Literaturas

Celina Feuerstein: “Escribir poesía es también una manera de seguir reescribiendo mi historia”

Celina Feuerstein - poeta - por María Ragonese 01

Celina Feuerstein es Licenciada en Psicología de la Universidad de Buenos Aires (UBA) y trabaja como psicoanalista. Algunos de sus poemas se publicaron en la Antología de Poesía Federal de la Ciudad de Buenos Aires. En marzo del 2018 publicó el libro de poemas La casa vacía, por la editorial Caleta Olivia. Participó en el poemario Martes verde, del colectivo Poetas por el derecho al aborto legal. En 2020 publicó De qué se trata el otoño en mi ventana, su nuevo libro de poemas, por Modesto Rimba.


Por Nicolás Igolnikov. Fotos María Ragonese

¿Cómo fue el proceso de escritura de La casa vacía, tu primer libro?

Cuando empecé a escribir La casa vacía estaba en un proceso de duelo. La muerte de mis padres y vaciar la casa familiar por un lado. Un amor que terminaba por el otro. La poesía fue una manera de ordenarme, de cicatrizar, de tramitar ese dolor.
Durante un año entero me reuní con mis hermanxs en Ocampo (así llamábamos a la casa familiar). Vaciarla fue un viaje en el tiempo, un retornar a la infancia. Mis padres y todxs mis muertxs volvieron a ser velados. Reencontrados y velados y vueltos a reencontrar. La memoria es eso, ¿no? Entre la memoria y el olvido hay un hilo como de barrilete, digo en un poema. Un hilo que se acerca o se aleja. Eso es La casa vacía: un trabajo de memoria y olvido, olvido y memoria. Y la poesía se convirtió en música, evocación, acto de amor.

El registro contemplativo y el nostálgico predominan en el libro. ¿Qué te convoca de estos asuntos?

Junto estas dos ideas. Contemplación y nostalgia. Creo que el yo poético de La casa vacía contempla al recordar. Hay nostalgia y recreación de cada unx de los seres amados, ellxs están ahí y el yo lírico les habla, les pregunta. Entonces respondo: de alguna manera ellxs me convocan, me llaman. Lxs pierdo y lxs recupero cada vez. Creo que eso es escribir, así pienso el acto de escritura: una manera de hacer aparecer, de recuperar, y en cada instante, volver a perder. En ese sentido, a mí se me juntan escritura, poesía y memoria. Al menos en lo personal.

“Escribir poesía creo que se acerca más que ninguna otra escritura a esta fugacidad. Reencontrar, vislumbrar aquellx que evocamos/cantamos, volver a perderlo”.


¿Cómo ves a de qué se trata el otoño en mi ventana en relación a tus trabajos anteriores?

Yo escribía De qué se trata el otoño en mi ventana , que acaba de salir, aún cuando no se había publicado La casa vacía. Fue una época muy prolífica. Los poemas que siguieron, que de alguna manera continuaban a La casa vacía, formaron De qué se trata el otoño en mi ventana. Se cerró una puerta y se abrió una ventana. Y por esta ventana poética entraron versos y recuerdos, versos y amores, versos y música y más versos. Mis queridxs fantasmas entraban y salían, me visitaban, me hablaban. Digo esto y pienso en el prólogo que escribió para el libro Carlos Battilana. Cito: “Resulta paradójico: los muertos no han cesado de vivir ya que realizan acciones fundamentales. Protegen y cobijan. Y todavía se los aloja en el corazón. Son interlocutores a los que se les hacen preguntas como si pudieran contestar a través de la poesía: ‘¿cómo se hace papá?/ ¿se guarda el dolor?’”.

Este libro, en diálogo con el anterior, hace pie en el estado contemplativo que existe ya en la niñez

fui niña pero presentía un abismo
bajo aquellas aguas grises
del océano

¿Qué te llevó hacia esta búsqueda?

Un estado contemplativo que existe ya en la niñez, decís. Me resulta interesante ya que encuentro una relación en ese punto con la poesía. Lxs niñxs contemplan el mundo con su mirada ingenua. Descubren el mundo, sorprendidxs. ¿No es esto un poco lo que nos sucede a lxs poetas? Dejarse sorprender por ese mundo que aparece de pronto, por su belleza. Captar eso que se muestra de golpe, mirar las pequeñas cosas como si cada vez fuera la primera. Niñxs y poetas contemplando y dejándose atrapar por tanta maravilla.

Volviendo a tu pregunta, y a esos versos que citás, diría que quizás escribir poesía, además de todx lo que decía recién, es también una manera de seguir reescribiendo mi historia, los puntos ciegos que quedaron allí desde la niñez. Una manera de seguir descubriendo aún hoy, y siempre. Por eso la poesía me resulta vital. Es respiración, y es respirar. Es deseo, apertura.

Celina Feuerstein - María Ragonese - poeta

Estos poemas suelen tener Otro al que se refieren, una suerte de ausencia que la poética trae mediante el poema. ¿Cómo es construir esa pérdida?

Creo que responder es seguir un poco con lo que venía diciendo antes: escribir es perder y recuperar al mismo tiempo, y escribir poesía creo que se acerca más que ninguna otra escritura a esta fugacidad. Reencontrar, vislumbrar aquellx que evocamos/cantamos, volver a perderlo. Entonces, es un movimiento constante construir la pérdida. Esto no es solo algo que sucede en mi poesía, aunque es cierto que es más evidente ya que hablo de lo que fue (el pasado, los amores terminados, lxs muertxs queridxs siempre rondan en mis poemas). Cierta melancolía no me es ajena, por así decir.

¿Hay algo de tu trabajo como psicoanalista que se imbrique en tu escritura?

Yo no sé si mi trabajo psicoanalítico se imbrica en mi escritura, pero sí encuentro relaciones entre escritura, poesía y psicoanálisis. Escuchar a un sujeto, sus relatos, su padecimiento. Se trata también, entre otras cosas, de palabras. Recuerdo en este momento un libro que leí hace poco, El caso Anne, de Gustavo Dessal. Allí él habla del analista como un cazador de palabras. Reconocer el vuelo de las palabras y atraparlas en el aire, dice. Atraparlas y que después sigan volando, renovadas. Me pareció muy linda la imagen, y muy acertada. ¿Y no es eso también lo que hace un poeta? Atrapar palabras. Mirar y dejarse tomar por eso que viene de afuera. El analista escucha. El poeta también escucha, y mira. Resonancias en la poesía y en un análisis. Hacer con las palabras, ser tocado por ellas. Quizás sea más justo decir que soy escrita, y no que escribo poesía. Algo así como que la poesía nos habla, nos toma el cuerpo, nos canta.

¿Qué estímulos provocan escritura? ¿Qué otros cauces engrosan tu imaginario poético?

Provocan escritura tantas cosas. No sabría decir cómo, o qué. Puede ser un sueño, me despierto y eso está ahí. Trato de plasmarlo antes de que desaparezca. A veces encuentro notas que no sé de dónde salieron, qué son. No recuerdo haberlas escrito. Permanecen así, o las olvido, o se transforman en poema. Otras veces siento algo que está ahí, como por aparecer. Algo que quiere ser dicho, no sé cómo explicarlo. Y eso me va llevando, va saliendo. En otras ocasiones pienso, tengo una idea y trato de plasmarla. Los estímulos pueden ser momentos, objetos, seres queridos, lugares. Mirar por la ventana y descubrir un árbol, o el sol, o una calle rota, o un poste de luz. Quiero decir, cualquier cosa puede disparar el poema. Y leer claro, poesía o prosa. Eso me provoca deseo de escribir. Por último se me ocurre que es muy gozoso y estimulante para mí viajar. Los viajes son fuente de escritura, y eso me conecta con la última pregunta.

¿Hacia dónde sigue tu trabajo literario ahora que fue publicado este libro?

Te decía de los viajes, y de hecho cerré un libro de poemas a la manera de una crónica de viajes. El libro se llama A la velocidad de la luz, veremos si puede salir en el 2021. Es diferente a mis otros poemarios, no tiene nada de la evocación. Son poemas en movimiento diría, vitales, poemas que pasean y descubren rincones. Poemas caminantes. Poemas maravillados por tanto mundo desconocido, nuevo. Maravillados por tanta luz. Son poemas y pequeñas prosas que los introducen. Y esto de las prosas poéticas es lo último en lo que estoy trabajando, sin saber muy bien hacia dónde me llevan. La idea por ahora es seguir, y quizás se venga el libro en prosa. En eso estoy, a veces más trabada en medio de esta pandemia y cuarentena, a veces menos.


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