Literaturas

Maricel Santin: “Hay situaciones en las que ser de determinado lugar te arma”

La última novela de la escritora, actriz y dramaturga Maricel Santin, Gerlihogar (Indómita Luz, 2022), nos introduce en el conflicto de una pareja en la que el amor tensiona sus límites, poniendo en perspectiva los recuerdos sensibles del historial amoroso, con un trasfondo de la vida en el barrio de crianza que está siempre latente en su identidad.


Por Marvel Aguilera. Fotos: Eloy Rodríguez Tale.

¿Qué significa pertenecer? ¿Cuándo dejamos de ser parte de un territorio? Marc Augé dice que el movimiento permanente de la modernidad, caracterizado por el exceso, nos somete a vivir absortos en el individualismo. La geografía de un territorio, con todo lo que ello implica en términos de cultura, de memoria emotiva, de ámbitos en que los modos sobreviven al paso del tiempo, parece en peligro de extinción.

En Gerlihogar, la última novela de la escritora, actriz y dramaturga Maricel Santin, nos introduce en el conflicto de una pareja en la que el amor tensiona sus límites, poniendo en perspectiva los recuerdos sensibles del historial amoroso, como flashbacks que retornan y permiten comprender las problemáticas del presente. A su vez, un trasfondo de la vida en el barrio de crianza que está siempre latente en su identidad, en el pulso de su cuerpo. Ese conurbano con sus claros y oscuros, con las amistades de una vida que parece lejana pero retrotraen en la protagonista un yo perdido en su interior.

Por otro lado, la familia despierta los orígenes de la protagonista, que debe confrontar no sólo con las incertidumbres de su vida en pareja, y ese horizonte de supuesto conformismo, sino también con los fantasmas de sus impulsos pasados, esos de los que huyó creyendo poder camuflarlos con buenos modales y años de rutina.

El amor, aparece así confrontado como una experiencia de búsqueda hacia un equilibrio, como el orden que buscaba Heráclito en los opuestos. Una prudencia que no implica pasividad sino un profundo sentido del actuar en medio de tensiones y fragilidades. Porque finalmente, las pasiones y las razones pertenecen a un mismo mundo, uno que las necesita mutuamente para poder comprenderlas y seguir adelante con su tiempo.

Revista ruda

¿Cómo fue tu formación a sabiendas de que fuiste bifurcando tus caminos entre la actuación, la dramaturgia y la literatura?

Primero me formé como actriz en la Escuela Metropolitana de Arte Dramático, durante muchos años. Fue cuando salí del secundario, donde ya sabía lo que quería ser. Me había anotado para magisterio, por las dudas, más para cumplir con la familia y tener un título. Pero aparte la docencia me interesaba y es una de las cosas a las que me dedico, pero en escritura. Entonces, empecé a laburar y formarme como actriz, y me pasó que lo primero que hice relacionado a la escritura fue por querer hacerme amiga de la tallerista. Era Claudia Prado, que daba ese taller de escritura y yo quería conocerla. Ella tenía una mirada muy interesante y habilitante, y encontró y puso en valor una voz personal mía, mucho antes de que pudiera pensar que tenía una voz. Me empecé a copar pero nunca pensando en que podía ser escritora. Y, con el tiempo, me empezó a pasar que con la actuación comencé a enemistarme y pensar mal de mí misma.

“Los títeres buscan hacer brillar un objeto, entonces el ego se corre un poco, pero a la vez estás prestando el cuerpo. Entonces me di cuenta de que quería actuar pero más desde el lugar que aprendí con los títeres”.


¿Por qué enemistarte con la actuación?

Porque hay algo de ser actriz que es medio choto a veces, una cosa del ego que me da como vergüenza. Es decir, me da vergüenza tener el ego suficiente como para ser actriz. Y además pasa algo, como en todos los ámbitos (y después descubrí que también en la escritura), de que si estás haciendo teatro y hacés cine, los del cine piensan que el teatro es una boludez y lo del teatro piensan que el cine no es actuación; y cuando hacés tele, es una porqueria. Entonces, hay algo del crecimiento y la búsqueda personal que muchas veces está plagada de una mirada exterior en el que cada rubro cree que es el verdadero. Y yo era muy permeable a eso, lo pasaba mal. Y en la escritura encontré un lugar un poco más libre, no tan formado académicamente como en la actuación. Me animaba a hacer muchas más cosas. Después descubrí que en la escritura pasa lo mismo, que si escribís infantil los adultos piensan que es una pavada. En mi caso, escribo de todo y me gustan todos los ámbitos. Por ejemplo, en la actuación me gustó mucho hacer tele, aprendí un montón de cosas que no me enseñaron en el conservatorio. En cine, cosas que no aprendés en teatro. Y lo mismo la escritura: me gusta la poesía, la narrativa, etcétera. Y creo que lo que me terminó de acomodar fue hacer títeres.

¿Qué encontraste en los títeres?

Entendí una forma nueva que podía tener la actuación. Los títeres buscan hacer brillar un objeto, entonces el ego se corre un poco, pero a la vez estás prestando el cuerpo. Entonces me di cuenta de que quería actuar pero más desde el lugar que aprendí con los títeres. Hice una sola obra, aprendí para esa obra, aunque no soy titiritera. Pero eso que aprendí fue lo que me permitió actuar de una manera más contenta.

Luego apareció la literatura, pero enfocada al mal llamado ámbito infantil. Escribiste varios libros en ese sentido. ¿Cual fue la conexión que te llevó a desarrollar tu literatura para el público infantil?

Me pasaba que escribía cosas que me interesaban y mis compañeros de taller me decían “qué lindo cuento infantil”. Yo no me imaginaba eso, escribía lo que quería. En esa época trabajaba dando clases de teatro en escuelas. Estaba muy rodeada de niñes y me interesaba mucho la forma de pensar, de actuar; hay para aprender un montón de ellos. Descubrí a Wolf [Ema] y me di cuenta de lo que se podía hacer. Entonces empecé a estudiar, a prepararme, porque también hay una idea de caer en la literatura infantil como peluda de regalo, pero otra cosa es leer todo lo que hay, lo que se estudió. Andruetto dice la “literatura sin adjetivos”. De lo que se trata es que puedan ser de interés para niñes. Porque leídos pueden ser muchos libros, pero que sean de su interés es la bisagra. Y tal vez mis temas de interés coinciden con los infantiles, y cuando eso sucede es destinado para niñes, y cuando no sucede lo es para adultos.

Hay un libro tuyo, un poemario, llamado Historia Clínica que me resultó muy interesante porque planteás la fragilidad de la frontera entre la salud y la enfermedad, y cómo a veces no somos conscientes de ese límite.

Historia Clínica es muy personal. Un interés por la salud y la enfemedad de algo familiar que aparece. Un tironeo con el que durante mucho tiempo la pasé mal. Tengo un lado paterno que parece fanático de eso, casi como un prestigio a la enfermedad. Por eso elegí el acápite de Natalia Guinzburg, la idea de enfermedad desde el aburrimiento, como que si no estás enfermo no sos, una identidad. Y por el lado materno todo lo contrario, mi abuela era curandera y había que llevarla a las patadas al médico. De hecho, cuando se desató su enfermedad, me di cuenta yo porque se le salía la pantufla y ella nada; era un tumor cerebral. Pero no iba a decir que algo le dolía porque le tenía terror a los médicos. Y ese tironeo durante un tiempo me hizo sufrir, y en algún momento empecé a pensarlo y a divertirme. Mi intención es que (el libro) tuviera cierto humor. Lo escribí en una época donde estaba mi abuela con esta enfermedad; mi primo había tenido un accidente de moto en el que quedó muy mal; y mi tío, su papá, estaba con cáncer. Ese era mi estado. Escuchaba la sirena de la ambulancia y empezaba a llorar. Por otro lado, nunca había hecho poesía y estaba haciendo el taller con Claudia Prado, ella es poeta y me hizo una compañía. Luego estuve con Diana Bellesi. Además, conseguí un trabajo en un hospital psiquiátrico, y ahí entendí un montón de cosas más en relación a la salud y la enfermedad. Lo que a mí me asusta más tiene que ver con la salud mental. Cuando hay un miedo muy extremo o un fanatismo, para mí pasa a ser algo más mental. Y en el psquiátrico, que era de internaciones breves, aprendí que la “locura” puede ser un pasaje. Puede haber un momento o un pico de inestabilidad mental, y que eso sea un tiempo. Hablaba mucho ahí con los pacientes y leía las historias clínicas. Me pasaba horas leyéndolas. Algunas cosas aparecen en el libro. Me gustaba mucho entender la mirada del psiquiatra y la del paciente.

“Lo que me interesa es ese tironeo que encuentro en el amor, y en las búsquedas bondadosas del amor. Que para mí son un quilombo, y no sé si es normal que no lo sea. Me interesaba hablar de una pareja que se quiere pero que les cuesta un montón, que siguen teniendo interés por fuera. Y hay algo de lo social, de cómo tiene que ser el amor”.

Yendo a tu último libro, la novela Gerlihogar, lo primero que puedo decir es que hay una tercera posición que parece exponerse entre el amor romántico, el tradicional que conocemos con todas sus fallas, y las nociones más posmodernas del amor como el “poliamor” o “amor libre”. Pero en el libro existe como una búsqueda de algo intermedio, un amor entre tensiones, algo más parecido a un amor budista o del equilibrio.

Me encanta que lo pienses como un amor budista. No lo hubiera pensado así, quizás porque no sé nada de budismo. Lo que me interesa es ese tironeo que encuentro en el amor, y en las búsquedas bondadosas del amor. Que para mí son un quilombo, y no sé si es normal que no lo sea. Me interesaba hablar de una pareja que se quiere pero que les cuesta un montón, que siguen teniendo interés por fuera. Y hay algo de lo social, de cómo tiene que ser el amor. Quise poner el foco en ella y mostrar esos rasgos patriarcales que tiene. Mostrar que eso patriarcal lo traemos de educación, de lo que escuchamos sobre cómo debemos ser, de qué es ser libre y qué no.

Además porque la protagonista tiene como esta atracción constante del hombre fuerte, más embrutecido, contra la “debilidad” del más prudente o dubitativo.

Con lo otro. Hay algo de siempre querer la otra cosa. De no poder disfrutar lo que está pasando, lo que vos construiste y elegiste. Porque para mí las facetas del amor libre son valiosas, pero nos falta un montón, porque nos falta disfrutar lo que pasa y dejar de mirar para todos lados. Para que sea libre en serio, no puede ser un cosa especulativa, tiene ser algo más sincero. Y estamos tan lejos de la sinceridad como humanidad. Como persona yo no tengo idea si sé lo que quiero, estoy invadida por lo exterior, por los estímulos externos, por eso que debiera ser.

Otro de los conceptos fuertes en la novela es la idea de la pertenencia. Particularmente no comulgo con las odas al conurbano, que muchas veces evitan politizar las problemáticas que allí ocurren. Pero creo entender que la novela no necesariamente se refiere a la vuelta al lugar geográfico sino un sentido de pertenencia por ese hogar que forjó a la protagonista, por esa crianza que se le diluye con los años. ¿No?

Soy nacida en Lanús, toda mi familia paterna es de Gerli, y la materna es de Escalada. Y toda mi infancia la pase ahí. Entonces hay mucho de lo emocional. Hay algo que puse en el personaje de Jezy, cuando se toma el 100 y cruza una calle para entrar a Gerli. Bueno, me baja algo del pecho. Me siento más a tierra. Lo que no quería que estuviera en la novela es ese tironeo de que esto es bueno y lo otro malo. Hay una parte buena de Capital, y por eso vivo acá; y no voy a denostar mis orígenes, tampoco pensar que la Capital es una mierda para ensalzarlos. Hay mierda y hermosura en los dos lados. A esta altura viví la mitad de mi vida en Capital y la otra en provincia.

Pero está esa cosa de seguir diciendo que uno es de donde se crió.

Hay algo del ser. No es lo mismo nacer en cualquier lugar. Hace poco se hizo viral un pibe que le preguntaban si tenía miedo de estar en Ucrania y dijo “yo soy de Lanús”. Bueno, hay algo de eso más allá del chiste. Una forma de vivir que te arma. Hay lugares en que ser de determinado sitio te arma y te desarma de otras. Te llena de prejuicios que tenés adentro sobre otros, y también sobre vos. Te pone a la defensiva. Hay una cantidad de cosas que tienen que ver con ser de un lugar, de formarte y crecer en un sitio. Mi pareja se burla de que tengo miedo de cualquier boludez y que arriba del colectivo en algún lugar siniestro de Lanús estoy tranquila. Y sí, por alguna razón ahí no tengo miedo. Tiene que ver con ser de un lugar.

La novela termina en ese volver, en el lugar donde ella finalmente se siente tranquila y se relaja. ¿Pero no hay algo de que uno vuelve y no es la misma casa donde uno jugaba en la vereda de chico? Uno vuelve como un ajeno a un lugar que ya no es.

Sí, no es lo mismo. Por supuesto que ya no hay pibes jugando en la vereda. En mi caso me la pasé callejando. Eso no está, pero hay otra cosa.

Incluso, uno podría pensar que ese retorno de la protagonista pasa en su cabeza y que ese lugar no existe más.

Es que no importa la realidad para esa percepción. La casa de mis viejos está totalmente cambiada. Antes tenía dos pisos, y en el piso de arriba ahora vive mi hermano con su pareja y su hijita. No está mi cuarto. Ya no existe lo que era mi casa. Pero más allá de la circulación y los vecinos, hay algo que no es de la realidad. Y unos modos de vivir que sí son distintos. Por ejemplo, me contaba mi viejo, que está haciendo un arreglo en el garaje, que el vecino le dio la llave de su casa para que pueda dejar el auto. Y eso acá aún no lo veo. A la falta de esos modos me costó un montón adaptarme acá. Hay modos más salvajes que son lindos también.

No sé si eso es muy familiar, porque en cierta forma soy muchas personas. En mi casa familiar tengo niveles de salvajismo que afuera no tengo. Pero porque es el código, y quizás le atribuyo al barrio algo que tiene que ver con lo familiar.

En la escritura sí ponés parte de esos tonos más salvajes.

Sí, porque también esa salvajada me gusta, pero sé que tiene sus costos. Y como no soy una sola cosa, también soy temerosa. No me gusta que las personas piensen algo feo de mí. Sé que con mi hermano nos podemos agarrar y no pasa nada, por como es él y la familia. En la casa de mi tía Coca, por ejemplo, hay unos modos y formas de decir, chistes que rozan lo pesado. Lo mismo con los amigos de mi viejo.

¿Podría uno pensar que encontrás en la literatura la forma de preservar esas cosas que has vivido?

Podría ser, y defenderlas también, porque me gusta en algún punto. No reniego para nada, hay algo de eso que me copa. Lo muy armadito me molesta. Y a la vez, como mirándome de afuera, pienso si estoy yo ya muy armadita, es probable, pero adentro creo que no.

Leí un artículo tuyo que me pareció interesante, donde vos hablás del disfrute del ocio y la necesidad de la cotidianidad en el artista. Pensaba, ¿cuán necesario es ese espacio de ocio para que el artista pueda pensar creativamente, más en el mundo donde el “tiempo muerto” está mal visto?

Para mí es una lucha. Lo necesito, sin eso siento que me voy rompiendo. Me voy lastimando físicamente. Me pongo hosca, me entristezco si no tengo esos espacios. Yo hago clases de costura, y el otro día venía de una seguidilla de mucho laburo, y con las clases tenía la sensación de que iba a meditar. Ahora me estoy mudando y estoy enquilombada, me preguntaba por ahí qué puedo dejar, y me sale costura. Pero si yo dejo costura es parar mirar un árbol fijo durante una hora. Como si mirara fijo un árbol. No es que yo lo puedo ganar ese tiempo de otro modo, es descanso y lo necesito. Lo que pasa es que hay algo muy de la ciudad también y que noto con mi familia de origen, que hay otros tiempos. Si bien se labura un montón en mi familia, cuando se sientan a tomar mate, toman mate, y no pasa otra cosa. Yo tomo mientras hago otras cosas. No puedo pasar un domingo en casa, en el fondo, hablando y riéndome. Eso pasa ahí nomás. Entonces todo el tiempo trato de traerme a eso, porque lo necesito y también soy eso.



Maricel Santin
Gerlihogar
Indómita Luz
2022

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