Vértices

Víctor Malumián: “La FED interpela a un lector que compra de forma desprejuiciada”

A pocos días de comenzar una nueva Feria de Editores, el cofundador de Ediciones Godot da cuenta de la escena editorial local, por fuera de los tanques del rubro y con un circuito original y activo que conecta lectores, editores y escritores.


Por Marvel Aguilera. Fotos Eloy Rodríguez Tale

Es un martes por la tarde y faltan algunas semanas para la Feria de Editores que arranca el viernes 2 de agosto. La misma feria que empezó en el bar de FM La Tribu, que luego pasó por la galería Central Newbery y que desde el año pasado encontró en Ciudad Konex un espacio ideal para escapar del descalabro persistente alrededor del mundo del libro. Víctor Malumián es uno de los iniciadores de la movida que este año contará con cerca de 250 editoriales del país y del resto de la región, y que espera superar la barrera de los once mil visitantes que albergó en la pasada edición.

“Hace dos años estábamos en un garage”, dice Malumián desde el PH de Villa Urquiza donde ahora está asentada la oficina de Godot, la editorial que comanda hace más de una década junto a Hernán López Winne, quien teclea hipnóticamente desde un costado de la sala. Hay un mate caliente sobre la mesa y un catálogo de fondo donde habitan textos como Caminantes de Edgardo Scott y Tecnología, guerra y fascismo del frankfurtiano Herbert Marcuse. Godot es una editorial ecléctica, orientada al ensayo pero capaz de darle soporte a popes del pensamiento como Peter Sloterdijk y Slavoj Zizek, y a rarezas como La filosofía de las barbas de Thomas S. Gowing. Víctor ceba y explica que la visión de afuera sobre la FED es distinta a la que tienen los que están adentro, y que a veces el éxito depende de cuestiones laterales como las notas de prensa y la posibilidad de que el clima acompañe. Recuerda la primera edición que contó con veinte editoriales que venían en “bondi” y cómo, dependiendo de las ventas que se habían producido, pasaban la gorra para colaborar con la gente de La Tribu. Sin embargo, más allá de las particularidades, hay una premisa incuestionable que se ha mantenido desde el primer día: “el crecimiento de la feria a nivel público es un trabajo sostenido de un año a otro”.

“La FED tiene esta faceta doble, simbólica y económica, donde se vende directo al lector y podés charlar con él y estar durante tres días en contacto con otros editores”


Los números no mienten, la industria del libro tuvo una caída estrepitosa, la más grande desde la asunción del actual gobierno, con un arranque debajo del 20% respecto al año pasado según ratifica la Cámara del Libro. Por otro lado, la última Feria del Libro (FIL) dejó un panorama gris, con sabor a nada, mermado por el impacto de la presentación de Sinceramente, el libro de la ex presidenta, y el posicionamiento, cada vez más relevante, de las editoriales no hegemónicas. Ese dato parece clave al momento de pensar en la FED’19. Quien haya estado en la pasada presentación sabrá entender que la feria no apunta únicamente a la venta de libros, hay una puesta social importante de parte de los actores de la industria: la necesidad de intercambiar experiencias y puntos de vista de cómo llevar a cabo un proyecto editorial, más en tiempos de crisis. “Nuestro caso más que achicar una escala es recortar un título”, dice Víctor, que explica que una variable central para tener en cuenta el achique económico es la entrada o no en las cadenas de venta. Una de las problemáticas que acarrea ese ajuste en las editoriales es el recorte de los títulos de escritores novatos o de literatura experimental, en esa búsqueda por la supervivencia de llegar a una rentabilidad base.

Las respuestas del Estado ante la situación han sido mínimas y con un dejo de cinismo en las palabras del Secretario de Cultura, Pablo Avelluto, ex director de Random House y Planeta, que en la inauguración de la FIL aclaró que la industria del libro siempre vivió crisis y se las “ingenió” para salir adelante. “Es poco feliz”, comenta Malumián, que explica que, además del precio del papel que aumentó sistemáticamente, el modelo de “mercado a ultranza” impuesto ignora las condiciones de producción locales, cuyos materiales están atados al dólar y a la inflación, y las cuales se ven obligadas a competir con producciones extranjeras que curiosamente sí reciben subvención por parte del Estado. “La otra vuelta escuchaba a otro editor de una intermedia que decía ‘yo saco libros que venden diez mil ejemplares’. Y sí, si yo saco un libro de un político o un economista muy mediático probablemente algo venda. Si ese es tu norte, está perfecto. A mí no me interesa. Si yo tengo que correr tanto el eje de lo que quiero publicar para poder encajar en esos diez mil de turno, prefiero no publicar si no es para aportar algo distinto”.

El riesgo no es un dato menor en la industria, más si uno tiene en cuenta que, a pesar de los contratiempos económicos y de que los grandes monstruos editoriales se siguen expandiendo, las editoriales pequeñas crecen a base de trabajo de hormiga, pero con una cuota importante de ingenio y apuesta. Así como Tarda en apagarse (Caleta Olivia) de Silvina Giaganti en 2017 y Por qué volvías cada verano (Madreselva) de Belén López Peiró el año pasado ocuparon la centralidad del espacio literario, los libros de las editoriales independientes se cuelan a base de originalidad y ganan cada vez más lugar en los ámbitos habituados al mainstream, como viene pasando este año con la novela Cometierra (Sigilo) de Dolores Reyes. En ese sentido, Víctor destaca el trabajo de Compañía Naviera Ilimitada, una editorial que viene haciéndose lugar gracias a títulos inteligentes, como Cuento de hadas en Nueva York de Donleavy, y la experiencia de sus editores, Andrés Belaustegui y Claudia Arce. Sin embargo, marca que detrás de esas excepciones hay una cantidad de títulos que quedan en la frontera de los 200 ejemplares. Una de las apuestas de Godot en el último tiempo fue Renata Saleci, la filósofa eslovena que ganó reconocimiento en el país a partir de la publicación de Angustia (2018). “Lo que buscamos fue instalarla en español, y ahora compramos el resto de la obra. En ese sentido, acá era desconocida pero es una filósofa de reconocimiento mundial”, aclara.

En esa pesadumbre económica que implica malabares para sostener el proyecto, Víctor destaca el respiro que ofrece la FED: “Cuanto más dura viene la mano o mayor es la caída del mercado, estos espacios que tienen esta faceta doble, simbólica y económica, donde se vende directo al lector y podés charlar con él y hacer un laburo para el resto del año, sumado al estar durante tres días en contacto con otros editores, tiene un atractivo. Más de un libro se ha gestado ahí, en ese intercambio entre una editorial chilena y una argentina; más de una solución o un proyecto se ha pensado así, por estar en el mismo tiempo y lugar. La FED tiene la particularidad de que la entrada es muy barata para las editoriales, no tienen que armar un stand. Y no sólo eso, la editorial más grande que uno imagine junto a la más chica pueden comprar el mismo espacio. El máximo son dos mesas, no importan quién seas. De todo nos encargamos nosotros para que el editor venga con una valija llena de libros, los ponga arriba de la mesa y con su mejor sonrisa venda los libros. Eso no es casual, está buscado, porque en otras ferias esa logística es un quilombo. Es una feria pensada para este tipo de editoriales”.

“Las editoriales que participan de la FED no viven de la editorial y tienen otros trabajos. Por eso siempre fue los fines de semana y hace poco se abrió a los viernes. Al no estar dedicándote 100% a la editorial hay muchas cosas que se complican.”


Queda claro que una de las características esenciales de la FED es la cercanía que se produce entre el editor y el lector, pero Malumián explica que las condiciones para que eso se haya generado no son una mera casualidad, hay una postura dirigida hacia el tipo de editoriales que predominan la edición, que también implicó derribar prejuicios respecto a los lectores, tratando de acercarse a ellos en vez de pretender que ellos lo hagan en ámbitos culturales a los que no acostumbran. “La FED tiene algo de interpelar a un lector que capaz compra novelas sin conocer la editorial, que viene comprando a Alfaguara o a aquellas que tenían el monopolio del prestigio, y eso está cambiando. Puede comprar de forma desprejuiciada y dejarse recomendar por los editores que van a estar ahí vendiendo”.

En el detrás de escena de la feria hay un trabajo que lejos de ser una mera puesta de estanterías, implica poner el cuerpo. “Las editoriales que participan de la FED no viven de la editorial y tienen otros trabajos. Por eso la FED siempre fue los fines de semana, y hace poco se abrió a los viernes. Si vos les decís que se queden toda la semana atendiendo tienen que faltar al laburo. Al no estar dedicándote 100% a la editorial hay muchas cosas que se complican. Uno puede editar por la noche – como hicimos nosotros durante muchísimo tiempo – pero no podés ir a visitar libreros a las dos de la mañana o a negociar con la imprenta. Entonces, hay un montón de desventajas, además de no tener un par de caballitos de batalla que vendan, que a veces son más chicas y se ven en la práctica”, comenta.

El trabajo en conjunto de las editoriales no sólo se manifiesta en la FED, desde hace un tiempo varias de ellas se vienen poniendo de acuerdo para hacerle frente a una de las dificultades más estructurales en la circulación del libro, la distribución. “Así como es verdad que en las ferias aparecen cada vez más grupos de forma colectiva, eso está pasando también con la distribución. Tenés los ejemplos de Coma Cuatro donde está Cactus y Caja Negra; tenés a Carbono donde está Sigilo, Godot, Gourmet [Musical] y Leteo; y está Blatt&Ríos que desde hace tiempo se autodistrubuye. Hay un montón de opciones de ese estilo, que están distribuyendo mucho mejor y están llegando a las librerías del interior. Quizás la novedad del mes no esté, porque hacés un envío cada dos meses, pero no es que no haya posibilidad. Y yo creo que en la mayoría de los casos los libreros están contento de que esto sea así”, dice.

Uno de los debates que se abrió este año en la industria es la necesidad de la creación de un Instituto Nacional del Libro, un proyecto que fue presentado para su tratamiento a la Comisión de Cultura y Presupuesto de la Cámara de Diputados. Malumián señala que uno de los puntos centrales del proyecto es la regulación de una logística que le permita a la cadena del libro una mayor circulación alrededor del territorio argentino. “En la cadena del libro hay un montón de actores fundamentales, que van desde traductores, libreros, correctores, diseñadores, autores, editores; y el tema de la logística redunda a todos, porque tienen un porcentaje, y si el libro circula mejor todos terminan ganando. Se trata de pensar algún tipo de sistema donde haya centros de distribución y empezar con una pequeña escala, por ejemplo, uno en Buenos Aires, otro en Córdoba, otro en Rosario, y en alguna ciudad de la Patagonia. Si empezás con una escala así, donde esos paquetes estén subvencionados, ya cambia el 70% del volumen de los libros que circulan por Argentina”.

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