Literaturas

Margarita Roncarolo: “A veces las posturas se dan desde lugares ideológicos que no tienen una pata en la realidad”

La poeta, performer, docente y tallerista, autora de Rosa o Muerte (Santos Locos) es polifacética y en su historia como artista recorre diversos escenarios, atravesados por el clima social y político. Una charla en su jardín de ciudad, que no está libre de rosas y espinas.


Por Laura Bravo. Fotos Dante Fernández

Nadie sabe de riquezas si no entró a una casa de ciudad con jardín frondoso. No hablo de un cactus o un rectángulo de césped, tampoco de una selva de diseño sino de un jardín cuidado pero con sus desbordes, que se supo expandir y abigarrar a lo largo del tiempo, un ejercicio irresponsable de libertad.

En eso me distraigo mientras saludo a Margarita Roncarolo. Dante, fotógrafo y co-equiper en la entrevista, espera al final del pasillo: se viene la tarde, está concentrado en la luz. Lo que transcribo, de aquí en más es una conversación tripartita que arranca con el enojo de Margarita ante una de las obras de Larreta, la traza elevada del ferrocarril San Martín, que modificó su paisaje.


No sabés el día que arrancaron los árboles de cuajo, nos habían dicho que los iban a trasplantar.

Todas las obras de esta gestión se volvieron eternas.

¡Por favor! Siguen en la Ciudad pero no puedo creer que el macrismo terminó. Igual, a veces me da mucho miedo cuando pienso en la región. Estamos rodeadísimos. Lo de Bolivia es una angustia espantosa. Yo nunca pensé que a Evo lo iban a sacar.

Generó también cierto estruendo dentro del feminismo.

Se armó un quilombo bárbaro. ¿Viste lo que puse en Facebook? Después pensé: “Bueno, no hablo más del tema”. A veces las posturas se dan desde lugares ideológicos que no tienen una pata en la realidad. Todo empezó ahí, con las declaraciones que hizo Rita Segato. Qué sé yo, me inclino más por la postura de Jorge Aleman, que también ha sido denostado por ser hombre. Estuve pensándolo, no creo demasiado en los argumentos de Rita Segato diciendo que ella hizo declaraciones que sacaron de contexto. Una persona de su calidad entiende esas cuestiones. Estábamos todos llorando por Evo y ella sale diciendo: “Evo cae por su propio peso”. Usé la palabra límite, es una cuestión ética, no tendría que haber pasado. Hay cosas que, a esta altura del partido, quienes tenemos sesenta o setenta años, ya sabemos. Cosas que están bien y cosas que están mal, un golpe de Estado está mal. Después discutimos todo lo demás. Decí eso primero, dentro de tres o cuatro meses… Aunque las heridas no se van a cerrar nunca, porque el que perdió un hijo o perdió un compañero… Esperemos que en el resto de Latinoamérica recuperemos la palabra y el aire.

¿No te da la sensación de que estas consideraciones, con diferente impacto, aparecen todo el tiempo?

Preferiría pensar que no, que tenemos una escala y no creemos que el feminismo es la única lucha. No sé si eso es binario o no pero es reduccionismo. Es desconocer factores geopolíticos, luchas de poder, luchas económicas, decir que Evo cae por su propio peso y vincularlo solo al tema del patriarcado es como dejar afuera la complejidad del pensamiento. No es casual que haya sucedido mientras en Chile estalla un movimiento revolucionario. Tampoco es casual que en Brasil esté Bolsonaro.

“Cuando cuento en el taller que Abelardo Castilo reescribió 18 veces uno de sus mejores cuentos me dicen: “estaba en pedo”. Tiene que ver con Internet, tiene que ver con la época, tiene que ver con el capitalismo obviamente, con el avance brutal del capitalismo”.


También se resiste desde el arte, vos tenés una trayectoria polifacética… ¿Qué fue primero: poeta o performer? Cuando escribís, ¿lo hacés pensando en lo performático o no?

Primero fue lo de poeta, empecé con la escritura. O no, empecé con la actuación. Mis textos son coloquiales. No encarno a la poesía lírica tradicional. Venía haciendo kamishibai, una técnica japonesa de teatro. Consiste en un cajón con puertitas por el que se pasan láminas mientras se va narrando. Es una técnica milenaria que empieza con fines de adoctrinamiento religioso. Con el tiempo cae en desuso; luego, en el período de guerras, como producto de la miseria, dibujantes que luego pasan al manga hacen láminas del kamishibai y montan el cajoncito en la bicicleta, van a los pueblos, se paran en una esquina. Llevaban una especie de toc-toc colgado del cuello, golpeaban, venían los chicos, les vendían las golosinas. Los chicos se sentaban en el suelo, delante de la bicicleta, entonces montaban el kamishibai en el manubrio y les contaban un cuento con la dinámica del folletín. Llegaban a un punto y suspendían, cerraban el kamishibai y volvían dentro de un tiempo. Cuando lo descubrí, me partió la cabeza. Acá lo había hecho Amalia Sato, descendiente de japoneses, le pedí a una amiga que lo fuera a ver, era verano, yo me iba a de vacaciones. Nos enloqueció, entonces mandamos a hacer dos kamishibai con un carpintero. Una historia de cuento: le llevamos una maqueta, lo hicimos como nos parecía pero el viejito puso tanta dedicación, creo que eso nos terminó de enamorar. Empezamos a investigar más, al principio era pasar láminas y decir textos nuestros, después encontramos otras posibilidades en ese marco. Empezamos a poner la cara, distintas partes del cuerpo, a hablar desde adentro, hablar desde afuera, música en vivo. Ahí empecé a preocuparme en cómo decir. No solo qué decir sino cómo decir. Yo había estudiado teatro, títeres, ahora estudio clown, todo se va complejizando, ¿viste?

Los formatos alternativos tienen otras posibilidades, otro tipo de circulación. Pienso en plataformas o redes.

Sí, es verdad. Igual casi nadie está haciendo kamishibai en este momento. Hace unos años había cuatro o cinco grupos. Quedó como alternativa para las escuelas. Tiene un formato muy reducido. No podés hacer una función para más de treinta personas por el ángulo de visión de las puertitas para los espectadores. No es para las masas y estamos en la era de las masas. Es un espectáculo casi íntimo.

Sos tallerista, ¿cómo se trabaja la escritura con otros?

Trabajo con gente joven. Muchas veces pienso que yo les tendría que pagar a ellos. Es tan enriquecedor lo que traen los chicos. El promedio es de treinta o treinta y cinco años, inconscientemente parece que voy acompañando la edad de mis hijos. Cuando ellos eran niños trabajé en el Labardén, daba clases a chiquitos. Cuando ellos crecieron trabajé muchísimos años con adolescentes. Después en capacitación docente. Aprendo un montón porque me veo obligada a leer lo que se está publicando, lo que están leyendo. Tengo cuatro grupos, uno es una clínica, me alegro que se nos haya ocurrido generar ese espacio. Alguien trae un material que tiene ganas de publicar, lo leemos, lo analizamos, lo criticamos, cuando terminamos quedan pendientes algunos ajustes pero es publicable. También hay grupos de gente que viene porque le gusta escribir o porque le interesa la poesía o el cuento. Todo es lícito. A mí me encanta trabajar, más allá de la literatura, sobre los mecanismos de creación. De vez en cuando doy seminarios de estrategias para la creación, intensivos, a artistas de cualquier código y a gente que no es artista. Trabajo con cuestiones vinculadas a la aparición del azar y cómo trabajar el azar, cómo hacer que el azar se vuelva a favor.

¿Cómo resultó esa inmersión en el azar desde tu experiencia personal?

Es un desafío permanente, como encontrar un árbol en medio del camino, ¿qué hago? ¿Me vuelvo o analizo la manera de sortearlo? Una frase de Simón Rodríguez, el maestro de Simón Bolívar dice: “O inventamos para esta realidad (la de Latinoamérica, aclara) o estamos perdidos”. A esa frase me la dijo mi viejo, hasta el último momento me decía: “Vamos a hacer un invento”. Frente a cualquier dificultad del orden de lo cotidiano utilizaba ese recurso, viene de ese lugar. A veces pienso que podría trabajar con literatura, geografía, historia, matemáticas, la invención está presente en todo.

Hablás bastante de tu padre en el poemario Rosa o Muerte.

Sí, de mi madre también, pero mal, ¿viste? Mi madre está viva.

Hija mujer versus madre, hablar mal es indispensable. Casi terapéutico.

Sí, que la matemos, que nos matemos. Mi padre era el tipo que inventaba. Siempre pensaba en poner algo nuevo en el mundo.

Ferroviario.

Familia de ferroviarios. La conquista del espacio con el ferrocarril. Recuerdo las conversaciones cuando se juntaban todos los hermanos, era cada metro de riel puesto, una conquista hacia el progreso. Una versión de la historia y una concepción del tiempo, las dos cosas.

Vos también, siempre viviste en los alrededores de alguna estación.

¿Podés creer, ché? Y viene el hijo de puta de Macri, me cierra acá, me pone el tren arriba, fue un dolor tremendo. Las abuelas y las madres llevamos a hijos y nietos a ver pasar el tren y les enseñamos a saludarlo. No me explico por qué, no le decimos “chau” a otra cosa, a un auto o a un colectivo. Yo repetí esta historia, nos poníamos en el borde de la reja con Toni, mi nieto, lo llevaba a la estación, está en un texto de kamishibai, con una escenografía en la que se prenden unas lucecitas. Nos sentábamos a ver el tren, la gente que llegaba. Tal vez a todos, o a los que somos descendientes de ferroviarios, nos pasa eso. Me acuerdo incluso de haber llorado cuando me di cuenta de que no íbamos a poder ponernos más al costado de la vía a enseñarles a nuestros nietos a decirle chau al tren.

Las transformaciones urbanas y sus otras lejanías.

Es casi la fugacidad de la vida. En realidad, el tren es la imagen del progreso dentro de un marco histórico determinado, ¿no? La llegada del tren, Perón y la nacionalización de los ferrocarriles, todo entra en la dimensión mítica del progreso. Aparece como el monstruo arrollador. A papá le daban uno o dos pases gratis por año, por ser ferroviario, para viajar a cualquier lugar del país. Viajábamos en camarote, no lo voy a olvidar nunca. Dormir toda la noche en un camarote, una cama arriba, otra abajo, la puerta, la piletita, lavarse la cara, estar acostado, ver pasar la pampa húmeda, la montaña, el país entero desde una cama. A mis nietos siempre los quiero llevar, aunque sea a Mar del Plata, en camarote.

“La pasión está hacia adelante. No entiendo a la gente que extraña su adolescencia. Yo nombro momentos del pasado para contar un proceso pero pienso en el futuro”.


Entre tantas otras fugacidades y transformaciones, también fueron mutando los ciclos de poesía. Tienen su propio vaivén.

Sí, ahora lo del slam, como fenómeno, descendió. Dos años llenando todos los fines de semana, eran doscientas, trescientas personas. Un estallido. Lo del slam viene de Norteamérica, dicen algunos, reconoce como antecesores a los beatniks, a los poetas del sesenta, de la época de la guerra de Vietnam, Ginsberg. Los que recitaban el Om en las colinas del Capitolio, salmodiando el Om con miles de tipos. Encima, casualmente, fue la única guerra que perdió Norteamérica.

Ahora que mencionás a la beat generation en el contexto de la guerra de Vietnam, tal vez esa generación de poetas le hizo perder la batalla cultural al gobierno de los Estados Unidos, plena guerra, el resto de las guerras fueron muy aceptadas por el pueblo norteamericano.

Y sí, fue un movimiento opositor. Coincidía con el hippismo.

Viene, creo, del descreimiento post Segunda Guerra Mundial, esa generación dijo basta. Creo que por eso también se perdió la guerra fáctica.

El video de Ginsberg salmodiando el Om, una vibración tremenda. En ese momento, si uno hubiera estado como espectador pensaría que la humanidad tenía que marchar hacia el bien. Después vimos que no.

Laos, Vietnam y Camboya. Contra los tres países perdieron, no solo por la táctica de guerra.

¡Mordieron el polvo! Digámoslo. Conocí la televisión a los ocho años, al mismo tiempo que la luz eléctrica, vivíamos en el campo, miraba películas en blanco y negro, de vaqueros, los indios perdían siempre. A mí me quedó esa cuestión de reivindicación de los perdedores. Cuando tuve la primera oportunidad, al grupo de kamishibai le puse por nombre Caballo Loco porque Caballo Loco y Toro Sentado, fueron los dos últimos jefes sioux que lograron hacerle frente al general Custer, emblema del ejército norteamericano. Después fueron aplastados, obviamente, pero fue tremenda la manera en la que los pueblos indígenas lo rodearon y lo mataron. En una parte del texto digo esa frase: la primera vez que el ejército norteamericano muerde el polvo. Así, literalmente.

Gran momento para una performance o un ciclo hablando de transformaciones en la circulación de la palabra.

Lo de los ciclos tiene que ver con el descubrimiento de los pendejos. Yo estudié con Liliana Heker y Abelardo Castillo, hay un abismo entre esa generación de poetas y esta. Yo iba al taller de Liliana, de vez en cuando nos juntábamos con el de Abelardo. Cuando vos decías: “Yo escribo”, el tipo agarraba una carpeta, sacaba una hoja así de grande y contestaba: “A ver, fíjese si leyó todo esto”. Todo esto era una lista gigante que arrancaba en Tolstoi. Todo el mundo le decía que no, él respondía: “Bueno, vuelva cuando lo haya leído”. Estaba convencido de que tenías que haber leído a los grandes maestros de la literatura para animarte a escribir. Liliana no era así, era un ser humano hermoso y normal, ponía mucho énfasis en la lectura pero ese nivel de lectura, en este momento, se perdió. No había Internet. Hoy vivimos en una cultura vinculada a la inmediatez. Les conté, yo viví hasta los ocho años sin luz y sin tele, lo único que se escuchaba era la radio, se cargaba la batería con el molino. De ahí pasé a estar en las redes pobremente, un amigo me abrió Instagram, a los pocos días unos pibes entran y me avisan: Marga, tenés seiscientos veinticuatro seguidores. ¿Me siguen? Si yo nunca subí nada, no me entraba en la cabeza. Tuvieron que estar tres horas para explicarme. Ayer me decían que ahora no se usa más WhatsApp, se usa Telegram.

Te explicaron lo de los cifrados y encriptados.

¡Sí! Me explicaron todo eso. No puedo creer que exista. Además te habilita, por lo que entendí, a hablar solo con los que tienen Telegram. O sea que tenés que estar en un círculo.

Tenés que convencer, evangelizar a otras personas para que se sumen.

Esa palabra, por favor. El otro día vi un flyer, me reí tres horas: “No te drogues porque si te drogás, para salir de las drogas vas a tener que hacerte evangelista y vas a terminar dando un golpe de Estado”. Por suerte Alberto dijo que vamos a legalizar el aborto. Pero Scioli, Vidal, Macri e inclusive Cristina dialogaron con esos movimientos para captar votos. Scioli les prestaba el Estadio Único de La Plata para los eventos, se los daba gratis. En Argentina no es tan fuerte como en Brasil pero si los dejás crecer, después te tenés que enfrentar al monstruo. Qué increíble esa imagen de la Añez con la Biblia, la Biblia y atrás los milicos, te quedás mudo, aunque es un peligro quedarse mudo. Ayer lo hablábamos con una amiga, me decía: “¿Vos te das cuenta de que estamos enmudeciendo?”. Hablando de lo de Bolivia. Al principio fue la indignación, la angustia, el dolor. Cada uno compartiendo las imágenes, para mí compartir las imágenes, por más desgarradoras que fueran, era lo que se podía hacer y lo que ellos necesitaban. Pero a medida que van pasando los días, me da la impresión de que nos estamos acostumbrando.

Igual en Argentina, tenemos cuerpos más democráticos.

Con todo lo que había avanzado Evo, salud, educación, cultura, siempre creí que no podía ser pero de repente estalló.

“Yo no me siento militante feminista, no lo percibía así, lo encuadraba en la lucha contra la injusticia”.


Salieron también los videos entregando Bolivia a Jesús.

Claro, Evo hablaba de la posibilidad de un golpe, yo pensaba si sería para tanto. Nací en el cincuenta. En el momento en el que dan el último golpe, el del setenta y seis, las personas de mi edad, dijimos: “Uh, qué garrón, otro golpe”, como si fuera otro golpe más. No, no iba a ser igual que el de Onganía, ni igual a los anteriores. Tenía veintiséis años, no militaba pero estudiaba periodismo, qué sé yo. Cuando uno empieza a descubrir la naturaleza sangrienta de ese golpe, te agarra culpa: ¿Cómo no me di cuenta? Sentís que estabas distraído, los más chicos preguntan cómo era vivir en la época de la dictadura, piensan que uno andaba por la calle escondiéndose de los tanques. Es difícil explicarles que la gente seguía haciendo su vida, estudiando, trabajando, cogiendo, comiendo, los que no estábamos clandestinos seguíamos con nuestra vida. Ahora me da miedo, mirá si ahora estamos en los últimos días antes de que estos hijos de puta hagan algo horrible y no nos estamos dando cuenta. Eso es como el Apocalipsis, ¿eh? Descripción del apocalipsis. Hablemos de cosas horribles, es el tema que nos convoca esta tarde. No sé qué habríamos hecho, si podríamos haber cambiado la historia, insisto en que estábamos distraídos por eso ahora no me quiero distraer. Ya vi a la Convención Interamericana de Derechos Humanos tomando testimonio a los familiares. No puede ser que volvamos a ver esa escena desgarradora. Y sin embargo, mirá, lo estamos viendo de nuevo. La gente con el miedo desgarrador, hay desaparecidos en Chile.

Sí, en Bolivia también.

Bueno, mirá si nos distraemos, tiene que ver con lo que hablábamos de Rita Segato. No te podés distraer en este momento. Primero la condena enérgica: “Esto es un golpe de Estado, esto no debe pasar”. Después discutimos todo lo demás. Ya no nos podemos hacer los boludos quienes tenemos más edad.

Nuestra escena poética transformada también tiene que ver con eso. Vos hablabas de las diferencias como lectores, hay diferencias en el ejercicio también, en la poesía como militancia.

Tiene que ver la aparición del slam y las lecturas públicas en esta nueva dimensión performática. Cuando surge este movimiento los viejos poetas tronaban. En Facebook, en Internet, pedían la muerte de los jóvenes poetas. Más que nada por el tema de la inmediatez. Antes Borges estaba un año para escribir un poema meditando cada palabra. El otro día leí que Abelardo Castillo reescribió uno de sus mejores cuentos, La madre de Ernesto, unas dieciocho veces. Doy gracias cuando la gente que viene acá lo reescribe dos veces. Cuando cuento esto en el taller me dicen: “¿Dieciocho veces?”, estaba en pedo. Tiene que ver con Internet, tiene que ver con la época, tiene que ver con el capitalismo obviamente, con el avance brutal del capitalismo. Ayer presencié en un grupo una discusión sobre una aplicación con la que podés pasar los audios más rápido. Vos estás apurado, tu mamá siempre te manda audios largos, siempre dice boludeces. No vas a estar escuchándolo en tiempo normal. Lo ponés rápido, escuchás: “Bla, bla, bla”, y listo.

YouTube permite reproducir en varias velocidades. El tiempo es una moneda más en el capitalismo.

Imagínate, andá a decirle a un pibe que las dieciocho correcciones son el trabajo del que los viejos poetas o escritores hablan. Lo del slam se inscribe dentro de una cuestión mucho más amplia que no tiene que ver estrictamente con la poesía, tiene que ver con otro mundo, “lo quiero ya”, otra circulación de la información. No puedo dedicarle todo el tiempo a esto. Escribo, voy, me paro en el escenario y quiero ganar. No está ni bien ni mal. Los defiendo, es lo que a ellos les toca, no les voy a decir que se vayan a exiliar a San Marcos al medio del monte para que su poesía sea más profunda.

Los formatos de libro también son relativamente más breves.

No hay tiempo de leer cosas largas. Eso es clarísimo. Anda a leer Anna Karenina o el Ulises.

“Para los adolescentes de los ’90 amar u odiar era de los ’70, las grandes pasiones eran demodé. Entonces comienza la relativización de los antiguos límites casi éticos, como el que mencionábamos, si esto es golpe o no es golpe. A partir de ahí observo todo el derrumbe”.


Bueno, los tiempos de lectura pública operan con la misma lógica. Se cronometra la intervención de cada participante, se asigna tiempo o una cantidad de poemas.

Después hay otra discusión, si el texto ha sido escrito para el papel, para ser leído o para ser dicho. Capaz que lo escuchás y es encantador, después lo leés y no te parece tan bueno o viceversa. Tuve de alumno a un performer hermoso, Alejandro Berón Díaz. Lo conocí cuando tenía dieciocho años y ahora tiene treinta y pico, vi todo el proceso de la escritura, sus estudios de teatro, las puestas en escena y toda la angustia. Luego, cuando llega la instancia de publicar el primer libro tiene que volver al papel desde un texto que ya había transformado, que funcionaba en la oralidad. Entonces hay que reponer elementos que él transmitía con el cuerpo o la voz. En el caso de Alejandro, él estudia y trabaja ambos pasajes. Ensaya mucho, para mí es un profesional. Es consciente de eso, lo que no está dicho con el cuerpo o con la voz tiene que volver a aparecer en la palabra. Es complejo y apasionante.

Desde el taller acompañás las pasiones de otros pero vos sos muy ecléctica. ¿Cuál es tu pasión?

La pasión está hacia adelante. No entiendo a la gente que extraña su adolescencia. Yo nombro momentos del pasado para contar un proceso pero pienso en el futuro. Me apasiona lo que estoy haciendo ahora, estoy trabajando en un profesorado docente en la Villa Zavaleta. Nunca había trabajado dentro de una villa. Disfruto ese momento en que está todo por hacerse. Primero hubo alfabetización, después un sector de secundario. Hasta que la gente le demandó a los profesores: “Queremos ser maestros y aprender lo que nosotros sentimos que tenemos que aprender”. La mayoría son de la comunidad boliviana, paraguaya, gente del interior. Viven unas setenta mil personas, dicen que es la más grande. La gente que se reciba en ese profesorado docente va a poder trabajar como maestro en el ámbito nacional, no solo dentro de la villa. Tenemos la oportunidad de hacer los programas… En el gobierno de Alfonsín trabajé en el Plan Nacional de Lectura, el mejor trabajo que tuve en mi vida. Lo dirigía Hebe Clementi, una historiadora. Se viajaba a las provincias, ese proyecto revertía el federalismo mentiroso, la cuestión esa de que todos tuvieran que venir a capacitarse a Buenos Aires. Las fuerzas vivas de cualquier lugar del país demandaban capacitación, docentes, clubes, talleres, entonces se viajaba al interior en función de la demanda cultural. El otro día recordé una escena, pensá que no existían ni los mails. Llama un club donde había un grupo de mujeres que querían que el tejido de esa zona tuviera salida laboral, entonces Hebe convocó tejedoras de acá para que fueran a capacitar a esas mujeres en esa necesidad puntual. Yo trabajaba en capacitación de promoción de la lectura, era coordinadora de la provincia de Misiones, había que hacer tres viajes. En el primero convocabas al sector con el que ibas a trabajar, se bajaban los lineamientos, se proponía una metodología para que los docentes la pusieran en práctica y ver qué pasaba. Uno no iba desde acá sabiendo qué necesitaban. Era un intercambio, inventar, ¿no? Luego se volvía una segunda vez a ver cómo funcionaba la cosa, se proponía una reestructuración en base a aciertos y desaciertos. Después se viajaba una tercera vez para al cierre. Cuando vos ibas a la entrevista con Hebe, le presentabas los resultados del plan de trabajo. Imaginate la escena, detrás de Hebe había un mapa de la República Argentina, típico mapa escolar, ella tenía en el escritorio… ¿viste esas banderitas rojas de plástico? Una banderita dura, chiquitita, con un pinchecito. Yo iba y le decía: “Fui al Soberbio, en las tres visitas logramos esto”. Ella hacía silencio, agarraba la banderita roja, se paraba, clavaba la banderita en el Soberbio. A medida que pasaba el tiempo vos ibas entrando a su despacho e ibas viendo todo el mapa de la Argentina cubierto con esos pinchecitos. Los clavaba como una conquistadora, te latía el corazón, era una felicidad. Soñabas con esa acción. Eso sí era poner el cuerpo, hasta en ese acto de inscribir. Si alguien me preguntara qué carajo es la Patria, para mí es ese gesto de: “Mirá, acá pudimos hacer esto y dejamos en movimiento a una comunidad medianamente organizada que tiene nuevas propuestas”.

¿Qué es escribir dentro y fuera del neoliberalismo?

Escribo poesía vinculada a lo político social. Durante el menemismo, ese tipo de poesía era descalificada, nadie me invitaba a leer durante el menemismo. Tenía amigos que se habían ido a Europa y, me lo decían en joda pero me lo estaban diciendo: “Eso no se usa más, ¿qué estás haciendo?”. En el menemismo hay un quiebre tremendo en la cultura, yo venía trabajando con la misma población adolescente desde el año ochenta y cinco. En ese entonces hacía un ejercicio de apertura que no hago más, lo cambié: listas de cosas que amo y lista de cosas que odio. Pendejos de quince años, ninguna objeción, todo lo más bien hasta que llega el menemismo. Me dicen: “¿Amar? ¿Odiar? A lo sumo me gusta o no me gusta”. Para ellos amar u odiar era de los setenta, las grandes pasiones eran demodé. Entonces comienza la relativización de los antiguos límites casi éticos, como el que mencionábamos, si esto es golpe o no es golpe. A partir de ahí observo todo el derrumbe. Durante el menemismo salía llorando del aula pensando que me tenía que retirar de la docencia, que no iba a poder acompañar más a esos chicos. Porque para mí ser maestro es lo más. Era banalización, confusión entre lo que está bien y lo que está mal. Parece una estupidez lo que te voy a decir pero la concepción del tiempo lineal, como la tiene la gente de mi edad, no la tienen los pendejos, ellos tienen una concepción del tiempo de simultaneidad, es tremendo, comenzó ahí. Te cuento otra escena. Venía leyendo un cuento que funciona con todo el mundo, se llama Guillermo Jorge Manuel José. Es la historia de un nene que vive al lado de un geriátrico y se hace muy amigo de una viejita, un día la viejita pierde la memoria, el nene averigua qué es perder la memoria, entonces va juntando objetos y se los va mostrando de a uno. Cada vez que le muestra un objeto, ella le cuenta una historia. Levantás la vista y todos están llorando o pensando en sus abuelos, es muy fuerte. La clase siguiente, empezaba preguntando: “¿Hay alguien que quiera comentar algo de la clase pasada?”. Entonces una pibita dice contenta: “Yo quiero decir algo”. No me lo dice a mí, se lo dice a sus compañeros: “Chicos, descubrí algo que ni se imaginan, lo que nosotros hacemos y somos hoy, tiene que ver con lo que fuimos e hicimos antes”. Se da toda una discusión maravillosa en la que esta piba trata de convencerlos y lo logra, explica: “Si estoy acá, en una escuela de arte es porque antes mis padres…”. Entonces yo me engolosino y digo: “Genial, esto que acaban de descubrir es maravilloso, vamos a redoblar la apuesta; les digo algo más, lo que ustedes están haciendo hoy va a conectar con lo que hagan en el futuro”. Me contestan: “Profe, pasemos a otra cosa”. Fue un descarte, un rechazo. Esas formas de percibir el tiempo, es el corte que produce el capitalismo. Fuera de estas experiencias, cosas escritas en el dos mil uno, son los poemas que más me pedían recitar en el macrismo. Después lo hablé con otra gente, me decían lo mismo: Los poemas que escribí en esa época se podrían replicar y el lector pensaría que estamos hablando de actualidad.

Desde las aulas, desde lo performático, viste diferentes generaciones de feminismo. Esta también es otra ola, otra generación de feminismo.

Eso es raro, muchas veces han venido a hacerme entrevistas por el tema del feminismo, yo no me siento militante feminista, pero tengo alumnos de treinta o cuarenta años que me dicen: “Pero profesora, usted siempre fue feminista”. Yo no lo percibía, como si el encuadre en un nombre hubiera aparecido con posterioridad, lo encuadraba en la lucha contra la injusticia. En un espectro mucho más amplio que la palabra feminismo, también tiene que ver con la lucha contra mi vieja, obviamente. Mi vieja es gorila, lo votó a Macri todas las veces. No tendría por qué votar y lo sigue votando. Tiene noventa y tres años. No sabés las peleas que tenemos todavía.

Esa es la explicación de por qué llegó al cuarenta por ciento.

Te lo digo, porque toda ese pueblo de mierda, de la pampa húmeda, esos a los que les sale la guita de las orejas, son macristas. Ganó el macrismo ahí. Las últimas palabras de su padre, del abuelo, fueron: “Qué mundo les dejo ahora, hijas mías, un mundo en el que votan las mujeres”. No lo llegué a conocer, murió cuando yo tenía un año. En algún momento lo llegué a entender, entenderlo no es perdonarlo ni aceptarlo. Fijate como lo cuenta mi mamá: “¿Cómo podía venir a decirnos Perón que teníamos que votar? Si después de comer, eran los hombres los que se encerraban a fumar en otra habitación y a hablar de política mientras las mujeres lavábamos los platos. ¿Qué sabíamos las mujeres de política?”. El patriarcado era eso, después se le pone el nombre de feminismo, bien puesto, pero yo a eso siempre lo vi como una lucha contra la injusticia. La misma injusticia abarcaba la explotación de los obreros en las fábricas y la de los peones en el campo. Los patrones era los Álzaga Unzué o los Alvear a quienes siempre mi vieja les manifestó devoción porque el abuelo era mayordomo de estancia. Además, ella sigue votando.

Bueno Marga, sos feminista, estás contra el capitalismo. Podés ponerle el nombre que quieras. Una pregunta más, ¿qué vas a inventar ahora?

Eso nunca se sabe.


Nos quedamos un rato más. Dante promete armar un álbum de fotos de perros de escritores. Margarita adhiere. Avanza el crepúsculo hacia todos los espacios. Las plantas del patio dibujan sus sombras.

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