Literaturas

Sebastián Grimberg: “La literatura es un lugar de protección”

En su segunda novela, El guardián de los cerdos, el escritor aborda los cimientos invisibilizados de la cultura guaraní y la noción de paternidad, a través de un protagonista que busca reconstruir los fragmentos de su identidad.


Por Marvel Aguilera. Fotos: Facundo Albertengo.

¿Cuáles son las huellas de la memoria de un pueblo? ¿Es Andrés Guacurarí la representación de una historia invisibilizada que sigue repercutiendo en un clasismo cultural? De aquel líder indígena, revolucionario, que prodigaba “que los más infelices sean los más privilegiados” ha quedado un recuerdo historiográfico significativo, pero sus raíces culturales e identitarias, que representan a toda una comunidad, permanecen silenciadas en medio del estertor de un presente cuya historia se desdibuja paulatinamente.

En su última novela, El guardián de los cerdos (Indómita Luz), Sebastián Grimberg se permite adentrarse en algunos de esos interrogantes a través de una historia particular. Un hombre frustrado por la falta de un horizonte, entre el temor a la paternidad y el descreimiento moral, decide partir a Posadas en un viaje de reencuentro personal, y a su vez, de reconstrucción de un relato colectivo sobre la identidad del pueblo que forjó desde el norte del territorio nacional las bases de la Argentina.

Escritor y psicólogo, Sebastián Grimberg, se crió en Buenos Aires, entre las calles de Medrano y Corrientes, pero decidió hace seis años radicarse en El Calafate, en Santa Cruz. Allá, en la inmensidad de una Patagonia rebosante de climas y geografías, donde el desarraigo es una problemática habitual y las raíces originarias resisten la dinámica de la contingencia. Con la lectura convertida en puente de encuentro consigo mismo, como alimento de introspección y creatividad, recuerda sus acercamientos a las letras, y aquellas disquisiciones acerca de las condiciones de posibilidad del “ser escritor”.

“Si bien no había libros en mi casa -mi vieja no es lectora y mi viejo tampoco- no sé por qué motivo ella me compraba desde muy chiquito, enciclopedias infantiles, novelas gráficas. Y me llevaba bastante a la Feria del Libro. Me pasaba más tiempo con libros que con amigos. Ahí se fue haciendo una especie de hábito con la lectura y la soledad. Una soledad donde uno puede moverse en esos mundos donde otros crean”, rememora.

“Me pasaba más tiempo con libros que con amigos. Ahí se fue haciendo una especie de hábito con la lectura y la soledad. Una soledad donde uno puede moverse en esos mundos donde otros crean”.


Esos años de adolescencia estuvieron marcados a fuego por los relatos de Edgar Allan Poe, donde el misterio, el terror, la aventura y la locura se entremezclaban en el fervor de la lectura. “Estaba bastante encantando con Poe y con cierta romantización de la locura. Pensaba en la mente y en la locura, pero todo desde un lado romántico. Quise estudiar Psiquiatría en un principio, pero no me bancaba la carrera de medicina, porque no soy una persona constante para el estudio. Y mi psicóloga me sugirió estudiar Psicología, nadie me había sugerido ninguna otra cosa, así que termine ahí”, explica acerca de su elección formativa.

El compromiso del psicólogo con la palabra

Tras varios intentos de acercarse al universo académico de las letras, la escritura en un sentido más formal apareció en Grimberg como una labor de oficio, que pudo fortalecerse a medida que las lecturas se acumulaban y las devoluciones de amigos empezaran a transformarse en una constante, un empujón para consolidar su faceta como recolector de esas historias que lo circundaban, que hacían mella en su realidad cotidiana.

El paso del lector a escritor tuvo en los talleres el principal punto de inflexión. Trabajando en una estación de servicio conoció al dramaturgo Ricardo Halac con quien intercambió impresiones y devoluciones de textos. Un hecho que lo impulsó en un derrotero culminado en los talleres de Vicente Battista.

¿Cómo se compagina la faceta psicológica con el ejercicio creativo de las letras? Sebastián explica que particularmente el analista -si bien aclara que no lo es- trabaja con el lenguaje para develar una historia. “Si uno piensa en la historia primaria y secundaria o en la ‘Teoría del iceberg’ de Hemingway, hay cierto lenguaje o discurso escrito que narra algo y por detrás está la otra historia, la más profunda que le da sentido a eso visible, narrado. También la poesía se trata de la multiplicidad de sentidos y eso está en el psicoanálisis, los múltiples sentidos que puede tener alguna idea, palabra o síntoma”.

Foto: Facundo Albertengo

En relación a tu experiencia en la estación de servicio, supongo que ahí parte la idea de tu primera novela, La guerra de los secadores. Me parece muy original este tipo de narrativas sobre contextos más cotidianos, del día a día. Porque hay muchísima literatura acerca de protagonistas escritores o en ese ámbito, y me resulta más interesante leer lo mismo pero desde otro lugar, una distancia sobre ciertas ideas conceptuales o académicas. ¿Cómo empezó a germinar la novela y qué opinas de esto de generar una narrativa desde lugares lejanos al mundo de las letras?

La idea de escribir sobre la estación de servicio viene desde que laburaba ahí. Incluso mientras laburaba, en la época que le daba los textos a Ricardo Halac, escribí cuentos que transcurrían en la estación y con personajes de la estación, y en su momento creo que también tenía un lado de protesta o denuncia. Al menos de cierta forma de laburo mecánico, sin sentido, que aplasta la subjetividad; donde de pronto había abusos de poder por parte de alguien que tenía un poquitito más de lugar o palabra ahí adentro, fueran encargados, administradores.

Había también cierto sadismo. Es un laburo -no sé cómo estará ahora porque eso fue ya hace varios años- bastante complicado en ese sentido, en cuanto a los vínculos. Y un poco lo que quería en los cuentos era que apareciera eso, el sin sentido este o esa forma de vida que daba la sensación de que no había escapatoria. Recién había pasado el 2001. Estaba eso de que “si no laburás acá ni te lo bancás, está la fila de gente buscando laburo”, te reemplazan como quieren y te quedás en la calle. Y eso también va haciendo carne cuando uno está como en ese pequeño universo, parece que no hay otra cosa por fuera de ahí.

Aparte, era generalmente el laburo estigmatizado por cierta sorna, de que si caías ahí era como estar en el fondo.

Era todo bastante precario en lo que era el trabajo en sí. Y yo creo que los cuentos querían, por un lado, denunciar eso, y por otro, eran también una escapatoria. Muchas veces la literatura es, para mí, un lugar para encontrar cierto placer o cierta seguridad que de pronto no estás encontrando en el mundo real. O sea, vos podés manejar y decidir qué querés que pase, podés crear un mundo que, como los chicos cuando coleccionan determinadas figuritas, lo manejan a su antojo. Es algo sobre lo que hay control. Y si bien uno después podrá pasar o pensar que cuando escribe no sabe bien para dónde va. Por otro lado siempre uno tiene control sobre el texto, es algo propio, maleable. Entonces es un lugar que te permite guarecerte.

Creo que en El espíritu de la ciencia ficción de Bolaño se muestra todo su plan de escritura, como si hubiera un control absoluto sobre el texto.

A veces pienso que está como romantizado el tema de la gente que habla del sufrimiento al escribir o con determinado texto. La verdad que nunca sufrí escribiendo, creo que es todo lo contrario. No sé si escribiría si fuera un lugar de sufrimiento. Hay determinadas romantizaciones y determinadas posturas. Después uno puede querer crear determinado personaje y manejarse desde ahí. Yo no, para mí es un lugar hasta de protección. Un lugar para mí necesario, donde esa angustia o ese vacío uno lo puede llevar más allá de lo que esté pasando en su vida. Es un lugar donde se lo puede volcar o donde lo podés poner en movimiento, que no quede estancado y no quedar uno atrapado en eso.

Monumento de Andresito en Posadas

Pasando de La guerra de los secadores al Guardián de los cerdos. Hace bastante que empezaste con la idea del “Guardián”, estuvo ahí la beca del Fondo en el medio. ¿Cómo arrancaste con eso? ¿Tenías alguna conexión con esa tradición y esa historia?

En realidad, si bien fue como vos decís, la escritura de la novela La guerra de los secadores fue posterior. Es una idea que ya la traía, tratar de escribir algo sobre la estación de servicio, de esa época. Y sobre El guardián de los cerdos, la idea apareció cuando iba mucho a Paraguay, por mi pareja de entonces. A Posadas no recuerdo bien cómo llegué. Creo que fui por primera vez con mi hermano. Me gustó y después empecé a ir más seguido por mi cuenta.

Por otro lado, la cultura del norte me gusta. Mi abuelo biológico es chaqueño. Yo no lo conocí, digamos que no está tan cerca Misiones de Chaco, pero está en el norte y quizá hubo alguna especie de desplazamiento, de búsqueda o sensación de confort en esa zona. Me empezó a interesar mucho la cultura guaraní. Y uno de esos viajes que hice a Misiones, lo hice en tren, creo que la segunda vez. Un tren que tiene un recorrido muy cortito ahora, el Gran Capitán, que fue de Federico Lacroze a Posadas. Un viaje eterno. Era un poco querer vivir esa suerte de aventura que uno leía en los libros infantiles, en las novelas hechas historieta que leía de Stevenson, quería seguramente vivir eso. Imagínate que el tren chocó con un camión que transportaba maderas, en el medio la locomotora quedó destruida. Estuvimos medio día varados en el campo. Era como un sumergirse en lo desconocido, en pueblitos bastante perdidos. Y yo había escrito para una revista literaria una crónica del viaje y me había gustado como quedó. Por eso quise probar extenderlo y hablar también de las cosas que había visto y me habían pasado en Misiones.

Ahí hubo un intento de primera versión de la novela, en esa crónica de viaje. Luego empezaron a incorporarse otros elementos, como la mitología guaraní, que me interesaba mucho, el tema de lo aborigen. No sé si seguía en la línea de la denuncia, pero era lo que había pasado históricamente en Misiones. Un norte con Andrés Guacurarí, que había sido gobernador de la provincia grande de Misiones, y que si bien hoy es alguien que en Posadas tiene una estatua frente al río, como custodiando la ciudad, la cultura a la que él pertenece sigue invisibilizada, perseguida. Los niños pertenecientes a la comunidad se mueren de hambre, piden en la calle, cada vez están más circunscriptos a un lugar donde no molesten al avance del capitalismo. Y eso me parecía bastante hipócrita. Por un lado ensalzar que está buenísimo rescatar la figura de Andrés, pero a su vez mostrar que la cultura a la que pertenece, hoy tiene los peores trabajos o está en la miseria. Algo de eso quería que apareciera en la novela. Y tenía que ver también con esta línea de denuncia o de radiografía social.

“Por un lado ensalzar que está buenísimo rescatar la figura de Andrés, pero a su vez mostrar que la cultura a la que pertenece hoy tiene los peores trabajos o está en la miseria. Algo de eso quería que apareciera en la novela. Y tenía que ver también con esta línea de denuncia o de radiografía social”.

Me llama la atención que hay una especie de analogía. El último derrotero de Julio, el protagonista, con Andresito donde entra en juego el linchamiento, la cárcel y ese final en que parece retornar, pero no se sabe bien si lo logra.

Es cierto, porque hay una parte donde se pregunta qué habría hecho Andresito en esa situación, entonces como que se espeja un poco en él. Pero conscientemente, no lo había buscado así, es algo que evidentemente se fue dando. Y en la búsqueda que tiene el personaje, que arranca con cierta búsqueda sobre el origen y termina con una construcción del origen, porque es lo que pasa en realidad. Uno se construye una propia historia sobre su origen; se construye como una especie de mitología personal o se relata a sí mismo una historia de la cual uno es actor, es personaje. Y me parece que quizá le ocurre eso al personaje, termina construyendo una historia en esto que busca o tratando de ver, no es claro si lo hay o no, lazos con ese ese mundo mítico y guaraní, esa otra cultura, como para construir una historia en la que él se pueda sentir mejor o que tenga algo más que ver con lo que él quiere ser.

Otra de las de las ideas que atraviesa buena parte de la historia es la idea o noción de paternidad. Hay una pregunta retórica que se repite bastante, la de por qué un hijo debería darte algo. Me parece también una pregunta muy significativa en un mundo que es bastante utilitarista, donde todo tiene que tener un rédito. ¿En cierta forma está hoy en discusión el rol de la paternidad en nuestra sociedad?

Uno desde lo individual siempre hace todo o suele hacer todo por algo, por algún objetivo individual.Quiérase o no, así uno fuera un mártir, siempre hay algún beneficio individual o personal, siempre hay cierto egoísmo puesto en juego, ya sea por el lugar que en el imaginario mismo o social uno puede ocupar haciendo determinadas cosas.

Entonces, siempre había un para qué o qué voy a obtener, y en ese sentido, llevado a un extremo: qué voy a tener por tener un hijo o teniendo un hijo qué voy a ganar. Más allá de que después, en la realidad, se ganan muchas cosas y se pierden muchas otras, puede existir previamente ese “para qué”. Como por ejemplo, para qué voy a estudiar determinada carrera, para qué me voy a meter en este laburo, para qué voy a sostener esta relación. Creo que también es una pregunta posible más en esta época, una pregunta fuera del mandato y del discurso de construir una familia, de prolongar el apellido, de tener descendencia. Antes no sé si uno se preguntaba mucho ese para qué.

Era más el cuándo que el para qué.

Era más el cuándo lo vas a tener, de la misma manera que, por lo menos para cierto sector social, uno tenía como cierta escalerita: terminás el colegio, estudiás algo, buscás un laburo, te comprás la casa, te ponés en pareja, tenés hijos. Dentro de ese discurso, era imposible pensar el para. qué. Y quizás es una pregunta que tiene un poco más de libertad o de cuestionamiento de esos discursos, aunque también tiene -como vos decís- un lado más individualista y utilitarista, de que el otro me tiene que dar algo, me tiene que servir de alguna forma para que yo haga ese esfuerzo, por ejemplo.

Y en relación al cuestionamiento de la paternidad, también está un poco por ahí. Si bien estaría, en un primer momento, en un lugar de responsabilidad absoluta, en el de cuántos tipos tienen hijos regados por todos lados y siguen viviendo alegremente como si nada, hay como una suerte de cambio al final. Por lo menos de vislumbre de cambio o de acceso a otro tipo de conocimiento y de sentir que está por fuera de esto utilitario, a través de la observación de Manuel y su hijo, de cómo es el vínculo entre ellos

En el caso del personaje de Gisele, vos ahí incorporás la problemática de la salud mental, pero con todo el agregado que puede tener la creencia pagana en el medio. ¿Por qué elegís poner en perspectiva eso y si, desde tu lugar de experiencia, sigue siendo un tabú hoy el problema de la salud mental?

No fue una elección la de poner la salud mental en ese lugar, sino que “Gisele” estaría basada en una persona real, digo “estaría” porque no es alguien que yo haya conocido, sino que en una de las veces que estuve en Misiones, en un hostel que me había quedado 10 días, la mujer que trabajaba ahí tenía una hija que era bipolar. Y había tenido tratamientos en Buenos Aires, la había llevado a Paraguay a tratarla, y nada, como que no había dado resultados en ese momento.

Muchas veces me pasa que al ficcionalizar algo que tuvo un anclaje en la realidad o que parte de algún hecho real, la ficción va ocupando el lugar de la realidad y de pronto ya no me acuerdo realmente cómo fue esa primera escena. Es como que la ficción toma más más fuerza, se corporiza.

El tema de de la salud mental como tabú en la actualidad, sigue totalmente. Por ejemplo, en el hospital donde yo laburo, el Samic, si bien hay un discurso de que, a partir de la nueva ley hay que destinar más recursos y tendría que estar en la agenda política; nosotros no tenemos consultorios para atender. No nos quieren dar nada. Tenemos el lugar más recluido o nos mandan para algún cuartito que no lo puede utilizar un médico. Y si nos dan uno, apenas viene algún médico de alguna especialidad, nos lo quitan. Y siendo que hay un problema muy grande de salud mental, en la población en general y en Calafate en particular. De pronto, en la sala de internaciones, la mitad de la gente que está transitoriamente es por salud mental, y sin embargo, nunca entra dentro de la agenda política o económica del hospital. No hay oído para lo que es la salud mental. Se la trata siempre todavía de tener al margen, como algo que sigue produciendo temor, desconocimiento, y eso se mantiene.

Me hace recordar el libro de Leila Guerriero, Los suicidas del fin del mundo. Y si bien vos estás en Calafate, que al menos es una ciudad bastante conocida, donde la gente va y viene, me imagino lo difícil que es vivir en un pueblo de la Patagonia, desde lo físico pero también de las limitaciones simbólicas que genera ese aislamiento

Sí, totalmente, genera muchas limitaciones simbólicas como vos decís y también porque son lugares de transición. Pasa también con mi historia. Son lugares que están por fuera de la historia oficial o de la historia que a nosotros nos cuentan durante la escolarización. Toda esta historia va sedimentando y creando bases o lugares donde pisar en lo que es el imaginario o lo simbólico. Y todo eso nunca ocurrió acá (en el sur), siempre ocurre más al norte: en Buenos Aires, en Córdoba, en Tucumán, en Santa Fe. Y esto sigue esa idea que en su momento se instauró con fines políticos y económicos del “desierto”, de sentirse un poco en un lugar desértico. Esa idea que se instaló para poder llevar adelante las masacres aborígenes, la “Campaña del Desierto”; pero sigue habiendo como una falencia o carencia de peso histórico en estas localidades, que hace que sea más difícil conectarse con el lugar. Y el desarraigo, entonces, se siente un poco más.

Volviendo a la historia de Misiones y Andresito. ¿Qué encontraste en el guaraní como lenguaje? ¿Crees que también ponerlo en buena parte de la novela es una forma de darle reconocimiento a nuestra identidad plurinacional?

Es un idioma que tiene mucha música, de alguna manera el guaraní es muy poético.Y quizá también al ser una lengua directa de las comunidades originarias, está más cercana a pensar en lo mítico y en nuestro propio origen. Eso creo que es algo que siempre me gustó, pensar en lo mítico, en lo fantástico, lo relacionado con la selva, con la tierra en sí. Más allá de que es un idioma dificilísimo para quien no lo tiene como lengua materna, porque la pronunciación es muy difícil, en cuanto a cómo hay que colocar la lengua para determinados sonidos, determinados acentos.

Y para la novela, como no sé guaraní para poder escribir directamente y tampoco quería que fuera así, porque sino a veces es más difícil el acceso al texto, fui tratando de armar una especie de híbrido entre el Yopará (que es el habla que tienen los paraguayos), el guaraní y el castellano, y con esa música. Quizá hay ciertas repeticiones en la oralidad de ese lenguaje escrito ahí que tienen que ver más con la música o lo poético que yo imagino que tiene esa lengua.

Ahí también está un poco la respuesta a eso que me preguntabas. Me parece que el guaraní nos conecta con algo que tiene que ver con lo multicultural de nuestro ser nacional. Siempre esto, por lo menos para los que somos de Buenos Aires, ha tratado de ser como escondido, negado, pero indisociablemente es parte de nosotros. Y el guaraní, las historias guaraníes, son de transmisión oral, la mitología. Entonces me pareció que estaba bueno que pudieran aparecer en un texto de ficción.

Pienso un poco en lo que hablabas sobre La guerra de los secadores, también de esta novela. Y me pregunto si acaso el escritor tiene un compromiso con la realidad que lo circunda.

Me imagino que eso dependerá del escritor, habrá quienes tienen un compromiso y quienes sólo hacen más una descripción o una radiografía social, que de pronto podría estar también en la novela negra. De todas maneras, lo que creo es que uno no se puede disociar de la realidad en la que vive o del contexto en el que vive. Entonces, de alguna u otra manera, esa realidad en la que uno está inmerso se va a deslizar en la escritura. Sea buscado o no, uno forma parte esa realidad y está formado por esa realidad en la que está. Entonces, de alguna forma es hablada a través de la escritura, sea realismo o ciencia ficción



Sebastián Grimberg
El guardián de los cerdos
Indómita Luz
2023

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