Poéticas

María Malusardi: “La poesía está en lo inexplicable, si uno puede reducir un texto a una explicación ya no hay poesía”

María Malusardi - Julieta Bugacoff

Poeta, escritora, periodista y docente, María Malusardi ha recibido premios, menciones y becas. En 2021 publicó Una madre es un piano triste por Las Furias editora, en donde, a través de la original mixtura de discursos, como la poesía, el ensayo y la crónica, arma la trama de una tópica que aborda hace tiempo pero que no pierde actualidad: la no maternidad y su relación con el deseo.


Por Ana Frandzman. Fotos Julieta Bugacoff.

En el vientre de la madre,
el corazón del embrión
permite que el hijo soporte el rumor del corazón materno
y lo transforme en su propio ritmo

Pascal Quignard en El odio a la música

tú me estas pidiendo que sea tu madre y no tienes derecho,
tú tienes una madre, aunque no te guste, 
a los padres no se los elige son los que son, Rosa!

Manuela a Rosa en Todo sobre mi madre

Nos reunimos en la pantalla, nuestras caras que aparecen al lado están, probablemente, a un poco más de un barrio de distancia. Sin embargo, algo parece acotar ese trecho: ambas tenemos gatos. “Es un animal peculiar, hace lo quiere, si tiene ganas se entrega, si no se va” dice María. La escucho y recuerdo el final de uno de los poemas de su libro: “Los gatos no están hechos para ser hijos. Los gatos están hechos para escapar”

Revista ruda

En Una madre es un piano triste nombrás tu no ser madre de un modo singular: maternidad no, ¿cómo llegaste a esa formulación?

No lo sé. Sólo podría decir que me resulta una manera diferente de la negación. Más poética, más hermosa, menos hiriente, quizás. Pero también aparece la maternidad desde mi ser hija, desde donde creo que pude construir más una ficción que me divirtió, que me enterneció. Lo que hice fue rescatar anécdotas, recuerdos y elegir entre las tantas de la vida, son pequeñas cosas que pasaron y debe haber muchas más. Intento que esas escenas dialoguen con mis poemas a partir de mi maternidad no, que es uno de los ejes temáticos de mi escritura. Aparece ahí la parte más reflexiva, más ensayística. ¿Qué es la maternidad? ¿No soy madre porque no pude, porque no quise, porque no se dio o porque cuando quise no pude? 

En una parte del libro haces referencia a no ser madre como una posición disidente: “No ser madre se inscribe en una diversidad. Es un género aparte. Y expulsado.” ¿A qué te referís con esto?

Digo que la no maternidad es una disidencia porque creo que, al menos en mi caso, no fue una decisión, sino algo que sucedió. No fue una elección. La disidencia implica un corrimiento de lo esperado por los demás, por esas otras miradas que son las del sentido común, las del sistema, las de la sociedad.

Muchas veces la gente pregunta si tengo hijos. Y cuando respondo que no automáticamente aparece el comentario: qué pena. No. No es así. No tener hijos no es una desgracia. Es sencillamente una pérdida, una de las tantas que nos da la vida. Me considero una persona “tremendamente” afortunada, tengo una vida digna en este mundo difícil y tantas veces cruel, no hay nada que lamentar. Sin embargo, vivo en un estado de incomodidad en relación al mundo y sus mandatos, esa incomodidad de no entrar en ningún casillero. A veces creo que lo que más me pesa de no tener hijos es el corte abrupto, la no continuación de mí en quienes deberían venir después de mí, y desde mí.

Creo que en el libro lo mencionás como herencia amputada

Sí, eso de que nadie va a mirar tus fotos y a señalarte amorosamente: mi madre, mi abuela, mi bisabuela. Eso me parece triste. Pero también es una construcción melancólica.

“No tener hijos no es una desgracia. Es sencillamente una pérdida, una de las tantas que nos da la vida. Me considero una persona “tremendamente” afortunada, tengo una vida digna en este mundo difícil y tantas veces cruel, no hay nada que lamentar”.


En el libro pude leer que, aún no siendo madre, puede haber intersticios de maternidad,

Es la necesidad del amor. Hay un poema de Yehuda Amijai, un poeta israelí que amo profundamente, que ilustra perfectamente esta cuestión. Te lo voy a leer:

las personas 
se utilizan como remedio para su dolor
se ponen unas a otras sobre sus heridas existenciales 
en el ojo en el sexo en la boca y en la mano abierta
se agarran unas a otras y no quieren soltarse 

En verdad, lo que se necesita es el amor, de una u otra manera, en sus diferentes posibilidades. Lo que pasa es que son diferentes amores, hay amores que son mucho más tremendos. El amor entre padres e hijos puede ser una catástrofe. Mi historia como hija me marcó. Y hay allí mucho dolor. Entonces siempre vinculé la maternidad con el dolor. En el libro lo dejo entrever, porque fue lo que me transmitieron: tener hijos es sufrir, porque tenés todo el tiempo miedo a que les pase algo, estás todo el tiempo pendiente de una posible tragedia. El amor como exceso. La desmesura. Esa es mi historia, no son todas las historias así. Pero en la mía, el amor y la tragedia van de la mano.

En Una madre es un piano triste subrayás el lugar inherente a la existencia: todos somos hijos o hijas de alguien. Desde esa perspectiva, ¿cómo pensás la relación entre infancia y maternidad?

La infancia para mí es un lugar. Y es también un tiempo. Ambas cosas entrelazadas. Un lugar al que nunca querría volver. Un tiempo que me gustaría recomponer. La familia lo es todo en ese momento, tal cual están planteadas las cosas en nuestra cultura occidental. Entonces, cuando la base falla por algo, cuando hay rajaduras, inestabilidad, fragilidad en el entorno adulto que es el que debe responder por las niñas y los niños, la vida se desmorona. Al menos eso me sucedió a mí. La infancia se volvió un lugar aterrorizante. Siempre me dolió mucho mi familia, me quedé con ganas de otra cosa, me hubiera gustado que fuera diferente, me refiero a vivir con alegría y humor. Mi familia es amorosa, intensa, sensible y muy solidaria. Estas, diría, son virtudes. Pero también es soberanamente densa y hemos vivido momentos de mucha destructividad, dolor, depresión. No se elige la familia de origen, ya lo sabemos. Y con mucho trabajo interior y algo de azar, por qué no, acaso podamos elegir lo que construiremos hacia adelante. Podemos permitir que la historia haga con nosotros lo que ella quiera o bien podemos hacer algo con esa historia, como decía Sartre. No es fácil, pero es el único y gran desafío.

En tu libro Trilogía de la tristeza (Alción, 2009) relacionás la maternidad con tres figuras literarias: Kertész, Celan y Kafka. ¿Cómo surgió este libro y por qué elegiste a estos autores?

Hacía poco me habían realizado la histerectomía. Un día descubrí Kaddish por el hijo no nacido de Imre Kertész y me desgarró. Así nació Trilogía de la tristeza. Kertesz delata en sus escritos una gran amargura, estuvo en dos campos de concentración, quedó muy lacerado. Un tipo ácido, brillante, que además tuvo un padre, por lo menos eso evidencia en la novela, que detestó. Para él traer hijos al mundo era una tragedia. Kaddish es el canto a los muertos en hebreo.

Esto es lo que me pasa a mí, tengo que hacer un duelo por alguien que nunca estuvo en este mundo. Un muerto que nunca nació. Como si la muerte antecediera al nacimiento. Para mí fue muy fuerte, porque eso es lo que sentí, algo tremendamente doloroso, ahí me puse a jugar con la maternidad: el que de mí no ha nacido hace esto, no nació, pero hace, está. Así surgió la idea de maternidad no. Jugar con estos tres autores, con sus historias dolorosas, sus derroteros, lo que dejaron en sus obras a partir de vidas muy terribles. Sus obras me atravesaron y me atraviesan. Son parte de mí.

En 2018 publicaste por Ediciones En Danza El descenso de Jacqueline Dupré. Dentro de ese libro está El Orfanato donde también abordás las posiciones de hija y madre.

El orfanato surgió a partir de un sueño. Llegaba a una playa donde estaba instalado un orfanato, como un jardín de infantes: mesitas y sillas y niños y niñas por doquier, pero en la orilla del mar. Niños sin padres ni madres. Un sueño muy fuerte. Me desperté y empecé a escribir. Escribí diez páginas sin detenerme. Lo que salía. Derramé sin parar. Lo que luego trabajé allí, casi conceptualmente, es mi maternidad no como la verdadera orfandad. Una orfandad a la inversa, digamos.

Tu escritura tiene una música muy particular, la manera en la que cortás los versos, la cadencia. ¿Cuál es tu relación con la música?

La música es crucial en mi vida. Desde el comienzo de Una madre es un piano triste se evidencia. Diría que es una tradición familiar del lado materno. Lo que podría agregar que no está en el libro es que he cantado, toqueteado con cierta facilidad instrumentos y hasta estudiado, pero nunca con el rigor que acarrea cualquier actividad artística que quiera encararse seriamente. Soy muy caótica y para ser instrumentista, intérprete (toco la flauta travesera), es necesario dedicarle muchas horas al instrumento y con un rigor que sí tengo para escribir y leer pero no para la música. Es curioso. En fin. Lo cierto es que me desvié -siempre me gusta esta palabra: desvío- hacia la escritura. Y descubrí con el tiempo que esa imposibilidad de la música es la posibilidad en la escritura. La imposibilidad de la música en mí (ser música enteramente) es -y está en- mi escritura. 

“La escritura me acompaña y me sostiene en esta vida, es una red, un acompañamiento feroz, está entramada en mí, es algo que por momentos me hace muy feliz y por momentos muy infeliz. Es como el amor. Pero no te salva de nada”.


¿Cómo te relacionás con el lenguaje a la hora de escribir?

Lo que hago con el lenguaje es escarbar en él, respetando lo que el lenguaje me propone. Hay un misterio en eso, porque no es algo que provoco sino algo que me aparece. El lenguaje poético, dislocado, en estado de rebelión, me aparece mágicamente. Y lo pongo a jugar con facilidad y naturalidad. Pero después sigue un trabajo riguroso. Es un diálogo, es como si saliera algo de debajo de la tierra y se te presentara así, brutalmente, sin entender muy bien de qué se trata. Sin entenderlo y entendiéndolo todo. El entendimiento tiene que ver con el oficio, con lo que uno va aprendiendo, porque el lenguaje se aprende, pero hay algo que está más al fondo, que está detrás, que emerge por debajo de lo que se aprende. Es un misterio, sin duda. Pero también, escribir y lograr calidad requiere de mucho trabajo, ir tallando, poco a poco, con suma paciencia y pasión, casi un oxímoron.

Se percibe en tu escritura esa delicada labor.

Soy muy obsesiva. Trabajo el lenguaje hasta el final. Abandono y regreso. Dejo que el lenguaje se acomode y regreso. En ese sentido, necesito tiempo para escribir. Lo importante es lograr que no pierda espontaneidad, ese es el gran mérito: trabajar la escritura finamente sin perder espontaneidad. La escritura es artificio, si se pierde la espontaneidad se pierde el alma, entonces, trabajar el lenguaje sin que se pierda el alma.

¿Cómo se combinan en tu libro la ficción con lo autobiográfico?

A partir del momento que decido contar algo desde la voz de una niña en presente, una niña que no tiene lenguaje todavía -porque está en la panza de su madre, porque tiene un año y aunque tenga siete no tiene ese lenguaje- ya estoy en la ficción. Más allá de que todas las anécdotas forman parte de la vida real porque me las han contado, porque las recuerdo. Creo que los recuerdos son una construcción especulativa de cosas que nos han pasado y que uno inexorablemente tergiversa o acomoda en función de un relato. Me refiero a un relato cotidiano, casero. A veces no sé diferenciar mi propio recuerdo de lo que me han contado, porque eso que me han contado lo reconstruí como recuerdo propio. La pregunta sería: ¿Es un recuerdo o es una construcción de un recuerdo de otros? Entonces creo que el recuerdo es una ficción, parto de esa idea. Hay muchas de esas pequeñas escenas. Mi madre me decía que yo le sacaba los puntos de la máquina de tejer, una Singer, y que ella se enojaba hasta que entendió que tenía un año y sólo quería su atención. Sin duda, esta pequeña historia ha tenido sus consecuencias y además hice con esa historia algo más. Fui más allá.

Claro, uno de los textos del libro recrea esa escena. Lograste, con la imagen de un puñado de agujas y mucha curiosidad, armar un paisaje que habla de la infancia, el deseo y la maternidad.

Es asombroso cómo de lo insignificante se puede hacer poesía. Pero cuando uno lo intenta explicar se pierde la poesía. La poesía está en lo inexplicable, si uno puede reducir una historia o un texto a una explicación ya no hay poesía. Esas anécdotas, esas pequeñas historias que son íntimas, e incluso infraordinarias, es decir pequeñas, pueden transformarse en poesía a partir de un trabajo de la mirada en connivencia con el lenguaje. Es el misterio del arte. Uno trabaja con el lenguaje, con las emociones, con todo lo que uno acarrea en la vida.

Hay poema, pero también un registro más narrativo cercano a la crónica periodística.

Hay pequeñas crónicas, cierto. El relato sobre la operación, la histerectomía, por ejemplo. Son crónicas porque son historias reales. Traté de ser lo más sutil posible, de trabajar poéticamente, porque no me interesa lo lacrimógeno, ni el melodrama sino lo que pasa en la vida por más duro que sea. Hay cosas que son duras. Te sacan el útero y esa es la confirmación de que ya no vas a poder ser madre, cuando antes pudiste haberlo sido. Siempre hubo una ambigüedad en mí: deseo y rechazo al mismo tiempo. Deseo y terror. Mi no maternidad es algo doloroso y también es un alivio. Ambas cosas. Cuando veo situaciones de mucho sufrimiento de los padres con los hijos me digo a mí misma: qué suerte, qué alivio no tener hijos. Pero en verdad no sé qué es tener hijos, no tengo un parámetro. En definitiva, hay un estado siempre extraño y abierto. Nunca cierra. Ni me paso llorando por los rincones porque no soy madre ni tampoco, en el otro extremo, haciendo loas. Tampoco hago de eso una cuestión política. Es complejo, sumamente ambiguo y lleno de emociones permanentes.

Extraje de tu último libro dos citas que me convocaron mucho:la escritura como nacimiento” y “lo irremediable empuja a la escritura”. ¿Cómo se conjugan la escritura y la vida en vos?

Creo, y esto lo vio María Teresa Andruetto y me gustó mucho que lo haya visto, que Una madre es un piano triste también es un libro sobre la escritura-una llegada a la escritura, dice ella parafraseando el título de Cixous- o quizás es básicamente un libro sobre la escritura. La escritura es mi vida. Pero la escritura no reemplaza, ni cubre, ni protege, ni alivia, ni salva. A esta altura sé que no hay salvación. Al menos no para mí. La escritura me acompaña y me sostiene en esta vida, es una red, un acompañamiento feroz, está entramada en mí, es algo que por momentos me hace muy feliz y por momentos muy infeliz. Es como el amor. Pero no te salva de nada.

María Malusardi - Julieta Bugacoff 4

¿En que estas trabajando ahora?

Ahora estoy indagando sobre los ruidos que me torturan. Todo lo que es la sonoridad me parece interesante. Me compré un libro sobre la historia del silencio desde la antigüedad al Renacimiento, leí además El silencio de David Le Breton y El silencio de Luis Gruss, entre otros. Voy recopilando material sobre los ruidos, sobre las sonoridades pequeñas. Remo, mi gato, mientras se lame, desprende una sonoridad extraña: su lengua seca y pequeña raspando su pelaje. Pero fundamentalmente mi relación con los ruidos se da desde una perturbación. Tal cual sucede en El silenciero de Antonio Di Benedetto, maravillosa novela. Estoy tomando apuntes por ahora. También tengo varios poemarios encaminados, otros ya terminados, reposando, a la espera. Uno de ellos, Ruinas perfumadas, es sobre la enfermedad y la muerte de mi padre. Y otras cosas en proceso. La escritura es un continuo. Interminable y feroz.

Hace un tiempo obtuviste una beca del Fondo Nacional de las Artes para trabajar sobre la obra de Alberto Szpunberg.

Asamblea permanente. Diálogos para una hermenéutica, así se titula. Quizás un título un poco pretencioso (risas), pero me gusta lo que este título propone: la idea de la poesía como diálogo, que viene de Hölderlin. Propuse el proyecto y me gané una beca en el Fondo Nacional de las Artes. El libro aún está en proceso. Entonces, mi primer compromiso de escritura está puesto aquí, en terminar este libro. Y publicarlo. Este libro es importante por muchas razones: primero porque Szpunberg es un poeta extraordinario y además porque hemos tenido una amistad entrañable. Durante un tiempo largo, grabé, con su permiso, por supuesto, nuestras conversaciones sobre poesía, política o cuestiones cotidianas, trivialidades. Me cuesta mucho desgrabar, escucharlo. Todavía me duele su partida. Pero dialogar con su obra y con él ha sido, es y será un privilegio. Otro proyecto en estado de latencia es Nadie sabe qué hacer con los poetas; que recopila todos mis escritos sobre poesía, que son muchos, demasiados, así que hay que elegir, ordenar, editar, recrear.


Seguimos conversando, anoto recomendaciones, lecturas, frases; van y vienen las anécdotas, los recuerdos. Las palabras se pronuncian infinitas para dilatar el cierre de lo que, a mi parecer, tuvo la estofa de un encuentro.

Afortunadamente, algo que la pantalla aún no nos ha podido quitar.



María Malusardi
Una madre es un piano triste
Las Furias editoras
2021

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