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Sonia Novello: “Todo lo que sea contemplativo o invite a contemplar, me parece revolucionario”

La autora de Más bello que la muerte reflexiona acerca de las ideas, sensibilidades y recuerdos que confluyeron en la creación de su primera obra como dramaturga. Infancia, formación y juego en un recorrido donde el disfrute está puesto en el camino que supo forjar.


Por Marvel Aguilera. Fotos Eloy Rodríguez Tale.

“Un día empecé a escuchar, porque todo me parecía narrable”, dice Sonia del otro lado de una mesa donde la tarde se achica entre los edificios del Abasto. En el horizonte de los rostros que enfrenta el café hay un aroma de un porteñismo clásico que resiste entre rascacielos. El pequeño corte de las tazas en su borde que raspa los labios cuando la espuma se arrima. Los cuadros en sepia que proyectan historias que reviven a partir de la mirada de un otro. El ritual futbolístico de un partido de estrellas en una tele de tubo cuyo sonido rebota en el ir y venir de las bandejas. ¿Cuál es el relato que nos envuelve a diario? ¿Eso narrable, tangible en tantos detalles y formas, es acaso trasladable a una creación que podamos pensar como propia?

En Más bello que la muerte, su primera obra como dramaturga, Sonia Novello pone en perspectiva aquellas aparentes nimiedades que transforman la filosofía de nuestra vida. Lo estético como apertura de un mundo nuevo. Uno que está oculto entre la bruma de contenidos e informaciones que nos avasallan a diario. La naturaleza aparece así, más que como un escenario de fondo, desde la imposición de una cadencia alternativa. Un hilo que permite comprender los tejidos entre la vida y la muerte, entre la técnica y lo silvestre.

Actriz y dramaturga, Sonia creció en la capital, en el barrio de Caballito, pero tuvo en la casa familiar de fin de semana en Tortuguitas, una puerta hacia un refugio de contemplación. Un resquicio en donde el ocio no era un defecto sino una posibilidad de transformación personal. Hija de un italiano combatiente de la Segunda Guerra Mundial, su familia sembró la semilla de la cultura como un valor. De un hogar donde la capacidad de asombro no se perdía ante el frenetismo del consumo. La observación en Sonia sería el punto de partida para construir esa actriz que se fue haciendo de a poco, y que comenzó en las imitaciones de sus seres queridos, de maestros y vecinos del barrio.

“Eso de la imitación me pasaba con la actuación. Y siento que después se tranformó en querer hablar de esas personas, y agregarles cosas, por supuesto. Me interesa la ficción. Cuando uno escribe es inevitable que uno sea autobiográfico, porque se escribe de lo que uno tiene cerca, de lo que tiene a mano. Pero me gusta eso de agregarle cosas que tanto tiene la ficción, y el teatro”.

El cine en casa por parte de su madre, el canto a través de su padre. Lo autodidacta sería importante para alguien que se nutrió de aquello que veía en su camino de introspección. Observar y aprender, casi como un mantra. El teatro en su vida, desde la lógica del juego, se transformó en una búsqueda que recorrió su identidad, pero que tuvo su maduración cerca de los treinta años. Es que los libros serían la elección formativa a partir de la Bibliotecología.

“Me gustaban los libros antiguos, las calidades, el papel arroz, esas cosas. Pero en mi carrera no trabajé en una biblioteca convencional con esos materiales, trabajé en un centro de documentación. Aparte, imaginate con las nuevas tecnologías. Cuando yo estudié, lo hice en la Biblioteca Nacional, donde trabajó Borges, y nos enseñaban con fichas, para hacer los ficheros. Eso se usó unos años más y después era aprender sistemas, programas. Maravillosos, pero mi enamoramiento iba por otro lado”, recuerda.

El teatro, desde lo formativo, fue parte de un camino que la encontró consigo mismo. Una etapa de disfrute con lo previo a los resultados, donde la libertad de creación está supeditada al flujo que la naturaleza ofrece. Más bello que la muerte, se construye desde ese paso personal, subjetivo, pero que encuentra en los lazos colectivos la puesta representativa de esos años de escritura; de conceptos, texturas, vínculos y sensibilidades que la empaparon durante tantas horas de reflexión.

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¿Cómo se da el tránsito de armar algo que aprendiste de tantos maestros con tu propia voz?

Siempre el lenguaje personal es una búsqueda. Uno necesita las herramientas, pero siempre se va a imponer la poética personal, la singularidad. Paradójicamente, a mí me pasó en mi camino que no aparecía sin el estímulo. Necesito que alguien venga y me estimule con algo, ejercicios o lo que sea. Cuando se repite mucho algo me parece que si no aparece lo personal, es por no darse el permiso o no estar permeable a que las cosas lleguen, para sumar lo que uno tiene. Lo más interesante es la singularidad.

Lo colectivo permite profundizar eso que sale de una singularidad, darle una vuelta de tuerca a lo que en la soledad quedaría a tientas.

Es otra instancia de escritura, de creatividad. Cuando uno escribe, escribe solo, con lo que uno tiene y surge, pero una obra de teatro con el grupo, ya tiene una reedición. En escena los cuerpos de los actores van a opinar. Uno puede tener una escena divina, donde pueda ser larguísima o sintetizarse mucho más. Me fascina esa síntesis que uno puede lograr sin decir tanto.

¿Por qué la belleza en la obra?

La belleza tiene que ver cuando uno puede detenerse a observar. Yo puedo ver la belleza en un montón de pequeñas o grandes cosas. Vivimos muy aturdidos, contaminados, llenos de información. Y cuando podemos desacelerar la mirada, aparece la belleza. La naturaleza impone mucho de eso, te obliga a parar, como el teatro. El teatro te obliga a detenerte, incluso tiene algo atemporal. Como espectador también. Es una pequeña exigencia la de salir de tu casa, no poder moverte, no ver el celular. Todo lo que sea contemplativo o invite a contemplar, me parece hasta revolucionario.

En tu obra se transmite una discusión sobre la hegemonía de la belleza, porque hablás de la belleza de lo imperfecto, en un mundo plagado de filtros de perfección.

No se está hablando del parque de un country, donde está todo prolijo. Cuando uno se detiene, podés ver esa belleza en lo silvestre, en lo que no es perfecto.

También en los vínculos, pienso en el del matrimonio con el joven, que por ahí no tenían tantas cosas en común. Porque los vínculos no significan que las personas tengan los mismos intereses.

En algún momento la directora, Claudia Mac Auliffe, lo relacionó con Muerte en Venecia. Con un chico que era precioso. Pero acá tenía que ver con eso de la sabiduría de lo silvestre. Hay algo inherente a un joven, porque siempre un joven es hermoso, uno ve su frescura. Y luego nos vamos contaminando de cosas, de información que nos dice qué es lo bello, qué es la sabiduría. Hoy en día, si no sabés algo, está Google. No podés no saber. De repente valoro eso que alguien te dice “te detuviste a ver ese pajarito”.

Hay algo de ese contraste entre el profesor de filosofía y el chico que le enseña sobre los pájaros.

Hay algo de que él vive como abrumado por la erudición. No hablo mal de la erudición, sino que a veces uno no se detiene a contemplar a la belleza del silencio. Insisto en que la naturaleza nos impone un poco eso, nos saca. Y la lectura también, porque la lectura es algo que nos detiene de una vorágine, nos conecta. Todo esto de las tecnologías, que son maravillosas para algunas cosas, pero nos ponen afuera, nos enajenan. Un libro te conecta más con uno. Y eso me hace pensar en todo lo que nosotros necesitamos de la naturaleza, y que ella no nos necesita.

Lo que veía de Más bello que la muerte era una suerte de fábula de la vida, como una intensa búsqueda del equilibrio entre la naturaleza y lo artificial.

A veces uno está demasiado erotizado por la rapidez, por la tecnología. Eso nos toma tanto que nos quita. Por eso me maravilla que el teatro sea algo que no se puede quitar. Si el teatro no se puede hacer como lo veníamos haciendo, que no haya más teatro. Todo lo demás (en la pandemia) fueron paliativos que estuvieron buenísimos, como el stream. Pero como dice Kartun, el teatro es lo único que no vino con fecha de vencimiento, como si los discos, los videocasetes. Para el teatro se necesita estar ahí. Y le exige al espectador estar con los sentidos atentos, detenerse.

¿Puede ser que la pandemia haya permitido terminar de definir todo lo que trabajaste alrededor de la muerte, en un lapso en que estaba mucho más cerca de lo que normalmente está?

En realidad la obra la terminé antes de la pandemia. Más bello que la muerte es una expresión de mi papá. Él se estaba muriendo, y lo cambiaron de sala común a terapia intensiva, y como la cama era más cómoda, ya que venía de una camilla de guardia, dijo “esto es más bello que la muerte”. Se relajó. Y había algo ahí entre la vida y la muerte, como las dos caras de la misma moneda. Sin reflexionar demasiado, mi viejo decía ese tipo de cosas, de alguien que estuvo en la guerra. Y también decía “yo quiero una primavera más, con una más me conformo”. Es lo que dice el personaje al principio. Él tenía esa cosa del pesimista optimista, que en el final tenía una vitalidad desde la cabeza. Era un tipo que le parecía fantástica la vida. Mucha capacidad de asombro con las pequeñas cosas. Y a mí me transmitió eso, muy desde el cuerpo. Yo lo entiendo también así. A pesar de que él estaba muy informado y era lector.

“A veces uno está demasiado erotizado por la rapidez, por la tecnología. Eso nos toma tanto que nos quita. Por eso me maravilla que el teatro sea algo que no se puede quitar. Si el teatro no se puede hacer como lo veníamos haciendo, que no haya más teatro”.

¿Sentís en el cuerpo buena parte de lo querés proyectar como actriz y dramaturga?

Lo decía Gene, que las cosas pasan primero en el cuerpo antes que en el intelecto. Y desde ahí uno puede aprender, con la poesía y el arte, qué pasa en el cuerpo. No es información solamente. Es belleza o sensibilidad que uno no puede poner en palabras. Me gusta mucho. Digo, entonces hago teatro y me sigo sintiendo como la que jugaba de chica. Ahora soy grande y aprecio las lecturas, pero me gusta eso.

Te decía lo de la muerte en el sentido de que esto que vivía tu papá, tiene que ver con esta idea de que la aceptación de la muerte también es importante. Existe ahora, en mucho cruce tecnológico, toda una cuestión de posponer la muerte.

No se puede hablar de la vida sin hablar de la muerte. El teatro tiene algo de eso, porque hay algo que muere cada vez, y después tenés la posibilidad de volver a hacerlo. Eso es genial. Es como que uno se engaña. La naturaleza también lo tiene: ver una flor divina que al otro día no está, ya hay otra. Y las cosas con el tiempo también: todo tiene que ser rápido, las cosas están hechas para que los resultados sean rápidos.

Esto en cierta forma te simboliza a vos, que estudiaste ya de grande actuación, y cuán importante es la maduración, de que las cosas llevan un tiempo hasta que uno sabe cuándo están.

Y uno tampoco sabe cuándo es el momento, no son cosas que decide uno. Se dan. De hecho, tardé muchos años para escribir la obra. La empecé con Alejandro Acobino, un dramaturgo que ya falleció, en el 2011. Y la dejé cuando él murió. Cuando la retomé, me dije “acá hay algo donde puedo seguir tirando del hilo”. Lo importante es disfrutar, poder estar, y lo demás vendrá o no. Incluso, habría que definir qué es lo demás.

Uno nota que hay una cierta poesía en la obra. No estoy seguro si es solo del texto o también de las imágenes, pero ¿qué entendés vos por el hecho poético en una obra?

Es lo que no se puede decir en palabras. María Negroni decía “me encantaría escribir un poema sin palabras”. Es maravilloso, porque las palabras nunca alcanzan, escribir es siempre inasible. Uno se acerca. Y a veces una imagen es como muy potente y te pasa algo. Vos decís, “era esto”. Por eso me gusta esto del teatro y la síntesis. De hecho, era una obra más larga y la redujimos. Y fue perfecto, un trabajo que hicimos con Claudia (Mac Auliffe). No sentí que en la obra quedaran cosas afuera. Todo lo demás era la necesidad de querer expresar algo, pero que en la obra, con más recursos, los cuerpos, lo sonoro, iba a estar.

¿Qué fue lo primero que pensaste cuando viste materializada la obra después de tantos años de trabajarla?

Mucha felicidad, porque vi que estaba lo que yo quería, que se contaba lo que quería. Igual uno no puede dejar de pensar en la mirada del otro. Me confirmaron eso los espectadores, los que vinieron a verla. Incluso decían cosas muy hermosas que hasta yo me había olvidado que estaban. Hay algo que se completa con la mirada del otro.

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