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Todo bien mientras nos muramos por orden de ascendencia | Desprender para reconocerse

La obra del croata Ivor Martinic dirigida por Mauro Pérez nos interroga acerca de los vínculos afectivos de los que no podemos alejarnos y de cómo lograr aceptar las pérdidas en nuestra búsqueda identitaria.


Por Marvel Aguilera.

En 2007, el escritor libanés Nassim Taleb caracterizó como “Cisne Negro” a aquellos sucesos imprevisibles que tienen un impacto en nosotros y sobre los que no podemos anticiparnos. Acontecimientos que han estado siempre alrededor nuestro, influyendo de manera directa en la sociedad y en el destino colectivo, pero que tendemos a naturalizar sin ser conscientes de ello. Más allá de la relevancia del azar, lo que está claro es que lo impredecible es parte de la vida misma, y que en una sociedad donde el control se agiganta vertiginosamente, poder actuar racionalmente frente a lo desconocido, a lo impensado, es aquello que nos permite resguardar los pocos destellos de humanidad en medio del automatismo generalizado.

Todo bien mientras nos muramos por orden de ascendencia de Ivor Martinic, con la dirección de Mauro J. Pérez, pone en discusión esta resistencia a lo desconocido y a romper con las afectividades aun cuando están vaciadas de contenido, al tiempo que nos hace reflexionar sobre la importancia de aceptar el advenimiento de la muerte para poder transitar con mayor libertad nuestra existencia.

En medio de una noche de tormenta inusitada y la inauguración de su elegante restorán, Janko (César Repetto) espera junto a su pareja, Nikolina, (Maia Muravchik) la despedida de su hijo Paolo antes de que este parta definitivamente del país. Sin embargo, con el paso de las horas, la cancelación del evento tras la tragedia climática y la llegada de la madre, Elza (Graciela Pafundi), y la ex novia, Lucia (Ailin Zaninovich), el desplante del hijo será el fusible que despierte las broncas reprimidas de la familia y alimente una sensación de soledad, aun en la cercanía de los unos con los otros.

“Los cuatro personajes rememoran sus virtudes, los aciertos y las fallas en sus vínculos, aquello que los llevó a estar donde se encuentran hoy, en medio de la incertidumbre y el miedo paralizante”.


Por otro lado, los últimos momentos de vida del abuelo internado mezclarán esas sensaciones de pérdida en algo homogéneo, un destino unívoco e irrefrenable para el que ninguno parece estar preparado de afrontar, el cambio. Es que, en cierta forma, todos siguen atados a vínculos que todavía disueltos siguen marcando sus acciones; a un estereotipo con el que aceptaron convivir y del que no pueden desprenderse; a una realidad transformada en simulacro; al sueño disuelto del que se niegan finalmente a despertar.

Decía el filósofo Jaspers que las situaciones límites son las que nos empujan a reflexionar éticamente, a pensar acerca de nuestros actos morales: de aquello que hemos hecho tanto para el bien de los demás como en beneficio propio. Los cuatro personajes rememoran sus virtudes, los aciertos y las fallas en sus vínculos, aquello que los llevó a estar donde se encuentran hoy, en medio de la incertidumbre y el miedo paralizante.

Una mujer herida por el abandono del marido luego de décadas de matrimonio; una joven banalizada por los halagos frívolos y el interés ficticio de la pareja; una chica aturdida por la manipulación sentimental y en proceso de culpa; un hombre que se niega a reconocerse en el egocentrismo del hijo. Ellos necesitan desprenderse de lo que fueron para aceptar lo que son, porque en un mundo que los obliga a ser felices es todo un desafío reconocer sus tristezas.

Con una escenografía delicada, la obra dirigida por Pérez pone el énfasis en los cuatro personajes y en la versatilidad de un texto que trabaja en sobremanera sobre la construcción identitaria de cada uno de ellos. Perfiles que son puestos a prueba con excelencia en las escenas más reveladoras de cada protagonista. La madre que hace catarsis sobre el divorcio; la pareja actual que devela su verdadera esencia; la ex del hijo que pasa del dolor atroz a la aceptación; el padre que recibe la noticia del fallecimiento de su padre y descarga un llanto que lo traslada a su infancia.

Es que el temporal climático de afuera, ese que ha causado tanto sufrimiento, del que hablan las noticias, también pasa al interior del restorán. Porque en el estado de anestesia permanente al que invitan las frivolidades, el dinero, el consumo y el individualismo de nuestra sociedad; el sufrimiento estalla ante lo incontrolable, implosiona en los pequeños detalles.

En ese sentido, el juego de la ida hacia “América”, que simboliza la permanente agitación local de la aventura de “irse a Europa”, fogoneado hasta el punto de volverse un género periodístico, retrata la falsa ilusión de que el futuro solo es posible en otro lado, cruzando una frontera imaginaria, un límite geográfico o incluso un idioma.

Todo bien mientras nos muramos por orden de ascendencia es una obra que fundamentalmente nos habla de la muerte, de la conciencia de nuestra finitud, de lo que termina y de cómo ese final está conectado con los otros. Porque la muerte, aun siendo un suceso individual, siempre nos va a hablar de un “nosotros”, de lo que construimos y supimos aceptar en cada suspiro de nuestras vidas.

Ficha técnico/ artística:

Elenco: Maia Muravchik, Graciela Pafundi, Cesar Repetto, Ailin Zaninovich
Diseño de escenografía y vestuario: Paula Molina
Diseño de iluminación: Santiago Etala
Fotografía: Santiago Etala, Nahuel Lamoglia
Música Original: Pablo Viotti
Prensa: Valeria Franchi
Diseño gráfico: Ailin Yanzón Antón
Producción ejecutiva: Lucia Hourest
Asistencia de dirección: Mariano Zalazar, Leilen Araudo
Traducción: Nikolina Zidek
Autoría: Ivor Martinic
Dirección: Mauro J. Pérez

El Método KairósEl Salvador 4530, CABA.
Funciones – Domingos 20:00 hs.


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