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Falklinas: Los ecos de un daño colateral

En su nuevo documental, García Isler parte de la narración de cinco historias periféricas a la Guerra de Malvinas para elaborar una reflexión sobre los efectos del conflicto en la sociedad y en aquellas personas cuyo futuro se vio trastocado por el desenlace bélico.


Por Marvel Aguilera. Foto Portada: Rafael Wollman

La guerra es una marca indeleble de esta humanidad, una huella oscura y perversa que parece imposible de ocultar. Aun con el paso del tiempo, rebrota. Se filtra a través de las identidades sociales, en los menesteres de la cultura, en los ánimos políticos de una Nación; pero principalmente, modifica el escenario de las personas, su continuidad en este espacio y tiempo, su futuro inmediato, su espíritu. Muchas veces se referencia a la guerra haciendo eje en el conflicto bélico, en los caídos, en los que alzan la bandera victoriosa; sin embargo, las contiendas son bastante más amplias, coercionan al pueblo mismo, a su cotidianidad. En el documental Falklinas, Santiago García Isler parte del enfrentamiento bélico que involucró a la Argentina y el Reino Unido en 1982 por el territorio malvinense, para detallar cinco historias particulares, cinco relatos de vida atravesados por la contienda, por un clima que los expuso a tener que rever sus pasos o, por el contrario, verse avasallados por una bruma que cargó con su horizonte y los situó al borde del abismo.

Dos de esas historias cruzan al periodismo por sus principales aristas, la investigación y el coraje de afrontar una postura. El periodista Andrew Graham-Yooll es el primero de ellos. Argentino pero de familia británica, se exilió en 1976 a Londres luego de ser uno de los pocos periodistas en darle apertura a los “habeas corpus” sobre los detenidos-desaparecidos en el mítico The Buenos Aires Herald. Yooll -quien forma parte de su relato en el documental- debió volver a enfrentarse como corresponsal en Argentina al espectro dictatorial que lo tenía en la mira, en un clima de absoluta tensión en la que todo lo relacionado al mundo británico era visto con bastante zozobra, con ánimos conspirativos. De hecho, la historia de Simon Winchester, el periodista inglés que continúa la narrativa del documental, lo afirma en boca del capitán Juan Carlos Grieco: “¿cuándo termina la función del periodista que está obteniendo información, con carácter periodístico, y cuándo esa misma actividad es una tarea de espionaje?”. Winchester, enviado por el Sunday Times a cubrir la situación en las islas, fue interceptado en el aeropuerto, pero pudo filtrar su material fílmico en los calzoncillos del hijo del gobernador isleño. Ya en Buenos Aires, luego de reunirse con [Leopoldo Fortunato] Galtieri, es apresado sacando fotos en Tierra del Fuego y trasladado a la cárcel de Ushuaia junto a otros dos colegas británicos, a pesar de que el propio dictador le había asegurado días antes su protección.

Por otro lado, el relato de Osvaldo Ardiles, una de las figuras nacionales del Mundial ’78 y referente del club londinense Tottenham Hotspurs, quizás sea el que más marque esa lateralidad emocional que significó la guerra de Malvinas para aquellos atravesados por ambas naciones. “Ossie”, un ocho ligero, de mucho regate e increíble proyección al área rival, pasaba sus años de gloria como futbolista, y sintió el impacto de ser señalado más que como un adversario por los hinchas de las otras aficiones inglesas, como un enemigo interno para el propio pueblo británico. A pesar de la banca de la hinchada “martillera”, Ardiles eligió partir, y fue trasladado al club francés Paris Saint Germain, en un lapso de tiempo que significó una baja de rendimiento notable en un jugador que, apesadumbrado, contaba: “Me sentía mal en Inglaterra, me sentía mal en Argentina, me sentía mal en todas partes. Malvinas me destruyó a mí”.

“Muchas veces se referencia a la guerra haciendo eje en el conflicto bélico, en los caídos, en los que alzan la bandera victoriosa; sin embargo, las contiendas son bastante más amplias, coercionan al pueblo mismo, a su cotidianidad”.


Los casos del fotógrafo Rafael Wollman y la isleña Laura McCoy atraviesan el riesgo en primera persona. Wollman, quien trabajaba para la agencia Gamma, realizaba un trabajo de fotoperiodismo en la isla cuando empezó el conflicto en tierra. Desde su lente pudo captar esos momentos primigenios, la resistencia del gobernador, la bandera blanca en sus manos, los primeros tiroteos que, incluso, uno de ellos impactó contra el vidrio de su ventana. Muchas de esas fotografías con los marines británicos rendidos, con las manos arriba, fueron las que recorrieron posteriormente el mundo. “El lugar correcto y el momento correcto”, relata Wollman, como testigo exclusivo de un acontecer histórico que cambió su vida.

Andrew Graham-Yooll

En un sentido contrario, el horizonte de Laura McCoy se vio cercenado. Su historia es probable que sea la más enigmática, la más gris, con algo de tintes literarios. Laura trabajaba en el único lugar de embarcaciones de la isla y guardaba una historia de amor prohibida con el responsable de los ocho faros que la iluminaban. Apasionada por la proeza de Krystyna Chojnowska, quien dio la vuelta al mundo en un velero, y fustigada por un triángulo ya insostenible, Laura decidió planificarse su partida junto a su amado. Sin embargo, el desembarco del 2 de abril trastocó su vida por completo, obligando al traslado de su amante, y sosteniendo su permanencia a una isla en donde los señalamientos eran moneda corriente. Dos años pasaron hasta que decidiera partir sola, para repetir esa hazaña de Chojnowska en un barco restaurado, pero Laura perdió señal en medio del naufragio, desapareció en ese intento tan cargado de voluntad por dejar atrás las penurias de una isla que la habían marcado tanto y no precisamente por el fuego desplegado entre ambas naciones.

Isler teje un hilo entre los personajes mediante el cruce del archivo visual, las fotografías y el video, junto con dibujos de Miguel Rep. Lo hace con una cadencia armoniosa pero de impacto. Construye una red de sensaciones que exponen el drama que implica verse atravesado por un clima de guerra, pero, a su vez, lo absurdo que resulta ese juego de poder que se configura en las altas esferas. Isler nos habla de historias mínimas, pero cuya marginalidad desborda interrogantes y planteamientos que explican en las acciones mismas la magnitud del conflicto acontecido en las islas.

Falklinas nos habla también de cómo Malvinas sigue siendo una herida abierta, una sangría histórica y social de la que permanentemente surgen nuevas perspectivas. Voces que recorren esa tragedia desde caminos aleatorios, desde dolores distintos. Gritos ahogados en la penumbra de una pérdida mayor que el de la propia soberanía, en una pérdida de espíritu de una sociedad avasallada por el terrorismo de Estado y los efectos que todavía recrudecen, que nos modifican, que siguen permeando una identidad nacional frágil y en vías de reconstrucción.

Revista ruda

Has contado, y es advertible, la importancia del relato de Graham-Yooll para cimentar el documental, ¿cómo fue tu primer acercamiento a él y en qué medida diste cuenta de que esa historia podía hilarse con otras para construir un relato coral?

Lo conocí en unos almuerzos que hacían todas las semanas un grupo de periodistas. Se reunían desde 1964 a intercambiar información y conversar, comer y tomar vino. O según palabras de Andrew: Para filtrar lo que era información de lo que era chisme. Además de él, frecuentaban el grupo Daniel Divinsky, Chiquita Constenla, Isidoro Gilbert, Pablo Giussani, Marysa Navarro y Rogelio García Lupo. Grabando a Rogelio para mi primer documental, conocí a Andrew, que me pareció especialmente interesante y muy juvenil en todos los sentidos. Y tenía esa mezcla de argentino y británico que lo hacía aún más carismático.

Cuando fueron apareciendo los personajes para Falklinas, lo contacté y le conté lo que quería hacer. Me pasó su libro Buenos Aires Otoño 1982. Ahí encontré mucho del clima que quería transmitir. Después me contó que había tenido contacto profesional con Simon Winchester. Que también había entrevistado varias veces a Ardiles y que por supuesto conocía la historia de Rafael Wollmann. También que tenía muchísimas ganas de conocer Malvinas. Así que, fue decantando solo que él sería el aglutinador, el narrador de la película.   

Si uno analiza la situación que supo vivir Ardiles en Inglaterra en los ochenta, sabe que esa futbolización en nuestro país pareciera no haberse diluido nunca, persiste ante cada gesto británico que atraviesa a la sociedad. ¿Crees que en cierta medida esa futbolización de la guerra es un problema para generar una reflexión más profunda de lo que significó el conflicto?

No me parece. Creo que van por carriles separados. Hay millones de argentinos a los que el fútbol no les hace mella y tampoco están ocupados pensando en la situación de las Malvinas. La sensación es que es un tema que está ahí, trabado, sin soluciones a la vista. Se van a cumplir 40 años de la guerra en unos meses. ¿Qué avances concretos hubo en el reclamo de soberanía? ¿Qué piensan hoy los habitantes de las islas? ¿Hay algo nuevo, distinto para hacer al respecto?

Por cierto, acá en la Patagonia es completamente distinto. Da la sensación de que las Islas Malvinas son un desprendimiento del continente y que es completamente inexplicable que no sea territorio argentino. En cada pueblo, en cada auto, en las casas y los bares, el tema Malvinas está muy presente.

Retomando lo del fútbol. Sí creo que el partido del mundial de 1986 contra los ingleses fue tan impresionante que para los que lo vimos en directo y gritamos como dementes esos dos golazos de Maradona, si, estará siempre ligado a la guerra del 82.   

Este es tu tercer documental, después del que hiciste sobre las investigaciones de Rogelio García Lupo, tu viejo, y sobre el historietista Pablo Fayó, ¿cuál dirías que es tu mecánica a la hora que seleccionar una historia para investigarla y armar un relato traducible en un proyecto audiovisual y qué particularidad podrías mencionar sobre Falklinas?

Me encantaría contar que tengo una mecánica, pero la verdad es que tanto la historia de Fayó como las 5 historias que se cuentan en Falklinas, fueron apareciendo de manera caótica. Cuando hice Algo Fayó tenía la idea de contar varias historias de dibujantes que me interesaban, pero Fayó copó la parada, era por afano el personaje más atractivo, al menos para mí. Y en Falklinas, la idea original surgió de unas fotos de habitantes de las islas, de la década del sesenta. Fotos de gente común viviendo en las Malvinas, mucho antes de la guerra. Pero accidentalmente encontré las fotos de Wollmann y me gustó mucho su historia. Y ahí empecé a buscar (Y también aparecieron) historias que tuvieran esa premisa, la de estar en el lugar correcto en el momento indicado, o todo lo contrario. Wollmann me contó que tenía un trabajo para hacer con Winchester, encontré la foto de Andrew con Ardiles, la historia se fue tejiendo un poco sola.



Santiago García Isler
Falklinas
2021

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