El Pregonero

Pandemia y tecnología: El imperio contraataca


Por Mercurio Sosa. Ilustración por Flora Nómada

Hay una imagen que se me viene a la mente: la de un conejo de pascuas con una canasta llena de huevos. A lo lejos esa imagen parece aniñada y onírica; el conejo feliz, los envoltorios brillantes. Pero si miramos un poco más de cerca vemos que los envoltorios tienen unos logos gigantes, de compañías multimillonarias; si leemos los ingredientes notamos que no es realmente chocolate, son siglas químicas que no podemos comprender. Y si miramos al conejo, detrás de esa sonrisa impostada, observamos los ojos de alguien cansado, alguien que está trabajando más de doce horas por día bajo la promesa de que de él depende salvar la pascua.

El capitalismo está mutando “alegremente” a un tecnoimperialismo. La mayoría de las empresas emplean el hashtag “quedate en casa”, bombardean la internet con consejos para cuidarnos, apelan a una falsa empatía, a una construcción colectiva que antes denostaban. El verdadero lema de las empresas en esta cuarentena es otro, “salvemos al mercado”. Una lógica donde quizás tenemos línea directa con el mismísimo dueño, donde recibimos motivaciones con cualquier excusa salvo monetaria. Un tablero en el que nos hacen parecer importantes, pero del que somos sacrificados para mover los alfiles. Ese falso gesto motivador es para mantener la estructura del mundo antiguo. Un mundo que tras la peste posiblemente no siga existiendo. Un mundo mal distribuido, injusto, de belleza holográfica.

Cuando la dependencia al celular era extrema, la pandemia trajo el homeoffice. Y si es que el móvil garantizaba ser encontrado en cualquier lugar, en cualquier momento y circunstancia; el homeoffice monitorea tu rendimiento. Los horarios normales de trabajo se transformaron en odiseas donde un día transcurre igual que el otro, como el mito de Sísifo: hacemos un trabajo que odiamos, somos condenados, aislados, mirando por la ventana una pared que todo el día está gris, como si fuera a llover, pero nunca lo hace.

¿Cuánto tiempo falta para que estalle la Estrella de la muerte? ¿Cuándo vienen los ewoks? Y ¿Disney comprará los derechos de esta tragedia para transformarlos en basura para las próximas generaciones?

El imperio va a seguir amenazando con pérdida de puestos de trabajo, debacles económicas y marginalidad. Pero acaso ¿no es un nuevo tipo de esclavitud la de estar sentado, trabajando, sin saber cuándo terminar con la amenaza de un virus invisible que recorre las calles? ¿Cuánto tiempo pasará para una reorganización mundial hasta la toma de poder de nuestras propias vidas, la meditación y la búsqueda interior, la paz, y la buena postura? ¿Cuánto para llenarnos por dentro, para poder combatirlos en terrenos que desconocen?


Tiempo para reclamar la tierra

A las personas les fascina la ciencia ficción y las películas de súperhéroes. ¿Por qué? Básicamente, los súperhéroes tienen las mismas luces y sombras que cualquier ser humano, lo que los diferencia son los súper poderes. Si entendemos al poder como la capacidad de hacer algo, nos topamos con una connotación negativa y fantasiosa. Y está claro, la mayoría de las personas no quieren poder hacer algo, quieren realizar el acto. Y eso no parece inocente. La palabra “poder” encierra una barrera impuesta desde épocas mitológicas para decirnos quiénes son los que pueden hacer qué, pero la verdad es que todos tenemos ese potencial. La palabra “poder” está muy relacionada con otra que también tiene connotación negativa, la ambición. La enemiga del hombre. Aunque las enseñanzas dicen que solo la ambición te lleva hacia adelante, la pregunta entonces es ¿hacia dónde? ¿Realmente quiero ir hacia allá?

Desde que nacemos desarrollamos una habilidad extraordinaria para conectarnos. Pero la realidad es que esa habilidad no fue creada por el ser humano, éste es una pequeña parte de ella. Todos los que habitamos este planeta tenemos la capacidad de conectarnos les unes con les otres. Tenemos agua para beber, comida para alimentarnos, luz solar para energizarnos, árboles para respirar. La conexión con todo lo que nos rodea no es únicamente a un nivel maquinal, hay un nivel superior: el olor de la tierra mojada, la sensación que sienten nuestros pies al pisar la tierra descalzos. ¿Por qué entonces perseguimos ideales construidos? Dejamos que nos digan qué es lo que podemos hacer, a dónde ir, cuáles son nuestras aspiraciones. Cuando lo cierto es que las oportunidades son infinitas. Tal vez se habrán dado cuenta sentados en sus casas, mientras algunos son explotados por sus empleadores gracias al vacío legal del homeoffice y otros miran con melancolía cómo sus empleos se desintegran en el aire, que lo que mas extrañamos no es ir de compras o acceder a alguna novedad. Lo que extrañamos realmente es ver el sol, sentir cómo se escurre la arena entre nuestros dedos, el bálsamo de una garúa en el rostro. Lo que nos demanda nuestra existencia es esa conexión: la energía de abrazarnos unes a otres.

Esa sensación única que hoy parece acotada a comerse una fruta o a morder una zanahoria. Una sensación análoga a la de verte fluir y fundirte junto a tus seres queridos.

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