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Gonzalo Unamuno: “La tecnología vino a potenciar tanto nuestras imperfecciones como nuestras mejoras”

El autor del reciente libro de cuentos, Contactos Bloqueados, desglosa las implicancias de las nuevas tecnologías en los vínculos sociales, y describe el recorrido de las bases que sentaron su identidad literaria.


Por Marvel Aguilera. Fotos: Eloy Rodríguez Tale.

¿Hay posibilidad de “desconectarnos”? ¿Estamos apegados a formas de vincularnos que nos incitan a una falsa sociabilidad? Los tiempos que corren son de certezas e incertidumbres; una gran paradoja repleta de sobre-información, vigilancia y regulaciones frenéticas de los gustos e intereses, construida en aras de una libertad creativa fragmentada, efímera. Los vínculos humanos, en esa realidad perturbada, están inmersos en la lógica de narcisismo, del mérito egoísta, del consumo como huella de una época donde las identidades, más que consolidarse, buscan su legitimación en el campo de batalla del algoritmo.

Contactos bloqueados (Galerna), el último libro de cuentos de Gonzalo Unamuno, nos habla de un presente líquido donde la tecnología es el fusible de una sociabilidad rota, víctima y victimario del abismo ideológico, del afecto permeado por las dinámicas neoliberales.

Una venganza arriba de un yate que se pasa de rosca; una obsesión por la imagen personal que propicia una tragedia colateral; el goce de una viralización que calma el desencanto artístico. Cada historia retratada es la punta de ovillo de una humanidad resquebrajada, de lazos rotos y ansiedades colectivas.

Unamuno, trabaja sus palabras como ganchos al hígado sobre la esquina de un cuadrilátero. Lo directo, aplasta la metáfora cansina, aprieta con las acciones descritas, con personajes arrojados al vacío de una existencia cada vez más nihilista, estallada.

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“Sucede que se vive a un ritmo tan vertiginoso, tan insostenible en cierta medida, que tengo la impresión de que la ansiedad, la sobreabundancia de información, la multiplicidad de opciones que dan las aplicaciones, las redes sociales, la IA, nos van haciendo seres si cabe el término ‘menos humanos’ cada vez, y empiezan a aparecer trastornos de todo tipo, verdades con la solidez de un algoritmo que nos fija cómo pensar, en base a qué y eso que en principio tenía cierta ‘inocencia’ (la de conectar gente, la de achicar el mundo y democratizar la información) hoy se volvió una jungla disparatada donde los límites son solo parte de una retórica inexistente”, comenta Gonzalo al respecto.

Autor de las novelas Que todo se detenga (2015) y Lila (2018), Unamuno supo plasmar en sus textos el runrún de una contemporaneidad abyecta, repleta de fragilidades y atentados contras las nociones colectivas de los vínculos. Ya sea en las raíces psicológicas de un acto femicida o en los daños originados por el desapego que ilustra en los relatos de Tu jardín salvaje (2021), Unamuno decodifica el raid social a punta de escritura plena, de textos que se devoran de un tirón y desembocan en un knockout técnico, cocinado a fuego lento pero, de pleno, inevitable.

Una infancia de poéticas y políticas

Gonzalo cuenta que se conectó desde chico con los libros de literatura abreviada que venían con la revista Billiken. Entre esas diversas historias de aventura, gloria y terror, fue construyendo un puente con las palabras. Ese cruce tuvo en su padre, Miguel, al impulsor de su anclaje literario y poético.

“Él me acercó a la poesía –era muy lector- y siempre vivió la carrera política como una cuestión romántica, épica, del todo o nada. Era uno de esos políticos que, si bien tenía una impresionante capacidad de rosca y de pragmatismo, se sostenía por el ideal que lo totalizaba. El de la justicia social. El de las veinte verdades peronistas. La poesía y el peronismo eran nuestros puntos de contacto, lo que acortaba la brecha generacional”, comenta sobre el vínculo con su padre alrededor de las letras.

“La poesía y el peronismo eran nuestros puntos de contacto, lo que acortaba la brecha generacional”.


Recuerdos de verano en las playas de Uruguay, amplias mesas familiares, recovecos de la Embajada Ecuatoriana; esa infancia como hijo de un político quizás lo formó en esa cadencia tan pragmática que tanto lo caracteriza como escritor: en esa escritura tajante; en la artesanía de un lenguaje estético, pero sin medias tintas; en la construcción de diálogos que tensan los bordes anímicos como un tablero de ajedrez.

Ya en su juventud, los libros siguieron apareciendo como nexos de un oficio asimilado a su espíritu. Vendiendo usados en Parque Rivadavia u ofreciendo la revista Desmemoria, que su padre llevó adelante a lo largo de 30 números. En ese derrotero, con el trasfondo de la tragedia de Cromañón, y las implicancias culturales que ello trajo aparejado, la expresión de su pluma fue una deriva lógica. Una catarsis en medio de un escenario de incertidumbres y pesimismo.

El conflicto como motor literario

“A mí no me gusta la literatura condescendiente. A veces quiero escribir historias luminosas, por decirlo de alguna manera, o que cierren lindo. Pero no hay caso. Lo que me interesa contar son conflictos, la labilidad de los lazos entre las personas, la miserabilidad que radica en ellos”, dice Gonzalo.

Es que sus historias, lejos de ser moderadas, plantean la crudeza de la condición humana. Tanto en la mente retorcida de Germán Baraja, protagonista de Lila, como en el fustigado niño del cuento “Tu jardín salvaje”; los límites de la moral se tensan para exponer el abanico de identidades perdidas en la “jungla social” del capitalismo.

“Lo que me interesa contar son conflictos, la labilidad de los lazos entre las personas, la miserabilidad que radica en ellos”.


Unamuno construye, mediante una prosa que va caldeándose como una gran estufa a leña, relatos que transitan las emociones del conflicto a flor de piel, del choque de intereses, de la ambición desmedida, del goce en la venganza a largo plazo.

Su primera novela, Que todo se detenga, donde apareció por primera vez el personaje de Baraja, fue llevada al cine el año pasado -2022- por Juan Baldana. Un texto que, más que de un personaje puntual, nos habla de una generación frustrada por la falta de oportunidades, y un sistema decepcionante que alienta un caldo de cultivo. Uno que bien podría explicar mucho de lo que acontece en estos días de tensión social y política; de odios in crescendo en redes sociales, de individualismo al palo.

“La democratización que en teoría promueven las nuevas vías de comunicación han logrado que, poco más, poco menos, casi todos nos hayamos convertido en enunciadores de lo que consideramos una verdad, la propia”, comenta Gonzalo sobre el clima de época que describe la novela.

Y suma en esa misma línea: “El monólogo final de Germán Baraja en Que todo se detenga bien podría ser el mensaje que cualquiera da en redes sociales. Yo esto. Yo lo otro. Yo no estoy para esto. A mí nadie tal cosa, a mí nadie tal otra”.

Crear entre algoritmos y violencias

En “Guardar como borrador”, uno de los cuentos de Contactos Bloqueados, Unamuno describe una historia de vacío identitario. Un escritor con un ritmo de vida farmacológico, consumista y carente de sentido, es empujado a la perdición por la inercia de un mundo repleto de engaños y superchería. Y cuya pequeña novela, impublicable, autorreferencial y repleta de chichés, parece la mejor metáfora de una creatividad actual envuelta en los engranajes neoliberales, en el progresismo de feria que embadurna el compromiso con la transgresión artística.

En esa horda de correcciones y normas biempensantes que invaden el decir, la escritura de Unamuno resalta el “lado B” de las conductas morales; los resortes de una autovigilancia propiciada por redes sociales cada vez más invasiva; por fake news capaces de impulsar el caos en las calles; por “tendencias” que determinan la reputación de una persona a través de un “juicio” algorítmico.

Respecto de esa reducción de los límites morales que hoy en día parece potenciar la tecnología, reflexiona: “Son más finitos porque uno tiene la sensación de estar hablándole a una gran masa incorpórea, no a una persona. Esto modifica y amplifica la capacidad del daño. Por otra parte, las últimas guerras de la humanidad fueron declaradas por un twit. Los jefes de Estado informan desde ahí, los empresarios, las marcas, donde cada ciudadano de cualquier lugar del mundo puede armar una pelota gigantesca de agresión que antes no se conocía”.

Si es que acaso todo se corre hacia un tiempo donde prima el cansancio y la indignación, donde no hay más que un gran balbuceo social carente de transformaciones, la escritura quizás pueda, a través de las palabras, construir un hábitat más sólido. Un horizonte de resistencia frente a quienes hoy patrocinan el silencio del pasado y el ruido ensordecedor de este presente.

Gonzalo, afirma en ese sentido: “La palabra es acaso el instrumento más importante que disponemos para cualquier clase de lucha”.


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