Literaturas

Más allá de la “literatura del yo”: Schere, Cortiñas, Kesselman

En qué andan los escritores de 30 y pico: comentarios sobre un tono imperante y algunas propuestas alternativas.


Por Martín Baigorria.

Contexto general

Tal vez sea un buen momento para prestar atención a algunos jóvenes autores de unos treinta años que ya llevan varios libros publicados; escrituras situadas muchas veces entre el verso y la prosa, en esos textos hay ciertos puntos de contacto que vale la pena señalar. Podría decirse que después de los noventa, lo performático y la primera persona buscaron recuperar un lugar dentro de la escena, invocando una perspectiva diferenciada capaz de incluir el intimismo o la inquietud frente a la actualidad tecnológica (internet, redes sociales, etc.). La poesía de Mariano Blatt es leída muchas veces desde esta perspectiva; su obra reunida impresa en 2015 ya va por una segunda edición y ha logrado un consenso amplio. Se valora el ritmo de sus versos y su captación del habla juvenil, junto a su capacidad para retratar a un sujeto social –“los pibes” – con una idiosincrasia característica: las drogas recreativas, la música electrónica y una homosexualidad hecha de reflejos cotidianos, entre el fútbol y los viajes en tren por el conurbano; El pibe de oro es una interesante prosa poética donde aparecen muchos de estos elementos. El problema aparece con el repertorio de gestos costumbristas que termina predominando en las 400 páginas restantes de Mi juventud unida: “Le digo eh muerti / me dice eh marian / le digo eh capucha todo bien / me dice eh feo qué contás / le digo eh buzito hay faso acá”. Son versos agrupados en unidades sintácticas previsibles, sostenidos en la redundancia rítmica o en guiños fáciles para la tribuna: “(…) trae churros que fuego sobra / (el fuego era él)”. Ese clima de buena onda que Blatt entrevé en los jóvenes del conurbano también es cansador, por lo repetitivo y por su falta de interés para captar motivos que vayan más allá de la identificación o la calentura resignada. Es un conformismo literario con buena aceptación en la escena porteña; la crónica sentimental, la rima con golpe de efecto, la versificación chata son los vehículos de la confesión e incluso la denuncia, optimista o depresiva según la circunstancia. No deja de ser una preferencia acentuada en los últimos años: muchas veces los cambios introducidos por la poesía de los noventa fueron leídos como “literatura del yo” y los textos de Blatt comparten todos los énfasis de ese giro a la intimidad.

“Es un conformismo literario con buena aceptación en la escena porteña; la crónica sentimental, la rima con golpe de efecto, la versificación chata son los vehículos de la confesión e incluso la denuncia, optimista o depresiva según la circunstancia.”


La coyuntura y sus alternativas

Otras posibilidades pueden hallarse en el libro de Jimena Schere, Una antología de la literatura argentina. Esta obra desmesurada nos presenta la historia de una muy conjetural literatura hispano-rioplatense que recorre en orden cronológico el verso español medieval, el siglo de oro, la gauchesca, el modernismo hasta llegar a una adaptación vernácula del nouveau roman. El tema de una conciencia sometida a distintas variantes del encierro ‒desde el feto en el útero hasta el individuo atrapado en una marcha de protesta pasando por el incesto o la celopatía‒ se asocia a la imposibilidad de convertirse en individuo autónomo (adulto, ciudadano, etc.). Para Schere, la tradición es una herencia deforme, representada en esta obra por las desventuras de Claudio, futuro príncipe y feto irredento. O también por qué no: una manera de leer a contrapelo la identidad cultural argentina; esa que se imagina como “crisol de razas”, venturoso receptor de toda la cultura universal, no sería aún más que un proyecto no-nato, una lengua inarticulada o, como decía Gombrowicz, condenada a la inmadurez.

¿Y no puede reconocerse algo de esta perspectiva en los libros de Gabriel Cortiñas? Tanto Pujato (2013) como La recidiva (2019) conforman una interesante apuesta centrada en el vínculo entre lengua y política. La recidiva toma su nombre del vocabulario oncológico: Cortiñas explota de todas las maneras posibles esa metáfora legada por la retórica anti-peronista. Esta sería una forma de dar un paso más en el gesto contra-cultural que se apropia de un término peyorativo para convertirlo en parte de la propia identidad. Pero en este libro no se trataría tanto de darle dignidad a una palabra despectiva (“cabecita negra”, “las patas en las fuentes”, etc.); si el estigma es una marca de identidad, la poesía de Cortiñas indaga en el interior de ese concepto explorando sus connotaciones negativas: ¿qué significa para una identidad política estar atravesada por la exclusión?

El cáncer como síntoma de la identidad, el cuerpo como síntoma de la lengua: asociación metafórica permanente, esta poesía no es ajena a ese aspecto de la experiencia lingüística, pero antes de celebrar una simbología se asiste a un diálogo chistoso en torno a su elaboración, desplegado a través de hipálages, neologismos bizarros o juegos de palabras. La metáfora se presenta “estallada”, solo se ven sus connotaciones revolotear enganchando una serie de leitmotivs dispares: Chernobyl, los iraníes, nombres de la historia argentina, etc:

“es que en esta familia sureña todos tenemos
de colon de mama mediastino
en forma de red la metástasis
es una sed que crece en el cuerpo puerto
pescamos con una red en sangre que bautizaron centellograma
los focos de infección son chispazos diminutos
adentro del organismo y por eso
para estarnos más seguros del fuego carbonatado de los huesos
le sacamos una foto”.

La asociación permanente, la capacidad de un discurso autogenerado sin otro eje más que sí mismo, es una ambición de las vanguardias que se remonta al simbolismo e incluso al romanticismo; en la Argentina el último capítulo de esa utopía fue el neobarroco, que mediante la proliferación significante aspiraba al “desbordamiento verbal”. El libro de Cortiñas vendría a retomar al menos algo de ese desideratum dándole un giro propio. La referencia pasa del plano de la denotación a la connotación, casi siempre con marcas residuales. Y sobre ese movimiento se cifra un programa de reinvención lingüística. Por eso, el hecho de que la metáfora predilecta de este libro sea el cáncer no deja de ser pura ironía; esas insistentes asociaciones morbosas celebran más bien la negatividad inscripta en la lengua, entendida como una premisa clave en la articulación de un código nativo: “la mugre / flotante es nuestro plancton americano”, “con todos los hijos de Urquiza flotando en una ría de formol”, “el cauce de las cadenas cruzadas de Obligado / pegando la vuelta con una cadena orgánica / de nódulos podridos”.

Para terminar este muy provisorio repaso generacional echemos un vistazo a Morris (2019), el segundo libro de Violeta Kesselman. El tema es la organización política; la peripecia se resume casi completamente en las meditaciones y sensaciones físicas que atraviesan a un militante mientras recorre en auto la provincia de Buenos Aires, pensamientos mascullados que remiten implícitamente al fin de los gobiernos kirchneristas y la situación de su militancia. A la manera de la literatura política “clásica”, Morris puede ser leído como una intervención dentro de esa coyuntura, si bien quedan completamente a un lado las convenciones usuales en dicho género: no hay grandes protagonistas ni escenas típicas (actos, discursos, marchas, etc.), así como tampoco denuncias, ni crónica social a la usanza del periodismo. Menos que menos se ven referencias, símbolos o nombres muy identificables, salvo el título del libro asociado a un episodio conocido de la lucha política de los setenta. Ese planteo realista que esquiva la tipificación y el lugar común surge de la lectura que Kesselman hace del objetivismo y la “poesía de los noventa” (Gambarotta, Rubio, Raimondi), tal como se ve en la arriesgada combinación de narración, ensayo e imágenes que ofrece el libro. No en vano podrán reconocerse un par de homenajes a El guadal de García Helder: la reflexión en torno a la militancia es un “objeto” presentado a partir de impresiones puntuales y fragmentarias, con un léxico que no le teme a los tecnicismos, la oralidad o los adjetivos de la discusión ideológica. La puntuación saereana es así utilizada para describir la guerra de posiciones del lenguaje político sin recurrir a la melancolía o el misticismo, basta más bien con el registro de sus vaivenes, tan sutil como el cambio de luz a un costado de la ruta.

Pero en el libro hay además un diagnóstico histórico:

“Se ríen de que la jerga era ininteligible, más un resabio que una lengua. Después de 1930. Después de 1950. Después de 1967. Después de 1974. Después de 1995. Se había vuelto un código morse balbuceado en un sótano por quince refugiados que tenían cada quince años una derrota. Eso decía la tos liberal, ahora con gotas de flujo” (Kesselman 2019: 49).

Esta es la lengua estallada a la que se alude también en el libro de Cortiñas, la lengua de una “secta verticalista”, marginal en términos culturales aunque aún activa, no completamente derrotada1. La lengua de una experiencia histórica que se interrumpe y comienza de nuevo, algo reconocible de distintas maneras en la escritura de Schere, Cortiñas y Kesselman. La literatura ‒poesía, prosa o ambas cosas a la vez‒ podría consistir en ese tipo de rebeliones.

* Texto original publicado en el N° 23 de la revista Laboratorio. literatura y experimentación, Diciembre 2020


1 “(…) el dormir soñando capaz nada, un sueño sin imagen y sin mensaje, una frase en una lengua inexistente, indecodificable o, al revés, un sueño lleno de sentido, que resolvía el conflicto presente y el conflicto futuro de la vida de alguien. Un fragmentopara absorber cosas escritas por otros, concentrados o desconcentrados, queriendo u obligados, atentos al primer ruido de la puerta, con tanto sueño que las letras comienzan a ablandarse delante de los ojos. Un fragmento para viajar en la línea del Oeste con comida en las muelas, pensando en lo bien hecho y en lo mal hecho… Lo único que se podía dejar de tener era lo único que verdaderamente se tenía” (22).


Referencias

Blatt, Mariano. Mi juventud unida. Buenos Aires: Blatt & Ríos, 2020.
Cortiñas, Gabriel. Pujato. La Habana: Fondo Editorial Casa de las Américas, 2013. Impreso.
Cortiñas, Gabriel. La recidiva. Segovia: Ediciones La uÑa RoTa, 2019. Impreso.
Cortiñas, Gabriel. Cuaderno del poema. Buenos Aires: Palabras amarillas, 2017. Impreso.
Kesselman, Violeta. Intercambio sobre una organización. Buenos Aires: Blatt & Ríos, 2013. Impreso.
Kesselman, Violeta. Morris. Buenos Aires: Palabras amarillas, 2019. Impreso.
Schere, Jimena. Gorgona. Buenos Aires: Paradiso, 2016.
Schere, Jimena. Una antología de la literatura argentina. Buenos Aires: Paradiso, 2018.

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