Literaturas

Adrián Agosta: “Veo a la poesía como una forma de pensamiento rítmico”

En Cristales, su segundo poemario editado por La Carretilla Roja, el poeta se funde en recuerdos de infancia y adolescencia para recrear una gama de sentidos y sonoridades que recorren el sur del conurbano bonaerense.


Por Laura Bravo.

sobre las picaduras en mi piel Tus uñas
trituran la pequeña hierba que me hace reír Giramos
a una velocidad que me deprime No importa
todo el amor del mundo

Cristales – Adrián Agosta

Desde las páginas preliminares, una cita de Wilhelm Busch nos convoca a una experiencia lúdica de armonía y precisión. Ocurre que Cristales, segundo poemario de Adrián Agosta, apela al encastre acompasado de significantes, a la erótica de la evocación y a un tránsito casi cinematográfico por locaciones como Adrogué, Lomas de Zamora o Llavallol para ofrecernos sus palabras minuciosas y su sólido paisaje sonoro.

Si, como se adjudica a Rilke, nuestra verdadera patria es la infancia (y tal vez, por extensión, la adolescencia), sobre ese cúmulo de vivencias añoradas y recuerdos elegidos se funda buena parte de nuestro caudal narrativo. Desde esta perspectiva, Agosta transita territorios que le son familiares tanto para colorear su relato como para desplegar una pluralidad de sentidos.

La trama de referencias incluye músicos como Ricky Espinosa, marcas comerciales como Topper, Fanta o Camel y hasta entretenimientos pop como Minecraft, el animé o los burbujeros. La inmediatez y el carácter contemporáneo de las alusiones son tan consistentes que nos hacen olvidar de que sólo se trata de un montaje, de un recurso.

A propósito de la reciente presentación del poemario, editado por La Carretilla Roja Ediciones, en el marco de los festejos del décimo aniversario de la Bienal de Arte Joven de la Ciudad de Buenos Aires (que seleccionó algunos de estos poemas en 2021), conversamos con el autor.

Revista ruda


¿Cuándo empezaste a escribir? ¿Cuándo surge tu relación con la literatura en general y con la poesía en particular?

A los cinco o seis años empecé a leer con un entusiasmo marcado. Mi vieja es docente, en casa había mucha circulación de manuales, de libros. A esa edad me encontré con mitos, con leyendas, creo que ahí empezó todo porque la lectura produce reescrituras, ¿no? En otro nivel, tal vez en un nivel mental, las imaginerías me acompañaron durante toda mi infancia. En la adolescencia logré materializar esa pulsión, no recuerdo haber ganado ningún premio pero sí conservo las palabras de una docente que me alentó. De ahí en más se transformó en un ejercicio, pasé a escribir, no con periodicidad, pero sí de manera sostenida. 

¿Cómo surge Cristales

Cristales surge como un capricho. Una vez publicado Entonces sopla el viento y con la cabeza liberada de ese proyecto, de esas pulsiones, de esa efervescencia, me propuse explorar nuevos formatos. De eso queda poco y nada, lo que sí se mantuvo fue un interés por los juegos con las palabras, con su materialidad, con su sonoridad. Me interesaron los juegos retóricos con las aliteraciones. No fue algo que yo decidí, sino que surgió casi intuitivamente. Me encontré escribiendo poemas que giraban en torno a ese recurso antes que en torno al contenido. Creo que la poesía, de alguna manera, es una forma de pensamiento rítmico. 

¿Formabas parte de algún taller en aquel momento?

En ese entonces estaba en el taller de Osvaldo Bossi, los primeros poemas los corregimos ahí; después seguimos en unos encuentros con Andi Nachon. Algo que me inspiró muchísimo fue un taller virtual con Ezequiel Zaidenwerg, de prosodia y otras falopas hermosas. Fue durante la pandemia cuando dije: “lo puedo plantear como un proyecto”. ¿Viste que en la pandemia, a partir del encierro, se generaron nuevas formas de conexión? Hicimos un taller virtual con algunos poetas que admiro y con los que comparto amistad: Denise Fernández, Manuel Duarte, Alejandro Lastra, Timoteo Rinaldi, a través de Facebook o de WhatsApp, creo. Ahí comencé a mostrar esas producciones. A través de la lectura de otros, de la crítica constructiva y de la lectura de libros de nuevos poetas, se fue nutriendo, se fue desarrollando y, por fin, lo pude formalizar.

Llama la atención la convivencia entre páginas horizontales y verticales, entre flujos y versos, el uso de mayúsculas. ¿Cómo fue esa toma de decisiones?

A veces siento que no soy yo quien toma esas decisiones. Veo a la poesía como una forma de pensamiento rítmico. El sentido, desde mi punto de vista, se construye a partir del ritmo, no a partir del mensaje, muchas veces no hay mensaje. Me gusta el juego polisémico y, puntualmente, el juego rítmico. Entonces, si bien el laburo formal es el que me lleva más tiempo, horas frente a la computadora buscando la palabra exacta, a veces creo que a ciertas decisiones las exige el mismo poema. Lo asocio con lo intuitivo, sucedió desde los primeros textos, no poner puntos, dar pausas con las mayúsculas.

“Me sigue gustando volver a esos lugares, me parecen pintorescos, siempre hay un respeto y un cariño por el barrio y por ese otro barrio, por la infancia a la que nunca vamos a poder volver”.

Quise que estos poemas jugaran, además, con la sensación de falta de aire, de modo que también escribí versos largos y eso llevó a que usáramos el formato apaisado. Es una decisión de la editorial antes que mía, pero estuve muy de acuerdo. La verdad es que se fue construyendo casi solo. Insisto con la cuestión retórica, de hecho, los títulos de los poemas iban a ser simplemente el sonido consonántico que estuviera repitiendo ese poema. El juego retórico de las aliteraciones sí fue algo consciente, lo decidí, dije: “que en cada uno de estos poemas se repita tal sonido”. Y así se fue gestando, parece una tontería, parece un juego infantil, tal vez lo sea, creo que eso es lo que más me interesa de la poesía. Me gusta recuperar esa mirada, ese extrañamiento. 

Releí Entonces sopla el viento en estos días, encuentro puntos de contacto, quizás en la cuestión geográfica, aunque también otras búsquedas.  

Tanto Cristales como Entonces sopla el viento, mi primer poemario, recurren a ciertos espacios que fueron fundamentales en mi infancia. En el caso de Cristales, también exploro experiencias en la adolescencia, creo que nunca voy a poder dejar esos espacios atrás, aunque sí me alejé de la emocionalidad que estaba latente en Entonces sopla el viento. Me sigue gustando volver a esos lugares, me parecen pintorescos, siempre hay un respeto y un cariño por el barrio y por ese otro barrio, por la infancia a la que nunca vamos a poder volver.

Nos aferramos a migajas, a fragmentos.

Al recuperar la imagen perdida también estamos recuperando, o intentando recuperar, ese lugar en el que no estuvimos realmente. En Entonces sopla el viento busqué lo anecdótico, todo gira en torno a ese paraíso perdido, Cristales es ficción. 



Adrián Agosta
Cristales
La Carretilla roja ediciones
2023

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