona puede decir cualquier cosa, no estoy diciendo eso. Digo que en todo caso lo que se ilumina, lo que surge de ese acercamiento, será diferente en función de los elementos que se pongan en juego, quiénes lo hagan, el momento histórico, el lugar que se establezca.


La ciencia sin freno - Guillermo Folguera


Guillermo Folguera
La ciencia sin freno. De cómo el poder subordina el conocimiento y transforma nuestras vidas
CFP24 Ediciones
2020

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