Piedra Libre

El cruce epistolar | Con Pablo Di Marco

El género epistolar nunca perdió su magia, pero en medio de una pandemia, se revitaliza como una forma de conversación. Un fugaz encuentro entre escritores sobre hermandades, casualidades e inclemencias naturales.


Por Pablo Pagés.

Viernes 22 de octubre de 2020
Islas del Delta, Buenos Aires

Estimado Pablo Di Marco,

Lo ecléctico de esta carta solo se debe a octubre y sus connotaciones fabulosas para esta historia que se construye con fósforos y naipes y se fataliza con las revueltas inevitables de las luchas por la libertad.

Pablo Di Marco, he seguido tus laburos, son realmente buenos. Ciertamente el tiempo interno que maneja una carta es muy distinto a otras formas más actualizadas de comunicación. Uno, por decir uno, va diagramando en su cabeza las cosas que quiere narrar y sus intenciones postales. Tiene que ser como un boxeador: saber esperar, preparar la escena y meter como pueda el mejor cross a la mandíbula, por citar nomás a nuestro querido Arlt.

Además, considero que determinados hechos no pueden decirse sin la descripción poco simétrica, pero seguramente honesta, de cómo las cosas se suceden, contra todo pronóstico, confusas, traicioneras e invisibles. Ahora, recién ahora, me doy cuenta de que nada es lo que parece. Al menos, si los crímenes quedasen sin castigo no desaparecería sin antes advertir su morfología infame, sin haber dejado constancia de su artilugio, su crueldad y su patetismo.

Y en este punto quería hacer pie. Acá, donde me encuentro en esta parte de la enorme primera sección de islas del Tigre, las cosas llegado el calor se ponen raras. Por la fecha, quizá, o las largas noches, la brutalidad acontece. Entre borracheras y entredichos siempre se pone un poco más picante que en otras estaciones del año. Pongamos que estas manifestaciones son el resultado de una sociedad que aún no ha resuelto su manera para tratar las necesidades de los que menos tienen.

Suelo tomar alcohol todo el año, de forma moderada. Pero en octubre, una botella dura minutos y mi humor es intolerable. Es un tiempo éste en el que prefiero hablar de trivialidades aunque de vez en cuando haya que escupirle la cara a alguien.

En octubre Colón “descubre” América. Solo con este hecho no hay que hurgar demasiado hacia atrás o hacia delante.

Todos los años pasa lo mismo. Cuando alguien dice que tal o cual tomó esa u otra tierra para hacer su pequeña cabaña, humilde, tan solo unas chapas para cubrirse de la lluvia. Solo para sobrevivir. Porque este lugar es hermoso pero hay que vivir todo el año lidiando con muchas cosas. Desde los vientos del sur hasta disponer de agua potable. Apenas dos ejemplos entre una gran lista de responsabilidades. Creo que vivir en la isla tiene, aún, esa idea romántica de supervivencia, que hemos perdido o tal vez modificado, quien sabe cuánto tiempo atrás.

La mayor diferencia entre isla y continente es que uno está gran parte del año ocupado en mantener de pie su rancho. La humedad, el agua, solo por mencionar estas dos cosas, van y vienen, y todo, finalmente, se destruye. Las maderas se van pudriendo, los materiales se gastan, el agua va y viene y la humedad castiga año tras año un poco más el cuerpo. Acá está lo romántico del asunto. Conocer la naturaleza misma para aprender de ella. Estar acá es volver la existencia un poco más agradable. Por esto creo que la solidaridad entre los vecinos por arreglar problemas en común genera lazos muy fuertes que ni por casualidad sucede algo similar en la ciudad.

Le voy a hacer una confesión, Di Marco. No soporto que me den órdenes y aún no entiendo que es esto de la propiedad privada. Por lo primero puedo decir que tal vez hay algunas cositas de mi madurez que no están resueltas o de forma simple, no quiera resolver. Por lo segundo, ya lo sabe, esto de estar de pedo en este mundo que está de pedo en este lugar de vaya a saber qué remoto universo y, ante semejante cuadro, tener la torpeza de decir que esta cantidad de metros cuadrados son míos, me pertenecen, suena algo relacionado con el paroxismo. Pero bueno puedo entender también que, tal vez, estemos pasando por una etapa donde tenemos que comenzar a dar un pequeño salto evolutivo hacia una filosofía de la existencia, que tome todo el maléfico cóctel de leyes y le dé otro contexto más humano al asunto. Pero parece que hay que esperar para esto. Mientras tanto, por el momento, ya he tenido un par de visitas del agrimensor y tengo una idea algo general de dónde estoy parado.

La situación está complicada de todas maneras Pablo. Aquí, allá y en Normandía con esto de la pandemia. Cierta constelación de iniquidades que llamamos de manera irresponsable “sociedad” ha parado sus procesos intestinos. Parece que este mundo, con todas sus formas de acumulación y relaciones de intercambio de bienes y servicios iba a caer pero fue solo un espejismo. Volveremos a lo mismo y tal vez más crudo y fuerte será el panorama de salida.

¿Qué vientos son los que llevan los terribles augurios que destrozan como bestias cualquier posibilidad de castigo? ¿Qué inocencia suicida siente el crimen como una posibilidad remota? ¿Qué instinto de mierda lleva a pelearse a pobres contra pobres? ¿Qué sumisión cobarde los pone como ratas ante el poder o la policía que muchas veces pertenecen a su misma clase social?

De un lado de la reja está el pobre y del otro su hermano.

Pobres contra pobres. Laburantes contra laburantes.

Acá y allá, todos. Todos en este fango. Terribles y tiernos. Locos y cuerdos. Así suena el susurro de la tragedia sobre esta pradera roja y negra. Como este universo tan temido. Como este octubre maravilloso. Como este orgasmo tan contenido.

Pablo Di Marco, hoy viernes 22 de octubre recién comienzan a bajar las aguas de este río que va y viene. Tres días llevamos ya en una complicada crecida, lluvias, truenos, relámpagos y toda la mar en coche que acompaña una tormenta perfecta.

Yo ahí sigo estando, en el barro, la mugre y la insolencia. Usted se dará cuenta qué tan necesario resulta todo esto de poner palabra tras palabra.

La furia que crece de forma gratuita y criminal.

La tensión en el cuerpo por sacar la ira sin objeto.

Esa agresión sin piedad entre los dientes.

Las fieras que despiertan.

La torpeza, finalmente.

¡Vaya con los hechos! Los detesto. Se cae en ellos tan fácil al escribir. Son taxonómicos y deliberados. Pero, a veces, ciertos relatos no se podrían contar sin ellos.

El 4 de octubre cumplo años y el 24 del mismo mes lo haría mi hermano a quien he llegado a respetar con el tiempo. No le gustaba este teatro donde vivía y simplemente bajó el telón. ¿Tan miserable fue el auditorio? Apenas un año de edad nos separaba. Crecimos juntos. El 7 de noviembre, decide partir. Me he quedado sin lágrimas. Todo mi dolor se condensa todos los años en esta fracción de días. ¡Pura crueldad che!

Desde hace tres días que estoy con el agua al cuello. El viento no para de soplar del sudeste y el agua no baja. Los terrenos están inundados y todo lo que flota va hacia arriba. Pasará. Pasará como todo, y cada uno tendrá su segunda oportunidad sobre la tierra. ¡Que injusticia! Pero a mi gusto logra dejarme un poco más tranquilo. Mi psicología es débil y se volatiliza cuando los temporales rompen las reglas, por eso, según mi psiquiatra, quien dice que voy y vengo en una bipolaridad bastante importante, debo estar atento a tener siempre mi maldita medicación a mi lado.

El otoño es una invitación al descanso. La primavera a las arenas del Coliseo.

Tengo un alambre que marca la división con el vecino. Nunca el agua llega tan alto como para pasar lo que flota hacia el terreno contiguo. Con lo cual, cada marejada me deja maderas para dos o tres asados, sin la necesidad de pensar en el carbón.

Bueno, lo dejo a usted tranquilo señor Di Marco, a la espera siempre de encontrarnos un día para parlotear de nuestros proyectos y tomar un tinto.

Le mando un abrazo.

Pablo Pagés


Buenos Aires
sábado 7 de noviembre del 2020

Hola, Pablo:

Mientras te escribo no puedo abstraerme de lo que te rodea. ¿Es posible escribir una historia que transcurra en el Delta sin que el Delta sea protagonista absoluto? No lo creo. La magnífica, salvaje —y trágica— naturaleza del Delta inevitablemente se impone a cualquier novela, cuento o carta. Hay escenografías que lo ocupan todo.

Tu “barrio” me obsesionó durante un buen tiempo, Pablo. Tanto es así que hará diez años comencé a escribir una novela que transcurría en él. Por desgracia me pasó lo que un autor más teme: llegar a la página cien y no saber cómo seguir la historia. Y la novela quedó trunca para siempre. Quién sabe, habré sentado mal las bases. Coincido con esa idea que afirma que si no podés ponerle el techo a una novela es porque alineaste mal el piso, levantaste mal las paredes. Pero en estos temas nunca se puede hablar de tiempo perdido. Tras pasar tanto tiempo escribiendo esa novela me quedó en la mente un ambiente, un aroma, un tono que tiempo después me sirvió para darle forma a un par de capítulos de Tríptico del desamparo que transcurren en el Delta.

Me hablás de la pérdida de tu hermano, de su partida un 7 de noviembre. Y… te estoy escribiendo esta carta justo un 7 de noviembre. ¿Será casualidad? No creo. Que las hay, las hay, pero cada vez creo menos en las casualidades. Será por pudor, o tal vez por timidez, comodidad o cobardía, pero la verdad es que me cuesta meterme en la intimidad del otro. Sin embargo me aferraré a esta “casualidad” del calendario para hablar del tema. Me decís que apenas te separaba un año de tu hermano, que crecieron juntos… Me sensibiliza imaginarte vuelto un pibe, jugando a su lado. Yo soy hijo único, debo hacer un esfuerzo para suponer cómo será tener un hermano, pero… soy padre, y mi pibe también es hijo único, y los dos compartimos mucho tiempo juntos. Aún más este año tan particular, que los dos nos pasamos días enteros sin poner un pie fuera de casa. Y sé que por ahí está mal esto que te cuento, pero al pasar tanto tiempo jugando con mi pibe de ocho años me pude dar una idea de qué se siente tener un hermano, tener un compañero de juegos, de aventuras. La semana pasada nos pusimos a jugar a la “mancha-pelota” e hicimos bolsa un vidrio del living de un tremendo pelotazo. Deberías haber visto la cara de mi esposa. Nos retó a los dos, y yo no me sentí su esposo sino su hijo. Y mi pibe ya no era mi pibe sino mi hermanito y mi cómplice. Cuando mi esposa terminó de retarnos, Manu me dijo en voz bien bajita:

—Qué macana nos mandamos, pa.

Y los dos nos guiñamos un ojo con gesto pícaro.

Ser hermanos se parece un poco a eso, ¿no, Pablo? Sí, sé que los años pasan y que la vida después se complica. Pero intuyo que cuando mirás para atrás lo que queda es el recuerdo de tu hermanito y vos haciendo mierda un vidrio de un pelotazo, gritando abrazados un gol, escapando a los espadazos del Sargento García, poniendo caras de compungidos mientras la vieja los reta por alguna macana. Qué sé yo… ojalá puedas recordar así a tu hermano. Separar la paja del trigo y quedarte con lo bueno, lo luminoso. Ahora mismo me viene a la mente esa letra de Serrat que decía: “… y el olvido solo se llevó la mitad”. Por ahí de eso se trata este juego: de aprender no sé si a olvidar, pero por lo menos a dejar a un lado la mitad oscura y a quedarnos con lo valioso, a apaciguar a las fieras y a las furias para al fin reencontrarnos con esos pibes que fuimos. Y ya que estamos también a volver a hacer mierda a algún vidrio de un buen pelotazo, ¿por qué no?

Estuve pispeando (linda palabra pispeando) otras cartas que le escribiste a personas que admiro y aprecio: Adriana Santa Cruz, Mariana Alonso, Marcelo Rubio… Se me cruzó la imagen de nosotros cuatro yendo a visitarte. Juntarnos en alguna estación, viajar en tren, después subirnos a la lancha colectiva, y vos esperándonos a la vera del río. Compartir un asado, sumarnos a alguna de esas borracheras que mencionás, conversar largo de cara al cielo sobre los terribles y los tiernos, sobre los locos y los cuerdos, sobre los que estamos y los que nos oyen desde algún lado. Casi que puedo escuchar a Adriana recomendándonos alguna obra de teatro —la pucha que escribe lindas reseñas Adriana, varias veces le dije que es la mejor—, a Mariana contándonos las futuras publicaciones de su editorial, a Rubio gastándome por el campeonato que Chaca nos ganó en el 69’… En una de esas por ahí hasta tenemos la suerte de que las aguas bajen, nos vemos impedidos de volver y nos pasamos allá un buen par de días. Nos imagino despidiéndonos con un abrazo, volviendo diferentes, más insolentes, más libres, más mugrosos, con nuestra piel siempre tan blanca al fin estallada de verde, marrón y sol.

Bueno, mi viejo. Hablando de añorar la bajante, contame cómo evoluciona esa crecida que te tiene preocupado. Espero afloje de una vez ese viento del sudeste y la marea te dé un respiro. Pero es como vos bien decís: Bajará, bajará como todo. Creo que también de eso se trata este juego: de entender que cada crecida tiene un tiempo, un ritmo, un ciclo. Y de aprender a no apurarnos, a desensillar, a esperar y a contemplar con calma. Esta noche voy a abrir un vinito —creo que me queda una botella— deseando que la próxima nos encuentre a los cinco a la vera de ese cachito de río que a veces te acosa, y casi siempre te acompaña. Algo me dice que no estaremos tan solo nosotros. Seremos más que cinco. Ya vas a ver.

Pablo

Atardecer en el Delta
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