El Pregonero

Defensa o legitimación: una crítica al piedrazo

Defensa o legitimación - la crítica al piedrazo cultura libre

A fines de abril se generó en redes sociales un debate en torno al campo literario, los derechos de autor y de acceso a la cultura que, lejos de alimentar nuevos caminos, se cerró en posiciones encontradas y ataques personales, llegando incluso a los medios gráficos masivos. En esta nota, damos una vuelta de tuerca más para intentar construir un debate digno del siglo XXI.


Por Nicolás Igolnikov.

¿Cómo puede, de la noche a la mañana, pasarse de la coexistencia pacífica de un alto volumen de obras en PDF a una grieta hacia adentro del campo literario capaz de pregnar en medios masivos de comunicación como ser Clarín, Perfil, Infobae, entre otros?

La situación de los PDF desencadenó un debate que se podría, con todos los riesgos que un recorte implica, situar en una representación como la de abajo.

Esta disposición permite modelar, pensar, describir y posicionar diversas posturas que se vieron a lo largo de las últimas dos semanas. Ahora, ¿qué tienen en común les autores que se manifestaron como usurpades, y les acusades de usurpadores?

La “etapa de formación”: una trayectoria romantizada

Es sabido que, para alcanzar una posición de estabilidad dentro del campo literario (que dialoga con el campo académico) es preciso transitar larga y penosamente un período de (muchos) años de precariedad del trabajo literario, denominados bajo el eufemismo de la “etapa de formación”. 

Esta formación no es mayoritariamente en pupitres, adquiriendo ediciones oficiales y con un programa de estudio impuesto por una universidad (entendida como mediadora del campo académico y social): así como el trabajo literario es, durante una considerable cantidad de tiempo, informal, así lo es también la formación de quienes lo ejercen. Como refiere Beatriz Busaniche (comunicadora social, docente en la UBA y presidenta de la Fundación Vía Libre) en esta nota: “los autores son figuras claves en el desarrollo cultural; pero también es clave el acceso y la participación. Es imposible tener autores sin previo acceso y participación; esa es la parte que muchas veces se soslaya en el debate”. 

Pero entonces: si podemos afirmar que quienes se consideran escritores acceden y se forman al abrigo del material disponible en la esfera de la cultura libre, ¿cómo explicamos que la Cámara Argentina del Libro se pronuncie bajo la consigna “No difundas PDFs o fotocopias de autorxs con derechos vigentes”? La autora Clarice Lispector falleció en 1977. ¿Debería esperarse hasta 2047 hasta poder circular libremente sus obras? ¿No se la da a leer en la carrera de Letras de la UBA o mismo en la de Artes de la Escritura de la UNA?

Por supuesto, si el recorte fuera tan simple, no habría nada que recortar. No debería escapar a una buena lectura el hecho de que, a su vez, difundir una obra irresponsablemente puede desembocar en un perjuicio muy grande. Tanto es así, que cuatro autoras de renombre marcaron efusiva y -debemos, a estas alturas del partido, admitirlo- grandilocuentemente una incomodidad real frente a la disponibilidad de sus obras en el grupo de Facebook Biblioteca Virtual ( obras cuya administradora, Selva Dipasquale, quitó en cuanto se hubo enterado). ¿Por qué la incomodidad? Hay dos grandes rasgos en dichas incomodidades: los de índole monetaria y los de índole simbólico-subjetiva.

Poseer un PDF: ¿lujo o lucro?

Una pregunta directriz para el asunto monetario bien puede ser: ¿en qué se diferencia un sujeto que posee un PDF del libro de une autore, a uno que no? En cuanto a lo material, la respuesta sería bastante sencilla: dispone de un archivo imprimible, legible desde cualquier dispositivo capaz de leer archivos .PDF, distribuible a su gusto en los servidores/medios que tenga a disposición, en el que dispone de un producto literario (por simpleza, diremos) acabado. Sin contar, claro, que la persona tiene acceso a Internet, que dispone de un aparato capaz de acceder, descargar y visualizar.

Vayamos un poco más allá. ¿Qué significa que 100 personas dispongan de un mismo PDF? Además de repetir 100 veces las variables individuales, también hablamos de un potencial aumento de la comunidad de personas que acceden a dicho PDF, así como del rango de conocimiento respecto de, al menos, el título de la obra y el nombre de su autore.

Ahora, ¿qué impacto tiene esta disponibilidad del PDF en cuanto a lo estrictamente económico? Al final de esta nota dispondrán de un glosario de archivos, notas y entrevistas que sirven para dar luz a este complejo asunto. Cabe decir, a título ilustrativo solamente, que hay sobradas experiencias que muestran (no sólo en el ámbito literario) que la circulación no oficial de textos publicados redunda en una suba en las ventas del objeto libro (causas de esto hay muchas: fetichización del objeto, publicidad gratuita, diferencia en la experiencia lectora, incluso variables morales). Puede ponerse, como un ejemplo, el caso de la editorial Buenos Aires Poetry, cuya cantidad de descargas a partir de la liberación de su contenido durante la pandemia la posicionó en un lapso espectacularmente breve en exceder las 10.000 descargas, con acceso a mercados de todo el mundo y a cobertura mediática considerable. ¿Se fundirá la editorial o, al contrario, capitalizará el público captado?

Ahora, ¿qué ocurre en el mundo de le autore que ha producido ese libro y lo ve circulando?

La difusión de la obra: una puesta en acto

Hoy en día, el paradigma de circulación “oficial” se rige por las leyes de propiedad intelectual. “Todas las legislaciones coinciden en considerar que el autor tiene derecho al reconocimiento de la autoría y a decidir o no la divulgación de sus textos (…) Además, corresponde al autor decidir en qué condiciones se va distribuir su obra y si permite o no que ésta se modifique” (La tensión entre universidad y cultura libre, Pablo Vanini, pags 58 y 59). Bajo un signo estrictamente legal, cae de maduro que la divulgación no autorizada de obras es, como mínimo, reprochable. No obstante, no es reprochable porque contradice una ley. Es reprochable del mismo modo que lo es divulgar una imagen de alguien, incluso aunque esa persona la haya difundida públicamente, en un contexto en que esa persona no lo desea. Una producción escrita puede estar emocional y personalmente vinculada a quien la escribe, y este vínculo no es menospreciable. Por otro lado, es probado que quienes se quejaron por haberse subido sus textos en PDF al citado grupo, sí los tienen subidos a otras plataformas de descarga gratuita. Es decir: los textos siguen siendo igualmente accesibles. No obstante, tampoco caben reproches en esta dirección: cada cual es libre de ofrecer, donde le resulte de su agrado, su material. Esto no quita, claro, que si ofrezco gratuitamente mi libro en una determinada plataforma, y al tiempo se vuelve best seller o candidato a un premio internacional de renombre, no debería sorprenderme encontrarlo en un grupo masivo dedicado a la lectura, y hasta podría resultar extraño acusar al grupo de estarme robando.  

Más allá del ejemplo: ¿por qué, entonces, tantes escritores incurren en fórmulas a todas luces falsas como “cada PDF que se descarga es una venta que se pierde” o “distribuir un PDF es robarle a les escritores”? ¿No sería más deseable construir colectivamente, como propone Barbi Couto en este artículo, un compromiso para con el deseo de les escritores? ¿Por qué, en cambio, se ataca a les lectores como si fueran personas tontas e incapaces de discernimiento? ¿Por qué se acusa de robo a un grupo destinado, ante todo, a la circulación comunitaria del virus de la cultura libre? 

Si asumimos que nadie utilizaría argumentos falsos/tendenciosos con el objeto de reforzar un reclamo y volverlo viralizable, entonces estamos frente a un desconocimiento de las variables reales de la circulación de material online y su relación con el físico. Variables cuyo análisis es fácilmente encontrable, no sólo vía Google, sino contactando a les múltiples actores del campo literario que saben y militan abiertamente el tema. 

Ahora, ¿deberíamos pensar que escritores de renombre, plenos de acceso a la cultura libre y académica, carecen de la entereza y la integridad para fundamentar apropiadamente sus concepciones? ¿Deberíamos asumir que una suerte de híbrido entre ego, calentura, deseo de ser noticia devora su capacidad crítica?

Por supuesto, la idea es no hacerlo. Pero entonces, si tienen un mínimo grado de conocimiento sobre estas variables, ¿por qué embanderan un discurso falaz para legitimar sus reclamos?

El status: tensión entre acumulación y estabilidad

La referida “etapa de formación” no sólo es un período de acceso a material (vía la cultura libre) de interés personal o del campo. Casi simultáneamente, les autores entran en contacto con los comúnmente menospreciados espacios “del under”. Menospreciados por su falta de legitimación institucional y su naturaleza autogestiva, aunque estos realmente constituyan la pulsión vital del campo literario. Lamentable e históricamente, la lógica de quienes acumulan capital es desmerecer a quienes trabajan con menos recursos, apelando frecuentemente a una equívoca asociación pobreza-incapacidad cuya raigambre en el sistema de producción capitalista es evidente. Amén de esto, ciclos, revistas, pequeños programas de radio, dossiers, grupos de facebook y otros se erigen y desplazan en torno a ciertos círculos ya constituidos, a veces de manera más satelital y otras de manera más orgánica, con el objeto de hacer circular la producción literaria, de sostener y generar lazos, en definitiva: por mantener viva la parte viva de la literatura. 

Y en la etapa de formación, el acceso a estos espacios es fundamental, dado que el campo literario los frecuenta y los emplea (informalmente, claro) para sostenerse y ampliarse. El under como conjunto es, junto al ámbito académico, donde se disputa, busca y establece el tan preciado status. Y así como las credenciales, la participación implica una alta inversión de capital económico y social: requiere codearse, pasar tiempo, involucrarse personalmente con quienes forman parte, hacer amistades, etcétera. Superar los 100 me gusta por publicación hacia ciertos círculos no depende sólo de la capacidad de sacarse buenas selfies y de escribir más o menos buenos textos: en esos números se imprimen horas y horas de operaciones silenciosas, de acuerdos pequeños, de complicidades. 

Ahora bien, esta acumulación se caracteriza por ser extremadamente lenta (un poco menos cuando el talento o los contactos son rebosantes) y, ante todo, profundamente inestable. Es como llenar con gotero una copa y andar a ciegas con ella. Por esto mismo, para resguardar las copas, en este campo particularmente signado por codificaciones simbólicas, a la hora de disputar sentidos la polarización se vuelve una estrategia. Así llegamos al caso que nos convoca, que es, a todas luces, uno de los más grandes del último tiempo, y así lo son sus consecuencias y sus evidencias.

En estos procesos de polarización simbólica, las declaraciones y acciones públicas, mucho más que para producir cambios sustanciales, sirven para consolidar y establecer el status. Y los piedrazos, más que un mecanismo de defensa, son una muestra gratis del arsenal y de les apedreadores disponibles: la bravura sigue siendo una muestra de poder. Esto cae de maduro especialmente ahora que, a dos semanas ya del estallido, aún no se han visto, por parte de quienes tiraron la primera hondonada de piedras, acciones reconstitutivas, sino al contrario, empezó una nueva etapa de solapamiento de otros discursos y registros simbólicos con el fin de darle a las acciones irresponsables una apariencia de profundidad inexistente o, en última instancia, descubierta a posteriori. No se ha visto a nadie pedir disculpas por ningunear a escritores, editores y lectores por igual, por tratar a quienes disienten de cierto planteo efectista como que “no saben”, “no entienden nada” o mismo “que es por envidia”. Lo máximo que han hecho es borrar publicaciones y resubirlas en un formato más políticamente correcto. No hay debate: hay pavoneo y consolidación. Cosa de no extrañar ya que el status, más que una postura crítica, exige una cohesionada. Y la cohesión es lo primero que se aprende cuando se empieza a escribir.

Entonces: ¿queremos legitimar mecanismos de preservación de status que priorizan discursos de efecto (cuya consecuencia en la masividad es la cristalización de prejuicios y prácticas incluso perjudiciales para quienes los enarbolan), en vez de construir colectivamente un espacio crítico, maduro y, ante todo, orgánicamente informado? 

La respuesta a esta pregunta queda a cargo de une buene lectore.


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