Piedra Libre

El arco entre las sombras | Un cuento de Claudio Ramos


Por Claudio Ramos.

Esta mañana cuando me desperté, desde la radio Víctor Hugo recordaba el mejor gol del mundo, el mejor de todos los tiempos. ¿Cuánto me habrá sacudido ese momento sublime, que, a pesar de escucharlo tantas veces, volvía a sentir la emoción de aquella vez? “La va a tocar para Diego, ahí la tiene Maradona, lo marcan dos, pisa la pelota Maradona, arranca por la derecha el genio del fútbol mundial…”.

Desde la cama y mirando el techo retrocedí a ese día. Ahí estábamos mis viejos y yo, mateando, expectantes.

Después de pasar de nuevo su relato, Víctor Hugo puso al aire un reportaje donde Diego dijo: “La jugada nace ahí, en el pase de Enrique. ¿Qué pasaba si le erraba por medio metro? Yo no la recibía como la recibí y no podía girar como lo hice, para sacarme a dos de encima…”.

Cuando terminó la nota pensé en cuántas cosas de mi vida habrían ocurrido de otra forma, con otro final, si no hubiese estado en el lugar justo, preparado para recibir la pelota y encarar hacia el campo contrario.

Me vi yo, viéndolo recibir el pase en nuestra cancha, sobre el costado derecho, cómo la pisaba y con un giro irreverente dejaba dos ingleses desairados. Arrancaba la carrera que lo depositaría en la cúspide del mundo. La carrera hacia su gloria y la nuestra. Hacia la inmortalidad.

¿Cuándo habrá empezado esa carrera? ¿Quizás allá por el principio de los sesenta? “…aprendí a gambetear en Villa Fiorito, cuando bajaba la luz del día y había que vislumbrar el arco entre las sombras. Ahí me quedaba solo, todos los otros pibes ya se habían ido a sus casas a morfar o a estudiar. Yo me quedaba y pateaba en la oscuridad al arco de tres palos desparejos y flacos que había en nuestra canchita. Gambeteaba rivales imaginarios y la empujaba cerca del arco. O, mientras me ilusionaba con la Bombonera repleta, metía tiros libres siempre en el mismo ángulo”.

Aquel sábado veintidós de junio del ochenta y seis, yo lo miraba, junto con mi papá, en la tele color que habíamos comprado no hacía tanto tiempo. Él estaba sentado en la cama y yo en una silla a su lado. Mi vieja iba y venía con los mates, en el minúsculo recorrido de nuestro departamento, desde la cocina hasta la habitación que hacía de dormitorio y living. Cuando la pisó, sentí el ruido carrasposo del final del mate y vi, de reojo, como mi papá se lo alcanzaba a mi vieja, que lo agarraba mientras él cruzaba la mitad de la cancha, en una delicada diagonal hacia el arco inglés. Yo me removí en la silla y mamá se quedó parada. Todo se detuvo, como si estuviéramos viendo esas películas de suspenso en las que se va abriendo despacio una puerta ruidosa y del otro lado espera un monstruo o un asesino. Él avanzaba. Su cuerpo pequeño, macizo, mancha azul de libertad, corría entre camisetas blancas que intentaban lo imposible: detenerlo.

Nosotros quietos y él volando.

Él florecía, sin pausa, desde el potrero oscuro de Fiorito hasta la cima.

Yo lo había visto en alguna repetición de la tele cuando jugaba en Argentinos, allá por octubre del setenta y seis, mientras el país se convertía, todo, en un potrero oscuro. Tenía quince años y se aventuraban mis primeros amores, tangueros y melancólicos, que inauguraba una chica rubia de pelo lacio, con la mirada más marítima que había visto en mi vida. Celeste, intensa, inagotable.

Quedó afuera del mundial setenta y ocho. Debe haber sido su primer golpe duro, futbolísticamente al menos. Pero se levantó y al año siguiente, en Japón, con un equipo magistral, excelso, ganó de punta a punta el mundial juvenil.

Como todos los partidos se veían aquí a la mañana temprano, antes de entrar al colegio, la mayoría de los compañeros del secundario venían a casa, a la misma pieza de siempre y se sentaban donde podían, para ver los partidos. Gritábamos y nos abrazábamos con cada gol.

En los festejos de ese campeonato descubrí que el chico de rulos que todos empezaba a endiosar, era solo eso. Un chico, como yo. Veíamos por la tele como bailaban envueltos en banderas mientras sonaba, a todo volumen, Rod Stewart. Entonces Luis, dijo:

-¿Vieron? ¿Hace el mismo pasito que hacemos nosotros?

Y ahí supe que era un dios humano. Un dios imperfecto. Un dios como Luis, o como yo.

Comenzaban de a poco los triunfos que se volverían míticos. Entre ellos el cuatro a cero al Boca del Loco Gatti que lo había tratado de gordito. Cuando se definió el pase al club de sus amores (y los míos), jugó en la Bombonera un tiempo para cada equipo. En el segundo salió con la azul y amarilla y la cinta de capitán. Parecía haber nacido con esos colores. En su pecho, la camiseta se destacaba como un faro en medio de la noche. Luego vinieron campeonatos y goles inolvidables como el que le hizo a Fillol una noche de lluvia festiva y que también vi por la tele, en blanco y negro, en el mismo lugar donde miraría el partido contra Inglaterra. Ese año ochenta y uno mientras él se consagraba campeón con la azul y oro, yo me quedaba sin la chica de mirada marítima y empezaba un trabajo rutinario.

Se fue de Boca, después del desastroso mundial del ochenta y dos, al Barcelona. Y allí dicen que empezó su tema con las drogas. Esto se dijo después, mucho después. Nosotros lo seguíamos y lo adorábamos cada día un poco más. Llegó la hepatitis y se recuperó, después vino la patada con la que Goicoechea nos fracturó a todos. Y también se levantó. Empezaba el descontrol, pero su calidad seguía creciendo. Se hartó de los españoles y se fue a un lugar donde la adoración llegó a límites increíbles: Nápoles. Yo, mientras tanto descubría que la vida no era el gris (o negro) de la oscuridad militar, si no que llegaban vientos de cambio. Trabajaba, ganaba mi plata, y empezaban encuentros con otras mujeres, pero ninguna podía eclipsar a aquella chica de mirada inagotable y oceánica. Caminaba por la calle y era un anónimo más. Él, en cambio, no podía caminar sin que lo pararan a cada rato.

Y llegó el ochenta y seis y aquella selección que se fue escondida de Argentina, que se pensaba que volvía a los pocos días, empezó a ganar y a ganar. Cuando le empató a Italia con ese gol de zurda en pleno vuelo y con la lengua brotando por un costado de su boca (un gesto distintivo), se intuía que algo iba a explotar. Después vino Uruguay, en el que jugó un partido excelente, y ese triunfo nos llevó a cuartos donde nos tocaron los ingleses. Lo esperábamos con tanta expectativa, con tanta carga equivocada, que creímos que él nos devolvería la ilusión, al menos por un instante, de que éramos poderosos. Imbatibles. Que lo doloroso de aquella guerra absurda se borraría con un toque de su zurda inmortal.

Pero no.

Fue sólo un partido. Memorable, pero sólo un partido.

Estábamos quietos, con mis viejos, frente al televisor. Le alcanzó la pelota el Negro Enrique con el pase que justificó su vida. Desde que arrancó, hasta que terminó en el arco de enfrente, transcurrieron 10.6 segundos. Recorrió sesenta y un metros a poco más de veinte kilómetros por hora.

10.6 segundos.

Con mi papá lo acompañamos, en esa carrera rebelde, con gestos nerviosos, exaltados. Nos fuimos acercando desde donde estábamos hasta el televisor, caminando sobre el piso de madera, que pareció asociarse a esos segundos decisivos y no hizo ninguno de los ruidos extraños que hacía cada día. Él dio cuarenta y cuatro pasos y nosotros sólo dimos cuatro. Cuando empujó la pelota (que nunca se mancha) hacia la red, gritamos y nos abrazamos. El mate que aún seguía en las manos de mi vieja voló por los aires, pero no importó.

¿Qué se le habrá cruzado por la cabeza? ¿Le habrá ocurrido lo que aseguran que pasa cuando uno ve su muerte cercana y recorre toda su vida en segundos?

Después el deleite contra Bélgica, con otros dos goles magníficos, de los cuales el segundo también podría haber sido considerado como el mejor gol del siglo. Y por supuesto el título mundial.

Volvió a Nápoles y su lucha contra los poderosos se hizo bandera. No se lo perdonaron, allá y acá: negro de mierda y falopero. Qué como jugador sí, pero como persona no. Rogaban su caída. Pero no se caía, nos llevó a otra final en el noventa, deteriorado, lesionado y con un equipo mediocre.

De vuelta en Nápoles siguió ganando y peleando hasta que un control antidoping dio positivo: cocaína. Lo destrozaron y como un pájaro, de esos que sobrevivían en los descampados de Fiorito, se levantó en medio de la tormenta.

Y nos dio otra vez la épica del retorno.

Después de un baile inolvidable en las eliminatorias para Estados Unidos noventa y cuatro contra Colombia en cancha de River, lo fueron a buscar y volvió, intacto, flaco, imparable, lúcido y por su revancha eterna.

Y otra vez la caída, efedrina.

Perdimos al mejor, con el mejor equipo de los últimos tiempos, un equipo que prometía pasar a la historia por su fútbol.

La ciudad, cuando se supo la noticia, se oscureció. Me recuerdo por la calle dolorido, incrédulo. Seguía mi trabajo rutinario y un matrimonio que fracasaba y se diluía con pena y sin gloria. Mi control antidoping no dio cocaína, dio hastío, desamor.

Empezaba de a poco a despedirse de las canchas. El veinticinco de octubre del noventa y siete salió en el entretiempo del Monumental para que lo reemplazara un chico que sería irremplazable: Juan Román Riquelme.

Hacer un relato de su decadencia sería tedioso, largo, pero ocurrió. Casi se muere en Uruguay y casi se muere en Buenos Aires, pero no. No les dio el gusto. Siguió y se les volvió a plantar para incomodarlos. ¿Cuántos lo señalaron con el dedo de la moral? Algunos de aquellos chicos que nos juntábamos a ver los partidos del juvenil en casa, también. Y como era lógico nos trenzábamos en discusiones que duraban una cerveza. Que Pelé, que Di Stefano, que Messi. “Diego por dónde camina lo reconocen. Además, vos decís Pelé y ya no saben quién es, en cambio decís Maradona y todo el mundo, hoy, a más de veinte años de su retiro dice: Argentina”, argumentaba yo.

Es contradictorio y se lo achacan: me da mucha gracia.

Fue técnico de nuestra selección y todos nos ilusionamos otra vez. Llevó nombres heroicos a Alemania para ir por todo el honor, pero no alcanzó. Después de la derrota hizo lo que siempre supo hacer, resurgir, reinventarse.

Entonces me tocó un nuevo llamado para jugar mi mundial. Es verdad que lo busqué, que entrené como nunca antes.

Que sólo pensé en ir por toda mi gloria.

Viajé al reencuentro con la chica, ya no tan chica, de los ojos marítimos, que ocurrió mientras el sol entraba en el ocaso del horizonte, justo frente al mar que miraba al sur, dónde si no. Y pude por fin, treinta años después, comparar sus ojos y el mar alborotado. Me acomodé en el lugar justo, las piernas firmes en la arena, para recibir el pase de un Negro Enrique fantasmal, que me dejó la pelota servida.

Desde algún lugar indescifrable, mis viejos miraban la definición.

No había ingleses en el medio, pero si había historias, nuestras historias, que, como él contó en aquella nota que pasó Víctor Hugo, fuimos gambeteando:

“…en el giro ya me saco a dos, vayan contando: a Beardsley y al pobre Reid. Había quedado Hodge por ahí, pero Hodge no marcaba a nadie… Entonces me sale Butcher por primera vez…·.

Ella estiró su mano hasta mi cintura y se acercó, yo la abracé hasta que ya no hubo distancia entre nosotros.

“…Le amago a irme por afuera y engancho apenas para adentro. Pasa de largo el inglés que gira y me empieza a perseguir. Yo lo voy sintiendo a él, atrás, a mi derecha, como si me estuviera respirando en la nuca…”.

Nos miramos de frente, con una mirada que parecía que nunca se había interrumpido. El mar de sus ojos se me instaló en el corazón

“…Entonces me salen Fenwick, que me tira el manotazo y Butcher que me da abajo, a ver si me podía levantar y tirarme. Pero yo llego tan armado…”.

Pero yo llego tan armado.

“…que cuando la toco tres dedos para mandarla adentro, me importa nada la patada de Butcher”.

La pelota, aquella tarde, llegó a la red mansa y feliz, inmortal. Como aquel beso, marítimo, del reencuentro


Cuento inédito de Claudio Ramos. Forma parte de su tercer libro de cuentos, Último paisaje, que está pronto a salir. Era ilusión de su autor entregarle este libro a Diego Maradona. Sabe que igualmente, en algún lado, lo va a leer. Gracias eternas, Diego.

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