Vértices

“No puede ser que sea delito trabajar”

Después de más de 5 meses de cuarentena, los vendedores ambulantes de la comunidad senegalesa y ghanesa volvieron a las calles. La respuesta de la policía y del gobierno de Horacio Rodríguez Larreta es la de siempre: racismo, represión y robo de mercadería.


Texto y fotos por Federico Muiña.

“Somos gente humilde, trabajadora. Sabemos que quizás estamos molestando, y más ahora en tiempos de pandemia. Pero lo hacemos trabajando. Ninguno de los chicos quiere estar vendiendo porque sabe que es un riesgo, pero es la opción que tenemos para ayudar a nuestras familias y poder comer”, dice Alba Thiam, vendedor ambulante y uno de los referentes de la comunidad senegalesa en el país. Desde que comenzó la pandemia y el aislamiento obligatorio, la venta ambulante se redujo. Pero desde finales de julio, los vendedores que no han recibido el Ingreso Familiar de Emergencia u otro tipo de ayuda estatal tuvieron que salir otra vez a las calles. La respuesta de la Policía de la Ciudad y el gobierno de Horacio Rodríguez Larreta fue -y sigue siendo- la de siempre: racismo, represión, detenciones arbitrarias y robo de la mercadería.

En las últimas dos semanas, fueron detenidos -solo en el barrio de Once- más de 15 trabajadores senegaleses y ghaneses, lo que da un promedio de más de una detención por día. La Policía de la Ciudad, durante un operativo realizado el día de hoy, habló de un “perímetro prohibido”, que comprende la Avenida Pueyrredón, la Avenida Corrientes, la calle Larrea y la Avenida Rivadavia. “Si se ponen ahí los vamos a sacar”, vociferaba un agente policial desde su moto. El mecanismo por el cual se lleva adelante una detención en la zona podría resumirse de la siguiente manera: un comerciante realiza una denuncia porque “hay un negro vendiendo enfrente del local, yo pago mis impuestos, y ese negro no tiene por qué estar ahí”; la Policía, más rápida que cuando la pizza se enfría, llega con motos y patrulleros, golpea, esposa y vuelve a golpear; los inspectores del Ministerio de Ambiente y “Espacio Público” labran un acta; los pibes, en su mayoría senegaleses, son llevados a la Comisaría Comunal 3, luego a un alcaldía, luego a otra y, después de 14 horas, son liberados. La mayoría de las veces, el acta no se realiza.

“Vinimos al país porque Ghana, lejos de lo que fue en su tiempo, ha vuelto a pedir dinero al FMI, y eso es una condena al hambre”.


“Estaba en la vereda vendiendo, sin ninguna marca. Ni Adidas, ni Nike, ni nada. De repente, llegaron muchos policías y autos. Me esposaron a mí y a dos chicos más, y nos robaron toda la mercadería. Nosotros no hicimos nada malo, solo estábamos trabajando”, cuenta Gideon, oriundo de Kumasi, una ciudad ubicada a 400 km de Accra, la capital de Ghana. Ese día, miércoles 19 de agosto por la mañana, fue detenido por más de 12 horas junto a dos miembros de la comunidad senegalesa. Habían pasado solo dos días desde que los comerciantes de Once volvieron a abrir sus puertas. Con la reapertura, volvió la persecución y la represión. Aunque, según remarcan los vendedores de la zona, la represión nunca se fue, solo dio la casualidad de que justo estaban los móviles cubriendo la reapertura de los comercios.

Represión ocurrida en la esquina de Castelli y Mitre el 9 de enero de este año

La historia de Gideon, así como la de Osie, su hermano menor, consistió en recorrer la distancia que separa Ghana de Argentina para buscar un futuro más prometedor. “Nuestro tío, que vive acá hace ya muchos años y tiene la ciudadanía, no ha podido gozar de ningún beneficio”, cuentan los hermanos en un perfecto inglés.

Los jóvenes no pueden ocultar su preocupación. “Vinimos al país porque Ghana, lejos de lo que fue en su tiempo, ha vuelto a pedir dinero al FMI, y eso es una condena al hambre”, dice Osie, que en su país estuvo a punto de terminar la carrera de Administración. “Tengo una causa por resistencia a la autoridad y supuesta infracción ley de marcas cuando yo no estaba vendiendo ninguna. No puede ser que sea delito trabajar. Nosotros queremos ayudar a nuestras familias allá, y también queremos formar familia acá. La base del mundo y la humanidad es la migración”, dice Gideon.

Otro caso es el que protagonizaron Modou, Gachi y Lamine. “Estaba caminando en Plaza Once y de repente aparecen dos policías de civil en motos particulares. Me preguntan qué llevaba ahí, les digo que nada. Me dicen que les dé la mercadería y les digo que no. Y ahí me empezaron a empujar”, cuenta Lamine mientras se acomoda el barbijo. “Nosotros vimos la situación y fuimos a ayudar, a tratar de calmar, pero también nos golpearon y nos detuvieron junto a 3 argentinos que vieron la situación”, explican Modou y Gachi. Los tres senegaleses terminaron con causas por “resistencia a la autoridad” y supuesta “infracción de la ley de marcas”. “No tiene sentido, nosotros no estábamos vendiendo, solo estábamos sentados en la plaza”, sostienen casi al unísono. Gachi todavía está rengo de su pierna derecha a causa del atropello y los golpes que sufrió por parte de los policías.

Gideon el día después de su detención

Es importante destacar que en Once operan muchos policías encubiertos -aunque, muchas veces, es fácil distinguirlos. La forma de “trabajo” de estos agentes consiste en rastrear a los vendedores y, cuando los ven más desprotegidos, la mayoría de las veces los amedrentan con las motos, les roban la mercadería y avisan a los otros efectivos de que “se está cometiendo un delito”. Otras veces, lo que ocurre es que los pibes de Senegal están saliendo de sus casas -que los policías de civil conocen-, los esperan en la esquina, les roban la mercadería y los detienen. “Esto es completamente ilegal. Un policía de civil no puede realizar una detención porque no se encuentra identificado como tal”, detalla Agustina Mayi, abogada del Movimiento de Trabajadores Excluidos.

El operativo del lunes 31 de agosto, que tuvo lugar en Mitre y Pueyrredón, ocurrió por una denuncia anónima de un comerciante. El despliegue policial, siempre inmenso, tuvo la suerte de encontrarse con los trabajadores organizados y con Mayi, suerte de hada madrina-abogada de los vendedores. Al ver que no se podía trabajar, tuvo lugar una asamblea en la plaza. Los senegaleses, después de deliberar un buen rato en wolof -su idioma natal- decidieron lo lógico: realizar una protesta el día miércoles. El reclamo, otra vez, será solo para poder trabajar.

Gachi -izquierda- y Modou, detenidos el miércoles 26 de agosto
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